martes, 30 de noviembre de 2010

SE FUE COMO AVE VIAJERA






María, mi pequeña vecina, de cabellos rubios como esas coronaciones que llevan los ángeles y los santos, llama apurada a la puerta de mi casa. Abro, lo único que escucho son hipos y llanto. ¿Qué sucede María?.- Mi gato, mi gato-. Tira de mi sin pensar que mi ropa no es la más apropiada para ir de visita, pero me importa un rábano, lo que en estos momentos interesa es aclarar lo que le ocurre a mi amiga. En el ascensor me agacho, le cojo las manos, le pregunto: -¿Dime qué ha sucedido?.  María más hermosa que nunca, con esos grandes ojos llenos de dolor me señala no se a donde. Al fin, en la calle tira de mi, me obliga a seguirla y al doblar la esquina de un edificio, en la calle, no muy lejos de la acera, me señala un animal espaturrado.
No me atrevo a mirar aquel amasijo.  Si fuese capaz, hoy seguramente estaría operando a diestro y siniestro o extendiendo recetas, pero no, la visión de una simple gota de sangre se me hace del todo imposible y aunque los demás estén viendo una simple gotita roja, mi mente ve millones, como si en ella tuviese un microscopio.
Miro a María que ha cesado de hipar.  Acaricio su carita al tiempo que le pregunto: - ¿Es él?, ¿es tu gato?.  Silencio.  Al poco afirma. Claro que es su gato, el gato gris marengo que conocí, no era un gato de marca, era más bien un gato de palleiro o pajar.
Personas me cuentan, que por encima del gato pasaron las ruedas de un enorme camión que para jorobarla más,  llevaba un remolque acoplado.  Éramos pocos, parió la mamá de mi mamá.
María me habla de hacerle un entierro.  Mi mente me dice: - No se ocurra cogerlo, ni lo intentes que te caes redondo en medio de la calle- y no lo haré, aunque me den todo el oro del mundo.  No echo la mano a esos despojos, aunque estén a punto de colgarme  y es que su simple visión me pone malo. La niña me mira interrogante y yo que no puedo, que ni tan siquiera soy capaz de tocarle al rabo gris, que al parecer le ha quedado entero, aunque quien sabe como están las vértebras.
Un hombre que se dedica a la limpieza de la calle, bendito sea por siempre, se acerca a la niña para decirle que lo enterraremos.  Lo recoge con la pala ayudado por una escoba, una gran mancha en el pavimiento y ahora los tres, como si fuera un entierro de verdad, caminamos en silencio hacia un campo que no señalo para evitar problemas.  La niña con la frente alzada no se si reza o habla con lo que queda,  es que siempre se han entendido. Pienso mientras camino, que si del camión le han pasado siete ruedas por encima, no habrá forma de revivirlo.  Se entierra.  Con dos palos le hago una especie de cruz que entrego a  María que con suavidad clava en la hierba.
Me pide María, que le rece al gato, que ella no sabe y yo, gilipollas, allí me veo orándole un padrenuestro al minino, del todo ilógico pero en la vida hay que estar a la calor y al frío. Luego unas palabras con semblante serio porque era un buen amigo de la niña y por tanto, se lo merece: " Hoy, con el alma lastimada, llevamos a la tierra lo que la tierra nos dio. Nunca te olvidaremos gran gato que ahora tu alma vuela en busca de un descanso merecido...  María me coge la mano y me tira de ella, - Dile que lo quiero mucho- . Faltaría más; se lo digo y también le aconsejo que se acueste tempranito que en las alturas hace frío.  Amén.
