jueves, 26 de agosto de 2010

EL ARTE SI, PERO CON SENTIDIÑO.


María, de unos cinco años, rubia como las madejas que tejen los ángeles para fabricar las coronaciones de los santos.  La que tiene un gato gris marengo muy brillante, que no es gato de marca sino que más bien lo es de palleiro, entra en casa con un dibujo en la mano.  Me lo muestra y pienso que es una niña que ha estado inclinada mucho tiempo sobre un papel blanco, ahora coloreado, motivo por el que le aplaudo, la felicito y no le corrijo un ápice, ni tan siquiera lo intento.  Una, porque no me lo consentiría y la otra porque considero que no debo hacerlo, ha trabajado mucho y espero que continúe.  Bendita ilusión. Fantásticos comienzos.  Un beso y marcha corriendo para decirle a su madre lo que le conté.
Cosa diferente sucede, en personas de edad, con otro tipo de mentalidades, aunque no siempre estén a la altura de trabajos que quieren realizar, sin antes,  unos conocimientos previos e intensos. Todo vale.
Purita quiere ser artista, quiere ser pintora en cualquiera de sus modalidades y estilos, incluida la técnica mixta.
Otras Puritas, Eduarditos, Julitos también lo quieren ser, pero sin complicaciones y desde el primer día, ya quieren hacer maravillas sobre un lienzo, un folio, sobre una bandeja pastelera o la tapa de una cazuela, porque todo vale.  Aquella gente antigua lo hacía sobre unas paredes de roca en el interior de una cueva, no tenían otro lugar ya que en el suelo se borraba, por qué entonces nosotros no lo vamos poder hacer incluso con las sobras del caldo.
Para que todo ello fluya, para que se vea el trabajo, los hay que pintan tres, cuatro o cinco óleos al día e incluso empleando otras técnicas que no las conoce ni el más sabio del templo.  A su alrededor los permanentes palmeros que alaban continuamente lo que les muestras sirva o no sirva.  Ellos mismos, también se echan flores continuamente sin que haya tan siquiera uno que diga en un momento de sinceridad :  "Lo que hacemos no vale para nada por no decir que es una mierda.!"
En cierta ocasión -dice la fábula-, entre unos matorrales, un burro encontró una flauta, la miró, volvió a mirarla, la movió con una de sus patas, estornudo y el aire llegó a la entrada del instrumento que sonó.  Desde entonces el burro se tiene por un gran músico y camina por la calle con la cabeza mirando a lo alto, muy a lo alto, ya no quiere tirar del carro.
Lo mismo sucede a muchos que, en un momento dado se tienen por impresionistas, al poco por realista y luego, para que no decaiga, se van al expresionismo o al hiper; que más da y como el burro, caminan altaneros. Pena del carro.
La primera premisa para hacer arte es la de dibujar,día tras día durante siglos,  dibujar bien o muy bien aprendiéndolo continuo.  La segunda, la humildad que es tan difícil como el dibujo.  Saber sincerarse con uno mismo para discernir entre lo bueno, lo malo, lo pésimo que es lo que desgraciadamente impera.  Conocer el oficio, las leyes del color, del dibujo sin columpiarme continuamente en una o varias ramas.
Hay quien, quienes se hacen artistas de un día para otro.  Un día se levantan, ¿qué hago?. Seré pintor. Acuden temprano a una tienda, miran y miran y al final se deciden por una caja de acuarelas.  Regresa a casa, se pone a ello, lo intenta, lo intenta y como se la hace harto difícil copiar la postal del caballo, lo deja o en muchos casos, mezcla sin puñetera idea, trazos y colores que no tienen sentidiño alguno y lo titula "Abstracto 119". Verídico.
De nuevo a la tienda, en principio no se decide pero al final el dependiente le ayuda y le dice que pruebe con el óleo.  Que no falte el azul cielo, el verde langosta, el siena camello, carmín armani y pocos más tubos. El lienzo, dice, que sea el más grande que haya en la tienda, que le cubra la pared del comedor.  Una vez en casa, ante el inmenso paño que tiene delante se pierde, es que no le encuentra ni el principio ni el final, más como se siente muy creativo, pintará el gato de la vecina que, como no permanece quieto, el artista se cabrea, tanto, que da brochazos sin ton ni son y al cabo de cuatro horas, toda la tela cubierta de colores sucios que no valen para nada, pero que a él le gusta, tanto que lo titula  "Abstracción sobre un gato 329".  Por supuesto que a su compinchada le encanta e incluso le dicen que es lo mejor que ha pintado.  En vista de ello, hasta lo considero lógico que continúe. Y él, feliz. Pero al poco se cansa
Finalmente, se queda con un lápiz que ha encontrado en uno de los cajones de la cocina, ya no es necesario volver a la tienda.  En sus manos un simple lápiz, pero no sabe, que es lo más difícil de dominar.  No se lo dijo el tendero, pero hará maravillas.  Vaya si las hará.  Dibuja cualquier cosa, copia una postal, una foto, lo que tenga a mano, al gato ni de coña. La goma de borrar trabaja continua y con paciencia, elimina y vuelve a trazar líneas sin sentido alguno, malas líneas.  El resultado algo irreconocible, pero que lo encuentra fantástico. Sus palmeros también. Ha hecho otra abstracción, pero esta vez a lápiz, la 176.
Todo ello, puede valer para él o para ella, que tanto montan.
Y si a su alrededor surgen alabanzas, mejor que mejor.  También era alabado el rey que iba desnudo, hasta que un niño, sincero él, dijo a todo el mundo que iba en pelotas. Con esto, sucedería lo mismo, algún día una persona sensata les dirá lo que hay, les dirá la verdad como ahora se la digo, pero están en tal obtusamiento, que ni de coña comprenderán lo que se les dice.  Su ego, es superior, porque les engaña continuamente.
La pintura y sobretodo el dibujo, hay que mamarlo las veinticuatro horas de todos los días, de todos los años, hasta conseguir que dos o tres trazos representen a los ojos de quien los mire lo que se quiere expresar.  Pero no es fácil.  Es más cómodo hacer otras chorradas y darlas por buenas. ¡Magnífico!, dirá alguno que asome, sin tener ni la más remota idea de lo que está viendo, ¿de quién esa pieza? -como si estuviese en una panadería, frutería o una tienda de loza-, es mía, una pequeña aportación...
Lo fácil es el ir a la tienda, comprar montones de lienzos y con una prisa endiablada, como si el mundo terminase dentro de unas horas, emborronar continuamente intentando que algo se parezca a lo que se intenta, pero ni de coña. No es tan fácil.
Cuando alguien os diga que no lo hacéis bien, hacerle caso.  Estoy seguro de que no os está engañando, que es una persona en la que se puede confiar.  La prepotencia va unida a la idiotez, no caer en ella.
Humildad, humildad por encima de todo y el trabajo, constante, perpetuo aunque lastime, pero sin rellenar lienzos y lienzos como si le fuese la vida en ello.  Es muy duro, lo se, pues hay que echarle bemoles si se quiere llegar a una meta marcada. Si es, hacer por hacer, al menos no mostrarlos porque, si así lo hacéis, todo el mundo tiene derecho a opinar sobre ellos.  Unas veces si son buenos, aplausos; pero si son pésimos, todo el derecho para decirlo y que nadie se moleste. Los parabienes ante un trabajo malo, no se dan ni en las empresas chapuceras.
El arte no es bonito ni feo.  Un cuadro no hay que explicar lo que contiene, porque entonces, con escribirlo en un papel, no sería necesario pintarlo.  El arte no es bonito ni feo.  Hay sensaciones que tiran para atrás, pero están ahí y lo que se aprecia en una pintura es el  oficio, que no se aprende de un día para otro. Al arte hay que respetarlo, porque sale de dentro, del corazón algunas veces, de las entrañas las más porque estás pariendo con dolor, estás creando.  Al final, la explosión, el renacer por unos momentos pensando ya en el trabajo siguiente. El arte pasa de los prepotentes, siempre ha estado al lado de los humildes, al lado de  los "pintamonas" como alguien dijo, al lado de los que trabajan en silencio como las hormigas,  en la soledad del  día a día porque no hay descanso. Es un aprendizaje constante y perpetuo. Ser serios con él. Ser críticos con vosotros mismos.
Es tan, tan difícil.