Lo que me puede, es la cara  de dolor que tiene la otra persona que nos acompaña, como si no estuviese acostumbrado.
Me hubiera gustado darle algún dinero al enterrador pero bajé sin un céntimo, tal como estaba tanta era la prisa de la niña.  Como lo conozco, otro día tomaremos un café, le agradeceré con todas mis fuerzas, la ayuda que me prestó.
Se que María está sufriendo como si hubiese perdido a un familiar y la comprendo.  Si hace años, algún coche termina con la vida de una gallina que crié con todo el amor y que era mi amiga, no se lo que hubiese pasado, hubiese como María, ser la persona más infeliz de este mundo.
Caminamos hacia casa.  La niña de vez en cuando gira la cabeza hacia el lugar en que el gato "descansa".  También de vez en cuando suspira y me aprieta la mano.  Luego me pide que se lo cuente a sus padres.  Claro que lo haré.
- María, ¿quieres que te compre un gato?, ¿quieres que te robe uno?, mientras le sonrío con picardía.  Abre sus enormes ojos para decirme que de momento no, que está muy "compungida".  No te joroba, una cría de apenas cinco años y ya sabe como colocar en la oración  el adjetivo.   Los críos no dejan de admirarme, por eso me encanta estar con ellos.  Antes, los engañaba facilmente contándoles mis "batallas".  Hoy leches, en medio de la narración son capaces de preguntar que les señale en un mapa, longitud y latitud a la que está el pecio y como no se lo expliques debidamente, apañados vamos. Quizás al final, la televisión, puede enseñar, pero tengo dudas. Quizás la 2, es lo que dicen.
En soledad,  pienso en lo inútil que soy ante un poco de sangre. He presenciado autopsias por razón de trabajo, pero al no haber sangre, me suponía la misma sensación, que la que me produce la visión de una carnicería llena de animales colgando.
Estudiaba hace años en un colegio situado encima del cine Cinema. Al salir o escapar de clase -no recuerdo-, en el cruce con la calle del Sol, ante mi, un hombre que subía en motocicleta colisionó contra un camión.  Vi al hombre tendido en el suelo y un gran charco de sangre a su lado, o al menos me lo pareció. No fui capaz de acercarme por si podía ayudar. Salí corriendo hacia la Plaza de Armas gritando, pidiendo ayuda.  No se si acudió gente, gritar grité con todas mis fuerzas enseñando el lugar, ni quise mirar desde lejos, subí hacia casa por otra calle paralela, temblando.
Mañana, cuando a María le haya pasado un poco la pena, le preguntaré si quiere que le compre un gato marengo, no de marca, si de palleiro o pajar que viene siendo lo mismo, como el que tuvo y al que le contaba historias y secretos que al parecer, el micifuz entendía.
Entre nosotros y ahora que no nos escucha.  El gato estaba atontado por tanto mimo, por tanto echar siestas en los brazos de María, por tanto rollo que le escuchó y eso a mi parecer, fue la causa que cuando se vio libre y salió a la calle por donde las gentes caminan, no estando acostumbrado;  le echó sin saber, un pulso al camión seguramente porque se lo vio hacer en la tele a la Hormiga Atómica.  Por eso, se colocó ante las ruedas del enorme trailer y palmó por idiota.
Siete ruedas que le pasaron por encima.  Siete vidas, una por cada rueda.  Si llega a ser un motocarro, un susto y a continuar probando mezclas de verduras, que la niña le daba, mezcladas con zanahoria, todo en crudo, tal como se recogen en la huerta.  No hay gato que lo aguante.
Pobre gato.  Está en la gloria.
Y yo también.  

A todos lo gatos muertos en acto de servicio o con ocasión de él.

domingo, 28 de noviembre de 2010

EL FARAÓN DYOSER Y EL NILO.






Hace años, viajaba en tren con destino a Cádiz. En el departamento, iba un matrimonio que supe era egipcio, a los que acompañaba un niño muy bien educado. El tren, es cierto que cansa el cuerpo  de los que viajan y no tardó mucho el niño, en echarse sobre el padre, al tiempo que le decía que le contase un cuento. Por deferencia a mi, el padre comenzó a contárselo en un castellano bastante claro. Puse atención, no perdí palabra. El rosto del hombre al hablar se iban transformando a medida que hablaba. Era fantástico escucharle con aquella voz pausada, algo bronca, que parecía que le salía de la barriga.
Egipto -comenzó diciendo-, había caído en desgracia, ya que hacía siete años que la crecida del Nilo era insuficiente, lo que motivaba que no hubiese agua para regar las tierras y las reservas de los graneros, que hasta ahora habían permitido que el pueblo se alimentase, se estaban quedando vacías.
Los meses pasaban y la preocupación del faraón aumentaba.  Su pueblo no tenía apenas con que alimentarse; los campesinos observaban con tristeza los campos secos, los niños lloraban y los ancianos se debilitaban e incluso, los templos se cerraban porque no había ofrendas para los dioses.
El Nilo se negaba a fecundar la tierra de Egipto.  Por eso el faraón Dyoser, decidió pedir ayuda a su amigo y primer ministro Imhotep, famoso arquitecto, mago, médico y astrólogo.
-Nuestro país está sufriendo una grave situación -dijo el rey  al arquitecto, mago, medico, astrólogo-. Si no encontramos una solución, moriremos de hambre.  Hay que darse prisa y descubrir donde nace el río Nilo para saber  qué poder divino responsable de que suban las aguas.
Imhotep se marchó a Heliópolis, donde se encontraba el gran templo de Thot, dios de la sabiduría y protector de los escribas.  Buscó entre los libros sagrados y documentos más antiguos, que hablaran de la crecida del Nilo y volvió al palacio para informar al faraón Dyoser.
-Eres el primer faraón que se interesa por los secretos de los caudales del Nilo -comentó Imhotep mientras desenrollaba un montón de papiros y prosiguió- : Los textos indican que al sur de Egipto se encuentra la isla Elefantina.  Allí apareció la luz divina cuando decidió dar vida a todos los seres.  El Nilo nace en ese lugar, en dos cavernas de donde manan todas las riquezas de la tierra.  Cuando lo desea, el Nilo fertiliza sus orillas.
-¿Quién vigila las cavernas?, -preguntó el ansioso faraón.
-El dios Jnum, que modela en su torno de alfarero a todos los seres. Se encuentra en Elefantina y retiene bajo sus sandalias el caudal del río.  Mientras no las levante no habrá crecida. Jnum es quien dispone las tierras fértiles del Alto y Bajo Egipto, que hace crecer el trigo, quien hace posible la producción de piedra en las canteras para elevar y construir los templos.  Gracias a él, prosperan los animales y las plantas.
Para conseguir que jnum liberara la crecida del río, el faraón Dyoser tuvo que ir a la isla Elefantina en busca de una paleta de escriba y una cuerda de agrimensor para medir los campos.  El faraón imploró los favores del dios pidiéndole la salvación de su pueblo.  Pero, sus plegarias no fueron atendidas. Sin embargo, decidió quedarse en la isla Elefantina luchando hasta el final, aunque le costara la vida.
Dyoser, vencido por el cansancio, se quedó dormido.  En sus sueños se le apareció el dios Jnum.  El rey alzó las manos en señal de respeto, el dios le habló:
- Soy Jnum, el dios creador. Dame un abrazo para que mi magia te proteja. ¿Qué te sucede, faraón Dyoser?. ¿ Por qué me llamas con tanta insistencia ?.
-Estoy preocupado por mi país y mi pueblo-.
¡ Tienes motivos para estarlo !. Te he dado numerosos materiales para que edifiques templos y construyas estatuas a los dioses y tu, no lo has hecho. Tienes que restaurar los monumentos antiguos y construir otros nuevos.  El pueblo de Egipto debe adorar a sus dioses y el faraón dar ejemplo.  Ahora, ya sabes los motivos de mi enfado.
Jnum, señor del Nilo y de la fecundidad de las tierras de Egipto, vigilaba las dos grutas que se encontraban en el santuario secreto del templo de Jnum en la isla.  De allí, procedían las fuentes del Nilo.  Una puerta impedía a los humanos el acceso para evitar que descrubrieran el secreto e hiciesn mal uso de él.
-Por tí, que eres el servidor de los dioses y de tu pueblo, abriré esta puerta dejando circular el caudal del Nilo.  Regará sus orillas y sus campos se fertilizarán.  Egipto prosperará - dijo Jnum y cogiendo de la mano a Dyoser lo llevó a lo más hondo de las dos grutas, donde el Nilo dormitaba con forma de serpiente bajo sus sandalias.
-Mi maestro de obras Imhotep edificará tu templo en la isla del origen del mundo y tu santuario guardará para siempre el secreto de la crecida del Nilo -, añadió el faraón.
Jnum levantó sus sandalias.
La serpiente se convirtió en un joven fuerte con la cabeza cubierta de cañas que emergió del agua estancada transformándola en caudalosa riada.
Cuando Dyoser despertó, observó que el caudal del Nilo fluía con fuerza.  A sus pies estaba la tabla que escribía con un texto grabado, una plegaria al dios Jnum que nunca debería olvidarse.
Ese mismo día ordenó se iniciaran las obras de construcción de un templo dedicado a Junum.  En sus muros se escribiría en jeroglíficos la plegaria para que cada año, subieran las aguas del Nilo regando los campos, procurando prosperidad al pueblo egipcio.
El niño, hace un buen rato que se ha dormido. Miro al hombre, le sonrío como forma de agradecimiento. 
El tren ahora, corre veloz entre los campos de Castilla.  A los lejos, un hombre con una azada al hombro camina.
Los cristales del departamento, me dicen el frío que hace en el exterior.
El tren que ahora bufa, de vez en cuando, como para despertar a los viajeros y vean el mar de trigo por el que  navega, silba.