sábado, 21 de agosto de 2010

SOLEDAD, AHORA ALEGRÍA. ( II )

Soledad me ha presentado al fin, a su querido, o amante, o amigo, o compañero.  Los encontré en el portal. Él, un caballero que bien pudo hacer una guerra montado sobre un caballo blanco, blandiendo en la mano derecha la carta de rendición del enemigo, en pergamino tostado. Ella, de riguroso luto porque, sabe usted, hay que cuidar mucho las formas, que la gente le es muy mala.
Soledad y su, lo que carajo sea, se dirigen del brazo, altaneros, al registro civil.  Es que me hizo caso y se va bautizar de nuevo pero esta vez si, con plena conciencia de lo que hace.  Se llamará Alegría y la alegría que me ha dado cuando me lo ha dicho.  Sin pensarlo, me fui con ellos, no se si de testigo o de padrino que me da lo mismo porque al fin,  conozco la risa y los mofletes colorados de mi vecina.
El acto, sencillo pero muy emotivo y más, conociendo que no me harán rezar el Credo como en otra ocasión lo intentaron. Al terminar, nos fuimos al bar de la esquina. El teniente, que ahora si sé que se llama Donato, acompañó su café con leche doble, con tres donuts que al parecer y por lo que se ve, le gustan mucho.
Ha pasado un tiempo, no mucho, cuando me encuentro con Alegría.  Veo que su color se le ha ido poco a poco, creo que es hasta lógico en matrimonios que llevan la tira de años juntos, pero Alegría, apenas dos meses..., como que no lo entiendo.
Al regreso de un viaje nos encontramos de nuevo. Le pregunto  si continúa yendo al cementerio o ya se ha olvidado de su anterior amigo, querido, amante,etc.  Me contesta, que Donato es muy celoso, se lo ha prohibido por lo de los pensamientos.  Pero ella, de vez en cuando va y lleva una flores sin que se entere, es que todavía lo recuerdo; un poco cabroncete si era, pero en el fondo, buscando bien, no era tan mala persona.
Una vecina, chismosa ella, me apunta que desde la primavera, la cosa no les va muy bien, que Donato sale mucho por las noches sin ella y llega tarde, muy tarde. Irá al cine, le digo; no señor, que los cines todo lo más terminan a la una de la madrugada y don Donato llega al alba.
Un día la Soledad, Alegría que siempre me equivoco, me paró en la calle, alegando que como padrino quería hablarme. Vamos al café, le dije, no quiero y allí en la calle, parados en medio de la acera me soltó sin miramientos. Usted sabe que mi difunto, compañero, querido, como le quiera decir la gente, no se perdía velatorio alguno.  Afirmé con la cabeza. Pues en algunas casas lo celebran tanto, que contratan los servicios de una empresa que se llama: "Y el vivo al bollo"; quienes, preparan la casa con guirnaldas, abanicos de papel que cuelgan de los techos, como si fuese un gran cotillón a la llegada de un nuevo año.  Muchos tipos de bebidas, en principio de calidad, pero a medida que las bocas y el cerebro se calientan, les dan el cambiazo y ponen de garrafón.
No veo que tiene de malo ese trabajo -le suelto-, si la gente lo solicita, lo veo bien.  Alegría hoy, Soledad con anterioridad, suspira, mira a lo alto y suelta, es que Donato es el dueño de la empresa.  Por su culpa mi antiguo amante se emborrachó y muy borracho cayó al dique, que dios lo tenga en su gloria.
Ahí si, que Alegría me desarma, no es que Donato tuviese intención, pero la caída del otro hasta salió en los periódicos.
Hablo con Donato y para que yo vea que su trabajo es serio a más no poder, me invita a uno de sus velatorios y voy.  La caja con el muerto en la cocina, entre cuatro velones encendidos, uno, me fijo, muy cerca de una cortina.  Me acompaña al salón muy iluminado y aquello es cierto, me parece un salón de baile en una despedida de año. Nunca supe de donde habían salido tantos globos de colores, que no eran otra cosa que condones inflados.
Señoras de todas las edades, cada cual más elegante.  Señores de rostro serio sentados en sillas, mantienen en una mano una copa de licor.  Donato me apunta que el velatorio sólo se encuentra en sus inicios, que tenga paciencia.  Las personas se llenan y vacían las copas. A la hora más o menos, cuando el humo de los cigarrillos lo cubre todo como una niebla espesa, desde el fondo de la sala se escucha, primero suave y luego con gran estruendo, ¡música!, ¡música!, ¡ música!, ¡música!, mientras que con los pies patean el parquet.  Al poco, lo de ¡música!, resuena en todo el edificio -luego bajarán los vecino para unirse a la fiesta- un edificio que tiene ocho plantas.  La música que comienza, el mambo lo llena todo, luego vendrá el chachachá, fox trot, rock e incluso el hip hop, tan de moda.   No hay parejas, todo es un revoltijo de gentes que se empujan, se abrazan, se ríen con fuerza y con más fuerza se llaman los unos a los otros. Es un carrusel continuo de rostros, piernas brazos que se mueven.  No existe el cansancio y hay gente de bastante edad, familiares del difunto. Me animo porque estoy medio borracho.  Continúo. No se donde me encuentro. No se si bailo o qué coño hago.  Todo me da vueltas. Intento encontrar un retrete. Abro una puerta, vomito sobre una cama. Ya no recuerdo lo siguiente.
Con el fresco del alba me voy aclarando.  Camino al lado de Donato.  Llevo la chaqueta cogida por una manga y el resto arrastra por el suelo, menos mal que no hay charcos.  Llego a casa, me cuesta trabajo pero al fin entro, no me desnudo.  Duermo.
A los tres días, de nuevo me encuentro con Alegría.  No se que decirle, no quiero mentirle pero tampoco quiero decirle que en el velatorio lo pasé de puta madre; que según Donato, repetiremos y pienso:  Alegría, no sabes con que ganas espero de nuevo un velatorio.
Los días van pasando y uno de ellos en que camino cerca de los juzgados, me encuentro con Alegría.  Cómo vas, le pregunto.  Me acabo de casar, contesta. Y tú marido..., viene ahora que está dando unas propinas.  Entonces, casi me grita, seré doña Alegría, esposa.  Seguimos hablando de cosas vanas, sin importancia que se dice, para salir del paso y es que tengo unas terribles ganas de abandonar el lugar.
Ahí viene mi esposo dice la desposada.  Un hombre vestido con un traje azul celeste, un crisantemo blanco en el ojal de la solapa se va acercando a contraluz.  Cuando lo vislumbro, quedo atónito, sin palabras, sudores fríos corren por la espalda, lo que menos esperaba y sí, lo es, el enterrador del cementerio.
Para qué continuar.  Ponerle el final que más os guste.