Para la pequeñaja Inés, mientras crece, mientras espera.

sábado, 20 de noviembre de 2010

CUENTO DE UN AMIGO RUSO.






Un día, navegando por uno de esos mares, avistamos una balsa.  Nos fuimos acercando y en su interior un ruso que no paraba de cantar. Los mofletes colorados, ojillos muy vivaces que nunca estaban quietos y una barba parecida o yo diría que igual, que la que llevaba el aduanero pintor Henri Rousseau. Una vez en el barco se hizo muy amigo mío y entre tragos y tragos de vodka, cuando la nariz se le ponía coloradita, me contaba historias de su pueblo, de la gente, de su modo de vida.  Un día le dije, ¿os contáis cuentos cuando hace frío?. En Rusia, siempre hace frío y claro que nos contamos cuentos.  Cuéntame uno- le digo-, sonríe , tose unas cuantas veces, otro trago de alcohol, dice:
Érase que se era, un acreditado comerciante que poseía grandes riquezas y que vivía con su bella mujer. Sin embargo, el matrimonio no era feliz porque no tenía hijos, hijos que deseaban fervientemente y por ello, pedían a Dios todos los días que les concediese la gracia de tener un hijo que los hiciese muy dichosos, los sostuviera en la vejez, heredase sus bienes y rezase por sus almas una vez muertos.
Para agradar a Dios ayudaban a los pobres y desvalidos dándoles limosnas, comida y albergue. Idearon construír un gran puente a través de la laguna pantanosa, para que todas las gentes no diesen tanto rodeo. El puente que costó mucho dinero pero se hizo.
Una vez terminado dijo a su mayordomo Fedor: Ves a sentarte debajo del puente y escucha lo que la gente dice de mi.
Así lo hizo. Primero pasaron dos mujeres que sólo hablaban de la carestía del mercado. Luego dos jóvenes discutiendo sobre que marca de bicicleta es mejor. Al rato,  tres ancianos que decían: ¿Con qué compensaríamos al hombre que mandó construir este puente?.  Le daremos un hijo que tenga la virtud de que, todo lo que diga se cumpla y todo lo que pida a Dios le sea concedido.
El mayordomo regresó a casa. El comerciante pregunta:   ¿Qué dice la gente Fedor?. -Dicen cosas muy diversas: Según unos, has hecho una obra de caridad.  Otros dicen que es una vanagloria.
Aquel año, la mujer del comerciante dio a luz.  El mayordomo envidioso de la felicidad ajena y deseoso de hacer mal a su amo, aquella noche, cuando todos dormían, cogió una paloma, la mató, manchó de sangre la cama, los brazos y rostro de la madre, robó al  niño, que dejó para que lo criase una mujer de un pueblo lejano.
Cuando despertaron los padres y no lo hallaron, el astuto mayordomo, señaló a la madre como culpable de la desaparición.
¡Se lo ha comido su misma madre- dijo-, señalando los brazos y boca manchados de sangre.
Encolerizado el comerciante, hizo encarcelar a su esposa. Transcurren los años, el niño crece y Fedor se despide del comerciante yéndose a vivir a un pueblo a la orilla del mar y con él, llevó al niño.
Aprovechandose de su don divino le decía: Di que quieres esto, di que quieres lo de más allá.
Apenas el niño pronunciaba su deseo se realizaba al instante.  Un día dijo al niño: Di que aparezca aquí un nuevo reino y que desde esta casa hasta el palacio del zar, se forme un puente sobre el mar de cristal de roca y que ha hija del zar se case conmigo. El niño pidió y al instante se extendió el maravilloso puente, aparecieron suntuosos palacios de mármol, innumerables iglesias y altos castillos para el zar y su familia. Cuando el zar se levanta pregunta, ¿quién construyó esta maravilla?.  Los cortesanos dijeron que había sido Fedor.  Si Fedor es tan hábil, le daré por esposa a mi hija.
Se hicieron los preparativos, a continuación una gran boda. Fedor vivía en palacio del zar, comenzó a tratar mal al niño, lo hizo criado suyo, le reñia y pegaba continuamente, dejándolo a veces sin comer.
Un día la mujer preguntó a Fedor cual era la causa de su don maravilloso si antes sólo eras un pobre mayordomo. Fedor le dice que lo ha conseguido por el niño que ahora llora en el ricón de la habitación, niño que robé a su padre, mi antiguo amo.
Cuéntame como- dice la mujer -, el mayordomo se lo cuenta con pelos y señales:  Estaba yo de mayordomo en casa de un rico comerciante al que Dios había prometido que tendría un hijo de tal virtud, que todo lo que dijera se realizaría y todo lo que pidiese a Dios le sería dado. Por eso, apenas nació el niño se lo robé.
El niño, tras haber oído estas palabras, salió de su escondite y dijo al malvado Fedor: -¡Bribón!, por mi súplica y por voluntad de Dios, transfórmate en perro-.
Apenas pronunció estas palabras, el mayordomo Fedor se transformó en perro.  El niño, le ató al cuello una cadena de hierro y con él, se fue a casa de su padre. Una vez allí, sin decir al comerciante que era su hijo le pidió unas brasas del fuego que ardía. ¿Para qué las necesitas?.- Porque tengo que dar de comer al perro-.
-¿Qué dices niño?. ¿Dónde has visto tu que los perros coman brasas ardientes?.
¿Y donde puedes ver tu que una madre se pueda comer a su hijo?.  Padre, que soy tu hijo y que este perro es tu infame mayordomo Fedor, que me robó de tu casa y acusó falsamente a mi madre.
El comerciante quiso conocer todos los detalles y una vez seguro de la inocencia de su mujer, hizo que la pusieran en libertad.  Luego se fueron todos a vivir al nuevo reino que había aparecido a la orilla del mar y en donde el sol brillaba todo el día, por deseo del niño.
La hija del zar volvió con sus padres y el mayordomo, al que ningún herrero consiguió quitarle la cadena que lleva al cuello, sigue como un perro de un lado a otro, sin que nadie le quiera.
Cuando termina de contar el cuento, los ojos de mi amigo Ivan que así se llama, estaban llenos de lágrimas. Le digo: -Pero Iván, si solamente es un cuento,  Bonito si es pero no tan triste como para hacernos llorar.
El hombre se desconsuela más cada vez que le hablo.  Otro trago de vodka, otro más y al poco, se queda dormido sobre la mesa.
Lo dejo, me voy a mirar la mar que ahora está más bella que nunca; un poco enfadada si, pero es que tiene tantos colores..., no me extraña, es domingo. Estamos unicamente ella y nosostros, la tierra queda tan lejana que ni se ve.  De vez en cuando a lo lejos un par de ballenas nos cruzan pero no me contestan al saludo, quizás no me hayan visto.
Al anochecer despierto a mi amigo Ivan. Alza la cabeza, me mira, se frota los ojos, suspira.
¿Por qué llorabas?- le pregunto-.
Se cerciona que estamos solos y me dice en voz baja:  Yo soy Fedor, el mayordomo malo.
¡ Imposible !, le digo.  Si era un perro, como es que ahora te has convertido en persona.
Un día, arrastrando aquella terrible cadena llegué al pueblo  hermoso que está al lado de la playa, en otros tiempos mío por voluntad de un niño.  Esperé paciente días y noches en la puerta del palacio en que vivía el comerciante, su esposa y el hijo.  Busqué el lugar de la lluvia perpetua que llena los pozos y los ríos y allí permanecí mojándome mes tras mes. Dejé de comer, estaba tan delgado que un día, el hijo del comerciante, al que había hecho tanto daño, me vió en tal mal estado que me arrancó la pesada cadena, me curó las heridas, me dió de comer y beber durante unos dos meses al cabo de los cuales, me introdujo en una balsa de goma con techo y una luz en todo lo alto, la llenó de comida y vodka y me echó al río.  El río me condujo a la desembocadura y luego al mar.  Ahi estuve muchos días, no se cuantos hasta que vuestro barco me encontró.
¿Y ahora que harás?.
-Si me llevas contigo seré tu mayordomo-
Si, te llevo, pero no busques poderes, que carezco de ellos.
Hoy en día, Fedor, no es mi mayordomo.  Un hombre debe valerse por si solo sin que nadie tenga que vestirlo, calzarlo, bañarlo, peinarlo... Fedor es mi amigo, un amigo que me cuentas hermosos cuentos, que apenas come pero que bebe vodka constantemente. Jamás lo he visto borracho.
Y lo bueno de todo, los niños le quieren. ¡Claro!.  Como sabe tantos cuentos...