A todos los enterradores del mundo, por el gran favor que nos hacen, cuando ya no servimos para nada.

martes, 17 de agosto de 2010

SOLEDAD Y SU TENIENTE. ( I )


Soledad, se llama mi vecina y así la llaman. Seguramente le viene de permanecer siempre sola y en silencio o quizás le pueda venir por el fallecimiento del que fue su amigo, compañero, querido, amante, dependiendo de quien lo pronuncie, porque la gente es muy dada aprender ciertas palabras de nuestro amplio diccionario, por aquello de que todo vale.
Hace tiempo que la abandonaron sus dos hijos, los jóvenes de ahora van a lo suyo y el resto les importa bien poco, ni se preocupan de los mayores, oiga; es lo que me dice otra vecina.
Soledad, de vez en cuando se acerca a un aparador pintado color caoba y  allí, sobre una pequeña bandeja que le regalaron en una boda,  haciéndola pasar por alpaca, toma un papel algo gastado en sus dobleces y en el que al abrirlo se puede leer :  "la dirección de empresa y los compañeros todos, la acompañan en el dolor de tan sensible pérdida".  Lo que no citan, es el nombre de su compañero, amante, querido o quien coño sea, que viene a ser lo mismo. Será el impreso oficial que tienen para todos los que fallecen en la empresa. Seguramente que será así. Eso es lo que le duele, que al menos en la parte superior que hay un espacio en blanco, no escribieran su nombre, amén de perder unos dineros que, dicho sea de paso, le venían muy bien para no andar con estrecheces.
A su compañero, querido, amante, etc.; con sólo nombrarle una fiesta, ya lo tenía tocando palmas.  Le iban todo tipo de ellas e incluso algunas que se formaban en los velatorios de viudas, al fin libres de tanto tener que aguantar.  Un día que le avisaron de uno de ellos, acudió y se divirtió como si fuese el último. Danzó con todas las mujeres hasta que cayó agotado de tanto dar vueltas, de tanta bebida.  Al salir ya casi tocando el alba, y no darle tiempo de llegar a su casa, se dirigió a la factoría, iba a decir directamente, pero aquello de directo no tenía nada de nada, de tantas copas que llevaba encima o por todo el cuerpo.  Caía una lluvia fina, molesta, persistente que lo empapaba todo pero a él, no le importaba, hasta le aclaraba lo no aclarable.  Caminaba como camina la gente que se ha pasado con el alcohol; es decir, tomaba un punto en la distancia y hacia él se dirigía o al menos pretendía llegar pero, al igual que le sucede a los barcos, siempre hay una pequeña deriva que si unos la corrigen a él le causaba verdaderos problemas.  Bordeando el dique que apenas tenía iluminación, tropezó con una de las múltiples mangueras que lo roean. Quiso asirse al aire, lo intentó todo,  pero como un idiota, iba cayendo, al tiempo que de trecho en trecho se golpeaba con los muros y escalones salientes. Llegó a la parte baja, irreconocible.  Lo que si, durante la caída  ni tan siquiera un grito salió de su garganta o al menos no se escuchó. Tomás, uno de sus buenos amigos de correrías, comentó en el bar, que nada más iniciar la caída, las personas que lo hacen a un dique se duermen.  Lo mismo le sucede a las aves que cruzan continuamente los continentes, se quedan dormidas por el cansancio y caen al mar o encima de algún barco que pase en esos momentos. Es entonces cuando el cocinero tiene que dar la conformidad o no, de si ese pájaro se puede cocinar, lo mismo sucede con algún tipo de pescado raro. Algunos de los presentes emocionados asentían.
Soledad, siempre va vestida de negro que es el color de la tristeza, color de muerto para los muertos por mucho interés que pongan en pintar de blanco los cementerios. El color violeta para la cinta del adiós en la corona de laurel, el negro para la envoltura de madera; por eso, a la buena mujer, le causan temor los cuervos.  Las urracas no tanto, porque en las alas llevan unas plumas de color blanco que al volar semejan helicópteros en vuelo horizontal.
A Soledad le ha salido un pretendiente que venía tiempo siguiéndola en el cementerio.  Ella lo notaba pero callaba.  Un día que arreglaba las flores de la tumba de su amante, amigo, compañero, lo que coño sea;  el hombre, no tuvo compasión ni la paciencia que para esos casos se requiere y le entró de sopetón con frases y palabras impacientes, como si tuviera prisa.  Le dijo que era teniente, del bando republicano, pero no había matado a nadie porque no había estado en la guerra y todo el tiempo que duró, permaneció escondido en Cuenca en casa de su hermana menor pero, con el tiempo, el Estado le había concedido unos beneficios y  además, con todos los honores, lo hacía teniente del Ejército de Tierra.  Soledad ha escuchado con paciencia.  Quiere seguir escuchándole pero también quiere marchar y es entonces cuando el hombre se agacha, toma la jarra del agua y con suavidad, va regando uno a uno todos los blancos crisantemos al tiempo que les quita pequeños insectos para que no se coman los pétalos, dice a la mujer.  Se sonríen y al poco, juntos, abandonan el cementerio.
Un día tras otro, acuden juntos al camposanto.  El enterrador, chismoso como los encargados que conocen la vida de todo el mundo, debido a que suele hacer favores tales como, regar flores, limpiar tumbas, adecentar nichos, va contando a los que quieren escucharle, que en varias ocasiones ha visto caminar del brazo a la pareja cuando abandonan el lugar sagrado.
Soledad, todavía no ha subido a presentarme a su teniente, quizás no se atreva y eso que conmigo habla de vez en cuando, cuando nos cruzamos en la escalera.  Si me visita, lo primero que le diré es que acuda al juzgado civil, que cambie el nombre de Soledad por el de Alegría y que inicie una nueva vida al lado de su teniente que nunca visitó un cuartel y que no le cuente, jamás, las fiestas que se forman en algunos velatorios.  Es que antes se hacían en los domicilios del fallecido.  Acudí a más de uno por obligación, pero poco a poco me fui dando cuenta de que aquello era un botellón encubierto y dejé de ir.  El tiempo me dio la razón.  Ahora se lleva al muerto a un lugar con luz y si quieres lo dejas por la noche sólo y en paz de tanta jarana como hay siempre a su alrededor. Con regresar temprano para incinerarlo... Cosa distinta es a los que entierran, porque entonces las cosa se alarga en el tiempo. Claro que para mucha gente, son los más vistosos. Donde va parar.
Tengo avisados a mis amigos, que el día que me quemen, se fijen en la chimenea, para conocer hacia donde va el humo porque, allí a donde vaya, estaré dando el coñazo, acordándome de todos uno por uno y al decir todos,  de Soledad y su teniente que no hizo la guerra.  Por eso le tengo tanto aprecio.