Para Inés, una pequeña amiga, mientras crece, mientras busca su lugar en el mundo.

martes, 16 de noviembre de 2010

MAMÁ, CUÉNTAME UN CUENTO.



El hombre de larga barba blanca y gran  bigote de emperador polaco, vive solo en la casa de madera rodeada por unos hermosos,  pero a la vez abandonados jardines que ahora, ya entrados en la primavera, muestran sus infinitas maravillas en plena floración, llenando el ambiente de un perfume que no empalaga, imposible de descifrar.  Las rosas rojas, blancas, amarillas, siempre pegadas a la pared de la vivienda para que el viento del norte, no las azote y haga caer sus pétalos al suelo.  Delante de la puerta principal una fuente de mármol y en el centro, en todo lo alto, subido a ese gran pedestal de granito, la figura de un ganso que abre las alas y constantemente, echa agua por su boca para mojar las espaldas de las muchas ranas que tranquilas, toman el sol.
La parte trasera de la casa, está llena de árboles frutales que poco a poco se van secando, que dan unos frutos marrones porque, los humos de una fábrica de electricidad cercana, así lo quiere. El hombre, cansado de protestar sin que le hagan caso alguno, ha dado la guerra por perdida. Le llaman viejo chiflado.
Y el hombre de barba blanca y gran bigote de emperador polaco se aburre.  Se aburre mucho, porque la soledad, no es buena compañera y siempre  viene cargada de tristeza. Tiene envidia de lo que sucede en la laguna cercana,  en que patos, cormoranes, flamencos, cernícalos y más, siendo de distintas comunidades como los negros, blancos, chinos; viven todos juntos; ni se molestan, siempre contentos, a todas horas cantando.
De vez en cuando el hombre, al sentir el ruido que produce la moto del cartero, se asoma a la puerta en espera de noticias que sabe, nunca llegarán.  Como siempre, el cartero pasa de largo con la cabeza alzada, prepotente porque hoy va de gorra nueva,  sin inmutarse, sin tan siquiera desearle los buenos días. El hombre lo sigue con  la mirada húmeda, hasta que se pierde en un recodo del camino, allá en la lejanía.
Entonces el hombre se sienta cerca de la fuente en una silla de mimbre y es que el sol, comienza a calentar.  All lado del agua, se está muy fresco y el murmullo del agua que le regala el ganso, lo adormece.  No muy lejos el gato gris marengo, al que llama  "Camarón"; primero alza la cabeza para luego, lentamente, ir acercandose, temeroso de que le riña porque no lo ha visto en toda la noche ni durante la mañana.  No sabe que los gatos siempre tienen reuniones o caminan por los tejados al sol, en busca de cualquier ratoncillo.  Eso dicen los muy mentirosos. La verdad, es que siempre están buscando novia.
Al llegar a la altura del amo, da un gran salto que asusta al hombre pero, al final, suavemente queda en su regazo. Es entonces cuando le llegan las caricias que tanto le gustan y por eso, estira completamente la cola, como cuando se pelea con los perros. El hombre suspira : " Camarón, Camarón, que solos estamos". El gato lo mira como si entendiese, mientras agacha la cabeza porque tiene sueño.