Para todos aquellos que las guerras les importan un carajo y para aquellos otros que no importándole, fueron obligados a ir y morir, sin necesidad alguna.

sábado, 14 de agosto de 2010

LO QUE NO SUCEDA EN AMÉRICA...


Éramos pequeños, recuerdo, las madres nos decían que no tragáramos los huesos de las aceitunas, de las cerezas e incluso, para los que estaban provistos de buenas tragaderas, los huesos de las claudias. Todo aquello se llevaba a rajatabla, ante el temor de que nos creciese un árbol en nuestro interior que, cosa lógica, te obligaría a permanecer quieto, quizás sentado en una silla en cualquier esquina de la casa donde no molestaras y, cuando la fruta estuviese madura, incluso los vecinos llegarían a comprarla.   Siempre tuve mucho cuidado de que no sucediese, ni tan siquiera el chicle, de tantas idas y venidas por la boca intentando hacer un maldito globo que, ya podías soplar y soplar que nada salía.  Cuando llegó el americano, aquello era otra cosa.  Nunca lo tuve por entretenimiento preferido.  Tampoco me interesaba dada la leyenda que corría, que no era otra que si te lo tragabas se pegaba a las tripas.
Más adelante, en clase de ciencias me pude enterar de que nuestros estómagos, son tan poderosos que incluso pueden disolver un trozo de hierro.  Me sentí feliz sabiendo que en mi interior había una máquina magnífica, que lo trituraba todo cuando yo, apenas podía romper un lápiz y que cuando iba por la mitad ya ni lo intentaba. Tanta emoción me causaba que, cuando bajaba por la calle de la Tierra, al llegar a la altura de la serrería pensaba, pero yo, tengo una máquina más poderosas que las vuestras.  Al poco tiempo todo aquello ardió, era del padre de un compañero de clase que, de verlo todos los días, desapareció para siempre.
Un día, uno de mis hermanos tragó un anillo que había cogido a mi madre.  Recuerdo que  le dije, de acuerdo con lo aprendido reciente, se despidiese de su anillo, al tiempo que le contaba lo fantástico que es nuestro estómago, tal como había dicho la profesora de ciencias.
Tan sólo hubo que esperar al siguiente día para que el anillo apareciese, formándose en mi un terrible desconcierto ya que era mucho lo que quería y admiraba a la profesora; pero, encontré una buena salida; el oro, al ser un metal noble, era por lo que pasaba la prueba con creces y nada le afectaba.
Ayer, anteayer, no recuerdo y es que soy pésimo para las fechas, lo que nos decían nuestras madres se hizo realidad.
Seguramente que al bueno de Sveden, americano; su madre jamás le dijo que no tragase las semillas y desconocedor del asunto, se tragó un simple guisante que, en vez de continuar su marcha hacia el estómago para la correspondiente trituración, al no ser un mineral noble, tomó el camino equivocado alojándose finalmente en un pulmón.
Mi teoría -no se la de los médicos-, puede ser la siguiente. Al pulmón llega continuamente oxígeno del que se puede apropiar el guisante.  También fluye sangre que le sirve de comida, de nutriente como ahora se dice y si la persona es mayor, Sveden los es, como suelen ser tan lloronas, ya tenemos las tres condiciones para que el guisante se desarrolle, a saber, agua, oxígeno y alimento.
Vamos a pensar que nadie se diese cuenta, -la planta que tenía 1,25 cms.-, si continúa creciendo y creciendo día a día y como es del todo lógico, crece a lo alto, con el tiempo saldría, vamos a suponer que  por la nariz y los oídos.  Por la boca no interesa para que el individuo pueda respirar.  Cuando aparecieran las vainas, la esposa no tendría que acudir al mercado.  Se que es un incordio para el hombre que tiene la planta, pero ¿quién no se sacrifica por una mujer?. Alguno habrá supongo.
Pero si la planta de marras crece en el cuerpo de una mujer, no tiene que alterarse, ella puede ir tanteando las que están maduras.  Puede hacer lo que quiera, sin molestar.
Antes de continuar y a los efectos de que se enteren las feministas de carnet, que tanto me repatean, quiero avisarlas, que lo que escribo no va en serio, que no tengo culpa de que un hombre se haya tomado una semilla, que bien pudo ser una mujer, cualquier mujer porque, para el caso que nos trae, quizás sus madres, jamás les avisaron o no lo sabían que todo puede suceder. No alborotaros.
Sigamos, pensemos que si en vez de un guisante se le quedara una nuez y ya no quiero pensar si se tragara un coco y a través de una oreja le va saliendo una de esas palmeras que aparecen en las postales, entre arena blanca y el mar azul. Lo tendría mal.  Pobre.
Y para cachondeo del buen señor Sveden de Massachusetts, nada más despertar de la operación, a la hora de la cena, ante él, la cocinera colocó una buena montaña de guisantes.
Algunos pensarán que ha sido una broma.  Casi aseguro, porque he convivido con ellos, que si ese día tocaba guisantes para la cena, dentro de su cuadrícula que llevan por melón, no la cambian ni por todo el oro del mundo. Si dice guisantes en el menú, pues eso y, que no quede uno sólo en el plato.
Menos mal que los plátanos no tienen huesos en su interior.  De las frutas, es lo único que me va de vez en cuando, por dos motivos, porque se pelan bien y  además con la mano.
Tal como hacen los monos, que de ellos venimos.
Que nadie sonría suficiente, es que no hace tanto que ha sucedido.  Muchos continuamos pareciéndonos, incluso en costumbres.
¿Qué no?.
Fijaros cuando paran los coches en los semáforos, porque se ha puesto en rojo, cuantos y cuantos limpian a su modo la nariz.  Como los monos, que también tienen un estómago poderoso y no se tragan las semillas.

jueves, 12 de agosto de 2010

GRACIAS A LA VIDA, QUE ME HA QUITADO TANTO...

                                                                           Gracias a la vida, que me ha dado tanto, canta Alberto Cortez en el lector de MP3 y ahí se queda la cosa.  Gracias a la vida que me ha dado y me ha quitado tanto, pienso, pero no puedo poner ambas cosas en una balanza, ya que para ello, estaría obligado a recorrer mi vida de pe a pa y a estas alturas, me resultaría harto difícil.
Puedo imaginar que me ha dado más de lo que me ha quitado en cantidad, porque en lo que se refiere a valor de lo que me ha llevado, salgo de todas todas perdiendo.  Cada vez que se me ha apropiado de algo querido, se ha ido un trozo de mi alma, tanto es así, que ya no me queda ni me interesa que me quede.  Me da lo mismo.
Dejando hoy a un lado la familia,  una de las cabronadas más grandes que me ha hecho, es la de llevarse en lo mejor de sus años a mi amigo Juanjo.  Tenía que estar muy enfadada la vida para llevarlo o se equivocó y no supo volver atrás la jugada. ¡Qué mal lo hizo, que mal!.  Ninguna opción le dio para que regresara.
Nos conocimos allá por el año 62 a bordo de un buque.  Desde el primer instante nos hicimos compañeros, amigos inseparables y si yo era desprendido con lo que tenía, él me ganaba y aquella sonrisa constante, perpetua; nada ni nadie le parecía mal, todo estaba bien aunque le estuvieran dando una somanta de bofetadas en uno de esos barrios de cualquier puerto.  Algunas veces, pienso que aburrido, caminaba con un pitillo en la boca, a punto de caérsele, bailandole de un lado a otro porque no sabía fumar. Cuando me preguntaba si nos íbamos a comer a tierra, se le caía al decir la palabra "comer" porque la última sílaba le obligaba abrir la boca. Y al poco, caminábamos alegres por cualquier calle de cualquier ciudad, inseparables. Otras veces, compañeros se nos unían y entonces, la paz terminaba, la juerga era constante y continua. Éramos casi unos niños que se abrían al mundo.
Un día en Cádiz lo despedí cuando marchaba en Elcano. En medio de un abrazo le dije que me trajese una cubana virgen.  Se hará lo que se pueda, me contestó. Cuando el barco se saparaba del muelle, le recordé a gritos lo de la cubana y él sonriendo, afirmaba, afirmaba.
Al regreso lo vi terriblemente desmejorado.  No dije nada sobre ello, no era necesario.  La gente cuando tiene un ojo morado, o un grano en la mejilla o un corte en la nariz, lo sabe.  Pero otros, se empeñan en recordárselo continuamente.
Al atardecer hicimos el via crucis de bar en bar, hablamos mucho, reímos más, de madrugada, borrachos nos despedimos.  En mi mente, llevaba escrito que no lo vería más y lloré, de igual modo que cuando me murió el último perro.
No mucho más tarde, un vecino suyo me lo dijo. Prometí acudir al cementerio pero, ni se en cual está, ni como se llega. Será mejor recordar situaciones pasadas, son tantas, que no me aburro y lo bueno es que recuerdo la mayoría. Pero si un día, encuentro a su vecino, le preguntaré donde está, le hare una visita para llamarse idiota por dejarse ir, por no vencer a la de la guadaña.
Que puñetera es la vida. Cuando mejor estás, cuando más confiado estás, una zancadilla y  además te empuja para que caigas porque sabe, que al levantarte con gran esfuerzo, ya estarás medio muerto.
Ayudé a todas las personas que pude y me lo pidieron.  Otras no me dijeron nada, también les ayudé, era mi obligación y estaba de mi mano el poder hacerlo.  Además soy feliz ayudando a las personas. Otras me dieron golpes hasta dejarme sin sentido y continuaron golpeando duro.  No eran golpes materiales, ojalá fuesen porque esos duelen menos.  Eran golpes estudiados que dejan marca en el interior, que no los olvidas y cargas con ellos toda la vida. No es de extrañar que muchas personas con un carácter fantástico, de repente, se cambien a la zona de la tristeza.
He tenido y tengo grandes amigos y amigas.  He vivido bastante bien, unas veces feliz, riendo continuo y otras entristecido a más no poder porque, la providencia, te da siempre lo contrario de lo que pides.
De niño, unos seis años, me llevaron a una aldea de Tuy ya que mi peso, según dijeron, era menor que el de una gallina.  Llegué a una casa que no conocía, temeroso, en silencio, Luz, la buena de Luz;  fue la primera que me abrazó, luego el resto de mujeres y el hombre de la casa, luego descubrí que era muy buena gente con tanto mimo que me daban. Pero mi amiga, amiga de verdad fue Luz, la que me llevaba a todos los lugares, incluso a las fiestas de los alredores en donde siempre me compraba algún objeto que me entretuviese.  También poco a poco me fue descubriendo lo que conocía sobre la naturaleza, lo que se podía lleva a la boca y lo que no -es que había racimos de uvas colgando por todas partes, algunos sulfatados-. Muchas veces los dos, enfundados en trajes, nos acercábamos a ver las colmenas, a fin de que conociese sus modos de vida.  Me mostró lo peligroso que puede ser el Miño cercano, a dar de comer pan a las truchas que se acercaban a la mano, confiadas; abrir los erizos de las castañas con los zapatos, a vendimiar, pisar la uva pero con la prohibición de entrar jamás sólo, en la gran bodega.
Un día, subimos las escaleras de un caserón cercano a la casa y allí, en su buardilla, descubrí lo que cualquier niño quisiera descubrir, juguetes de todo tipo, una trompeta de las de verdad, un sable, un traje de militar negro con tiras finas rojas y un bicornio, fotos, libros, libros de cuentos y miles de cosas más. A partir de entonces, si me querían encontrar los días de lluvia, allí estaba perpetuo. Iba al colegio por la mañana de nueve a dos.  El resto del día se me permitió ser libre como los pájaros, cantidad de campos, árboles y un río cercano para recorrer, para aspirar aromas, para saber cuando la noche iba llegando y tenía que regresar. Todo eso y más se lo sigo debiendo a Luz. Un día conocí a su novio, no sabía que lo tuviese, todo se me vino abajo, lo odié con todas mis fuerzas, sobre todo porque era calvo y estaba en una cama enfermo.
Ya en Vigo acudí de nuevo a visitarlos, faltaba Luz que había muerto en Argentina.  Para qué continuar.
Alguien me dijo en un entierro, que los buenos se van. Quizás sea de ese modo, pero cuando camino, me encuentro muchas veces con gente buena que permanece.  No lo entiendo, ni quiero.
Otras personas, que crees buenas en principio, pasado un tiempo, cuando las conoces,te muestran su verdadero interior,  lo que en verdad son.  Lo peor que está ocupando un lugar en este mundo. Lo aseguro.
Antes pesaba que eran los ángeles quienes venían  buscar a la gente buena , ahora viejo, he dejado de creerlo.  Tengo mis propias ideas. No quiero cambiarlas a estas alturas.
Ojalá a mi mente, no dejen de llegar los recuerdos de todos aquellos que se han ido.
¡Vaya mañana!.



viernes, 6 de agosto de 2010

TRENES RÁPIDOS EN GALICIA, QUE RISA.

No veré jamás, la llegada de un AVE a Ferrol y creo que tampoco a Galicia; ni tampoco me importa. Al menos dejarán de mentir. Y muchos de los que se suban a ese tren, tras el primer sablazo en el precio del billete me da que no volverán hacerlo.  La novedad puede ser, para decir que han ido en él. Mucha gente que acudió en su día a la EXPO de Sevilla -si, aquella en que una carabela nada más tocar el agua se fue al carajo-, lo hizo por subir a un tren veloz y puntual.
Es que Ferrol se ha quedado sin ferrocarriles.  Se queda sin tantas cosas...
Vienen a mi pobre memoria,  aquellos trenes no muy lejanos.  La locomotora "Cervantes" que esperábamos en medio del túnel cuando se dirigía a La Malata a las cuatro y media de la tarde.  Lo hacíamos casi a diario, en un tiempo en  que no pisaba el Instituto. El ruído era atronador. Cuando se enteraron de ello los maquinistas, nos lanzaban agua, agua fría aunque uno, a gritos, pidiese socorro alegando que le habían quemado la espalda.
Otro tren que no me queda tan lejos, el que hacía el recorrido de Ferrol a Vigo.  Eran seis horas, una tras otra para recorrer unos doscientos quilómetros.  Se tomaba con paciencia, un walkman con buena música "encasettada" y a releer una y mil veces la obra de Whitman, Neruda o alguno nuevo recién descubierto en la buena librería que entonces  tenía el Corte Inglés. De ese modo, poco importaba la distancia.  Un día vi en la estación un nuevo tren al que tenía que subir. Les llamaban "Camellos" por las jorobas que formaban en lo alto los vagones. Frescos en cualquier estación del año; enlatados porque no se podían abrir las ventanillas y de ese modo, nos prohibían la charla con los paisaniños del exterior. El recorrido lo hacían muy suave, tenías uno o dos ceniceros al lado, buena luz, pero se había perdido el ratatá, ratatá, ratatá, ratatá al pasar sobre las traviesas, un ruido que suena a gloria, un arpegio con miles de variaciones que dependen de la velocidad del tren, del viento, del encajonamiento de las vías, del túnel, de la lluvia.
Tenía un gran defecto que me tocó sufrir en muchas ocasiones y es que, no estando habituados los conductores, si se equivocaban en el manejo o tocaban un botón indebido, el tren se detenía y para coger de nuevo, la velocidad de crucero, tenía que transcurrir mucho  tiempo, lo que sacaba de quicio al personal. Pero mientras, conocíamos y hablábamos con revisores y  muchos viajeros habituales.
Adoro el tren, sobre todo cuando llegaba la noche, incapaz de dormir, se apoya cansado, la cabeza en el cristal, viendo pasar las estaciones veloces, oscuras,  porque pienso que en todas ellas la luz es triste, todo en penumbra y soledad, luz mustia, amarilla de barrios bajos.  Las bombillas son enormes, sucias, con un halo a su alrededor en donde  polillas y  mariposas vuelan, semejando satélites de comunciación o de posicionamiento global. El tren, pasa a gran velocidad, da la impresión que es mucha, que todo se puede romper, al tiempo que un viento penetrante, silva continuo y, si en ese preciso instante, el conductor pulsa la bocina los segundos obligatorios, fantástico.
El viaje a Barcelona, directo desde Ferrol, en un tren gris verdoso, quizás debido a la pintura quemada, se hacía en un ferrocarril al que  llamaban "Shangai".  Duraba treinta y seis horas.  Salía a las cuatro de la tarde. Aún lo recuerdo.  Es un tiempo en que se sucedían las anécdotas más inverosímiles que uno se puede figurar, pero no dejaba de ser un rompecuerpos.  A la altura de Castelldefels se formaba la cola que llevaba una ducha minúscula pero suficiente, para quitar la cantidad de carbonilla que llevábamos encima. - ¿ De cuánto es el enchufe para la afeitadora ?, - de 110, oiga.  A partir de ese momento, todo el pasillo se llena con gente que hace cola. Los que salían de la ducha, parecía que se les habían quitado un montón de años de encima, las mujeres entraban, impacientaban al resto del personal y abandonaban el lugar con el pelo encharcado y con un goteo continuo. Todas las ventanillas se ocupan, el aire temprano se agradece, el Ebro que tanto tiempo nos acompañó, se ha ido hacia hacia Tarragona.  Allá en lo alto el castillo que da nombre al pueblo, luego Sitges con la playa interminable y las montañas difíciles de Montserrat.  La máquina bufa porque le tarda llegar y al final del recorrido, son las siete y media de la mañana, cuando la máquina entra en la estación de Francia, hermosa a más no poder.  Taxi a la Transmediterránea para hacernos con el billete de barco, luego a la pensión Clavé 7, siempre llena de artistas de la noche,-¿me puedes dar un pitillo?. Claro que si, bonita. -¿Sois italianos?- ¡¡ Gallegos, de Ferrol !!, decía una voz al fondo. Luego a patear y vivir todo el día la luz, la magnífica luz de  Barcelona, hasta la noche en que salía el barco a Palma, para continuar la fiesta a bordo.
El  tren "Correo" de Galicia, lento como un chaval que no conoce pregunta alguna del exámen. Pienso que cuando lo jubilaron, sus asientos pasaron a llenar parques y jardines de las ciudades. Era un tren tan remolón  que yendo de Madrid a Cádiz, las gentes bajaban del tren, cogían fruta de los naranjos y volvían a subir de nuevo.  Era un tren tan cachondo, tanto; que teniendo billete de segunda clase, faltando a la promesa que había hecho a mi madre, me iba para la tercera en donde  todo era amabilidad y risas. Solían subir al tren unas personas que iban por todos los vagones vendiendo rifas, se hacía el sorteo y el premio que eran unos paquetes de caramelos baratos, para el amigo compinche.  Con anterioridad en Astorga, sucedía otro tanto con aquellos mantecados.  Eran dos o tres vagones que en vez de viajeros, parecía de navajeros, huídos de la justicia,tanguistas, trileros, jugadores, falsificadores y a todos acompañaba la familia con grandes y relucientes cestas de mimbre. "Parecían", acabo de decir,pero no lo eran y si, unas personas buenas de verdad. Este tren, me permitió conocer "Córdoba la nuit" y es que llegaba a las doce de la noche a esa Capital y hasta las cuatro o cinco de la mañana no volvían a continuar la marcha. Me da que que a ese tren tuvieron que subir algún día Manuel Alejandro y el entonces Rafael para aquello de : Que lenta la marcha..., que largo el camino..., pero yo si, pero yo sigo andando; pero yo si...
Otro, el "Expreso" que no hacía honor a su nombre.  Nunca llegaban a la hora señalada, tanto es así, que en Ferrol, estación términi, según el retraso, la gente volvía de nuevo a sus casas, cenaba pausadamente y volvía para recibir al viajero. La estación, siempre se llenaba, parecía un mercadillo y abriéndose paso, María Racú porteadora de maletas, bajita pero con la fuerza de un toro. Todo eso se ha perdido.
Me gusta el ambiente de los trenes. - ¿Está todo ocupado?-. -No, por favor, entre, entre-. -Y usted , ¿para donde va?. -Pues mire, voy a Calahorra, que mi hijo... -¿Un trago?, -no, muchas gracias, es que no bebo ¿sabe?. ¿Y queso?. -Si, por favor; queso si,  le quedo muy agradecido porque salí temprano de casa y tengo el estómago vacío...-  Y al instante, en aquel habitáculo, la amistad ha tomado asiento en medio de todos ellos.
Más de una vez he visto la pareja de la Guardia Civil y en medio un preso, que siempre mirada al suelo, silencioso. Este de ahora, niega un pitillo que le ofrece uno de los números. Da pena.
En cierta ocasión, regresando de Palma, cedí el asiento a una señora embarazada, dado que en educación, no había otro más decidido. Salí al pasillo y allí permanecí durante horas y horas, pidiendo a los dioses que alguien se apiadase y me cediese por un momento su asiento. Quien me lo consiguió fueron unos policías de la secreta que, sin miramientos levantaron a la señora embarazada y se la llevaron. Me senté porque mi cuerpo cedía del cansancio que llevaba. Al rato, uno de los policías regresó, señaló una maleta de madera atada con una cuerda y al preguntar de quien era y no recibir contestación, la llevó.  Antes, tuvo el detalle de decirnos que esa mujer, hacía contrabando con el café. Y pensar que mi mayor ilusión en principio, fue la de ser contrabandista, cómo me la jugó sin miramiento, una mujer de la profesión.
De vez en cuando subo al tren de FEVE, que es lo que nos queda y lo hago a pesar de que el paisaje hasta un poco más allá de Ortigueira, me lo conozco bien. Más de una vez he bajado en Moeche y he vuelto a patas disfrutando de la soledad, de las gentes con que me cruzo y los ¡buenos días!, que aún perviven en las aldeas, se conozcan las gentes, o no.
También, ante una tarde de lluvia, puedo cargar en el ordenador el programa "Train Simulator" y ahí si, poderoso,  dirijo a un lado y otro varios tipos de trenes que, como los verdaderos silban, se cruzan, pasan sobre los puentes. Cuando me aburro, lo apago, todas las estaciones se cierran, los trenes dejan de circular, como cuando se cambiaba a la hora. No se si ahora lo siguen haciendo. Quizás.
Y que jamás escuché lo de :- ¡ Viajeeeeeeeeeeros, al treeeeeeeeennnnnn !. 
Me hubiera hecho tanta ilusión.
Quizás sólo ocurra en las películas de vaqueros.

miércoles, 4 de agosto de 2010

LA TASCA DE MI PUEBLO.



En mi pueblo hay una tasca, bien pudiera considerarse un bar pero, nada más entrar, de das cuenta de que es una tasca.  Tiene cuatro mesas recias, como recias son las banquetas que las rodean.  Pegados a la pared izquierda, tres barriles que en otros tiempo guardaron vino.  En lo alto dos tiras de pegamento para atrapar las moscas y una única bombilla, que al encenderla da una luz tibia, mortecina, casi opaca a causa de la basura que las moscas han dejado sobre su superficie. Un pequeño mostrador en otro tiempo barnizado y detrás, en la pared, restos de un antiguo calendario que pervive porque, a duras penas, todavía muestra el rostro de la Macarena y al lado, otro actualizado.  El suelo, como no podía ser de otra manera, cubierto de serrín.
Al frente de la tasca la María, de edad indefinida, entre cincuenta y setenta años.  Ya lleva unos cuantos viuda desde que su marido, empeñado en arreglar el tejado del bar un día de lluvia, en un momento de reloj, sus pies no encontraron apoyo, su pecho resbaló sobre las tejas y aunque la altura no era considerable, lo que tenía que suceder sucedió y palmó sin articular palabra, ni cuando iba por el aire, subraya doña Edelmira.
María abre muy temprano la tasca, antes de que las gentes vayan a las labores del campo, para que tomen café y la copa de orujo "de casa" que así lo nombran. -María, anótamelo-, dice Tomás cuando abandona el local.
Una vez han marchado todos, María limpia lo poco que tiene, cambia el serrín, pasa un trapo húmedo por las mesas, mira el calendario y suspira.  La soledad no es buena compañera, mientras coge la labor que está haciendo a punto de cruz, a la espera de que sobre las cuatro de la tarde se le llene el chabolo de parroquianos, buena y noble gente y al lado de la carcomida barra la inseparable y vieja, Palencia, una perra que de ese modo bautizó su marido cuando la trajo, cansado de que todos los perros de la aldea se llamasen León aunque apenas levantasen un palmo del suelo.
Cerca de las cuatro, como una rutina, sin que se pongan de acuerdo, los hombres van acudiendo a la tasca y lo hacen por diferentes caminos, como cuando se busca a alguien que se ha perdido, en abanico.  Unos en grupos y otros en soledad rumiando la mala racha que lleva la cosecha.
En el bar, van ocupando las mesas que siempre ocupan, igual sucede con las banquetas.  Pegados al mostrador el Indalecio y el Constantino, que no se separan de él hasta que la tienda cierre.
María con la bandeja en lo alto lleva los cafés, brandy, aguardiente para los paisanos. No hace falta que le pidan lo que van a consumir, lo sabe, son tantos años.  También sabe que los dos que están pegados a la barra se sirven lo que les viene en gana y a la hora de pagar no dicen la verdad pero, el dinero que va ganando, le llega para malvivir o vivir del todo mal.  A qué enfadarse con nadie.
No tardará mucho en escucharse las frases de todos los días; - ¡arrastra, coño, arrastra!. ¿Qué no llevas oros?. Entonces, ¿quién los lleva?. Y al poco: - que te estoy haciendo señas para que no eches el tres, ¡qué no llevo el as y te lo estoy diciendo!..., es que no se puede, no se puede...- Y así, horas y horas hasta que, sobre las dos de la madrugada, tras abonar lo gastado; -María, anota - que dice el Tomás; uno a uno o en parejas van saliendo de la tasca mientras, como si se estuviese en medio de un rosario, una retaíla de "buenas noches María, que descanses", se sucede.
Lejos, en lo alto del pueblo, las mujeres que han permanecido en vela, cuando alguna ve que se apaga la luz de la tasca, avisa al resto y es que sus maridos no tardarán en llegar.
María llega a casa.  Bajo la puerta le han echado un sobre que recoge con prontitud, se coloca unas viejas gafas y a duras penas lee:  A doña María Pérez Ángueda:  Se le concede un plazo de quince días contados a partir del día de la fecha, para que abandone el local sito en...., dado que la zona ha sido expropiada, según Orden núme.... de fecha 10 de marzo de...  Los ojos ya no pueden continuar porque las lágrimas no se lo permiten.  La única y miserable vida que le va quedando se la quitan.  - Si me habían dicho que no, que también coge la casa del alcalde, pero puestos de acuerdo, la rodearán y al bajar recta, a mi bar no lo tocan...-
Y es hoy, cuando grúas, camiones y obreros rodean el pequeño chabolo para echarlo abajo.  María, reparte lo poco que tiene entre sus clientes, mesas, banquetas, bebidas...
No ha transcurrido demasiado tiempo,  cuando el Indalecio abandona su puesto, al lado del mostrador, tambaleándose; nadie se fija en él, ni en que se ha bebido casi una botella de orujo; tropieza con las sillas ahora mal colocadas, sale al exterior como un pelele y al poco, el pequeño Julianín, llama la atención de los presentes, al tiempo que señala a lo alto de una de las grúas a donde ha subido el Indalecio. Le gritan, le hacen señas para que baje, incluso los obreros de la carretera se suman a las peticiones.  Indalecio saluda, se siente importante porque todos le suplican, se siente libre y cuando menos lo esperan, pierde el equilibrio pero se sujeta porque las manos le responden.
El alcalde, el constructor le gritan con ganas, todos alzan la voz. Él escucha murmullos incomprensible, es mucha la altura y al poco dice al alcalde: - Si le tiras la tasca a la María, yo me tiro- y repite: Si le tiras la...
Un cuerpo va cayendo, un gran silencio, un golpe seco sacude el polvo del camino.
Días más tarde, María abre la puerta de su casa.  Sobre el suelo un sobre que abre y lee,  a través de unas viejas gafas, por las que apenas ve:  - Distinguida señora.  En relación a la construcción de una carretera por el lugar en que iba a discurrir y que afectaba a su bar, se ha llegado a la conclusión de que apenas sería de utilidad. Por medio de la presente se le comunica, que la Orden número..., de fecha..., ha sido anulada y quedando por tanto, sin valor alguno.
Dios guarde a Vd. mcuhos años.


Dedicado a todos aquellos que han caído de las grúas, porque verán los cielos tras besar la tierra.

domingo, 1 de agosto de 2010

LLUVIA EMPAQUETADA.

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Pude vivir en otros lugares, pero no había lluvia y si, un sol permanente que lo llenaba todo con la luz del  Mediterráneo que tanto me gusta y añoro; pero opté por la tierra gallega en donde ahora me encuentro, debido a la "morriña" que siempre me pudo y que los gallegos llevamos dentro aunque pensemos que no.  Hay que encontrarse lejos para saberlo. El el país vecino le dicen "saudade" que la cantan en hermosos fados.  Pienso que tal vez otros pueblos sientan de igual manera pero, le darán otro nombre que desconozco, porque nunca me lo han dicho. O quizás no cuadró en su momento.
Quizás fue una equivocación volver, es imposible saberlo.  Como imposible es, conocer que nos depara el futuro, ni el futuro pude ser como uno quiera ni llevarlo a donde se quiera; quizás sea mejor de ese modo.
Los gallegos necesitamos de vez en cuando, -ojo, que no he dicho siempre-, la lluvia que forma parte de nosotros y es lo que nos diferencia del resto.  -¿A Galicia?, ni de coña; que siempre está lloviendo -, lo que ocasiona, que no nos ocupen los guiris y vivamos como queremos, tranquilos, sin complicaciones. Nos gusta la lluvia para verla, sentirla, beberla si se tercia y de vez en cuando, para que a la señora Andrea, le moje las cuatro lechugas y las dos matas de tomates que tiene sembrados en la pequeña huerta.
Es que ayer me llegó un correo y con él recibí un archivo que me emocionó, palabra.  Un archivo que vi y escuché unas cuantas veces.  Un coro, sin instrumentos  que hacer sonar, simplemente con las manos, en el  día caluroso de ayer, me trajeron la lluvia.  Una lluvia que no mojaba, que la tenía al lado, que la dominaba porque la podía hacer callar cuando me viniese en gana y en algunos momento, como si fuese un dios, decir que comenzara a llover en donde yo quisiese,  con sólo trasladar el ordenador de un lugar a otro. En el interior de un cine o en un centro comercial; si, también dentro de un ascensor. Hubo momentos en que cerré los ojos para centrarme en lo que escuchaba, que me asusté, ante unos terribles truenos.  Me dio la impresión de que me estaba empapando. Pero no, se trata de una lluvia genial que no moja.
Es que la lluvia me gusta aunque sea para jugar con ella. Aburrido suelo hacerlo cuando resbala por el cristal.  Hago apuestas entre dos gotas de agua cercanas, pensando cual de ellas llegará antes a la parte inferior.  Es bien cierto que en ocasiones hacen trampa porque a una de ellas, a cualquiera de las dos, se le une otra gota que viene de camino, entonces, su caída es vertiginosa. La música, no siempre nos da paz.
Que nadie se alarme, de chaval pasaba buenos ratos con la vista perdida en el vuelo de las moscas, algo no bien visto por los profesores  -iba a escribir maestros- que lo asociaban a los idiotas, y es quizás en su vida se fijaron en tan hermoso vuelo en que el  insecto jugaba en medio de una rayola de sol, aquellos saltos en el aire, otras  veces se detenía batiendo a mil por hora las pequeñas alas; puedo afirmar que  me entretenía tanto, como el vuelo en lo alto  de un águila que aprovecha las térmicas para no aletear.  También me permitía no estar pendiente del reloj,  la cuenta de los minutos tan largos que faltaban para que terminasen aquellas pesadas y aburridas clases.
Hace años, liado a más no poder con lo que sonase a fotografía -libros, reveladores, papeles, cámaras, objetivos...-, un compañero de AFFA y yo acordamos subir al monte de Chamorro para hacer fotos a un incendio. Cuando estábamos centrados en ello, un ruido, un terrible ruido que se va acercando, es un avión y ya que estamos metidos en materia,  le haremos fotos, cuando, después de  picar hacia la base del monte, vuelva a elevarse y al soltar el chorro de agua, le disparamos.  Fue un instante que nunca debió de existir, y es que el gran pájaro amarillo  abrió su vientre, soltó el agua en forma de lluvia torrencial sobre nosotros, sobre el incendio, sobre nuestras buenas ideas. De vuelta en Ferrol, la gente nos miraba y no entendía. Anochecido llegué a casa para evitar risas.  Las fotos, muy buenas.
Escucho a las personas decir por la calle, que ya podría venir un poco de lluvia, a pesar de que los pantanos están a pleno rendimiento, pero es que la necesitan, quieren, quiero mojarme no mucho, porque  no es cuestión de fastidiar el verano a los de la playa; pero que llueva, que llueva,  la virgen de la cueva y que lo haga con sentidiño, agua menuda, "miudiña", lluvia gallega amorosa.  La otra, para más adelante, para el invierno.
De lo que estoy seguro es que tengo lluvia y la tendré, siempre que quiera escucharla.  Todo consiste en abrir un archivo para que comience a sonar una, dos, tres, cuatro mil veces, hasta que virtualmente me empape, hasta que en la distancia, un tanto acobardado, asome el sol en un nuevo día.
Pude quedarme a vivir en otros lugares, quizás hubiese sido mejor pero, necesitaba la lluvia de mi tierra gallega. Si llego a tenerla empaquetada como ahora la tengo en un archivo, me lo hubiera pensado.
Y aquí os la dejo, por si tenéis que ir de viaje, por si os destinan lejos, porque lo compartido sabe mejor, aunque toque a menos.
La lluvia, mi lluvia, ahora vuestra.

BOFETADAS