Y es que los hijos han marchado hace algunos años en busca de trabajo a la gran capital. No estaban animados y les faltaba decisión para trabajar la tierra, arar los interminables campos, podar los árboles y en septiembre la vendimia.  Ahora, operarios en una gran fábrica, no quieren saber nada de la casa grande, ni del que en la casa vive.
Un día el hombre mayor, el de la barba blanca, tiene sed por la noche; se levanta, camina al frigorífico y al abrirlo, su luz, le permite ver un ratoncito blanco, muy blanco, como si fuese de juguete que rápidamente escapa y entra en un agujero de la pared.
-Bueno -piensa el hombre-, ya no estamos tan solos en la casa.-
También piensa en Camarón, el gato, enemigo perpetuo de los ratones. Habrá que decirle que se comporte.
A la siguiente noche, el hombre acude de nuevo al frigorífico. Abre la puerta y allí está el ratoncito blanco, sentado, mirándole.
El hombre toma un trozo de queso que desmigaja, se lo echa con cuidado y el ratón que se las sabe todas, creyendo que es una trampa, escapa a gran velocidad.
Cuando el hombre baja por la mañana a la cocina, el queso ha desaparecido. Entonces, el anciano, sonríe.
Y de ese modo, todos los días le va dejando comida hasta que el pequeño roedor va tomando confianza y como quien no quiere la cosa, una noche, pregunta al hombre:
-¿Me quieres matar?. El hombre se asusta y niega con la cabeza. - Cómo te voy a querer matar, si te necesito para que me hagas compañía.-
Una noche en que el ratón sale del agujero para recoger la comida que le ha dejado el hombre, ante él, ve  una sombra con unos ojos que brillan demasiado y una lengua que se relame.  Es Camarón.  El ratón chilla, chilla tanto, que el hombre baja apresurado, toma en sus brazos al gato y con furia le dice: - Como toques al ratón, te marchas de esta casa.-
Los gatos que no son de caminar por los bosques ni por las carreteras, dice a su amo que no lo hará.
-¡ Júralo !-, dice el hombre. Lo juro por  Bastet, diosa gata que vive en Egipto y a la que rezo y pido me envíe ratones.  Dice el hombre de la barba: -Pero blancos ¡no!, blancos ¡no!.- Lo juro, responde el gato.- Al hombre no le queda más remedio que creerlo.
El ratón blanco se acerca al hombre, sube a su enorme zapato y con gran ternura le dice:
- ¿Sabes que no estoy solo?.
- ¿Quién está contigo?, pregunta el hombre.
- Cuatro hermanos más -, dice el ratón tembloroso.
-Que salgan, dice paciente el hombre con una sonrisa de oreja a oreja y una enorme alegría el cerebro.  No les hará daño alguno.
Y ante ellos, cuatro ratoncitos más, del todo blancos, con sus bigotes peinados y sus pies, manos y nariz  colorados.
Qué alegría para el hombre. Al fin todos en la casa estarán entretenidos.
Un ratón recién llegado, de bigotes muy largos dice al hombre: -Somos músicos-
-¿ Músicos? pregunta el hombre que no se lo cree.  A lo que el ratón contesta: En el incendio de otra casa en que vivíamos, se nos perdieron los instrumentos y ahora, sin poder tocar, estamos muy tristes.
El hombre abandona su casa, camina a grandes zancadas hacia el pueblo y una vez en él, pregunta en todas las tiendas si venden instrumentos de música para ratones.  La gente que lo escucha ríe, ríe, ríe e incluso alguno se atreve a llamarle viejo chocho.
El hombre regresa, cierra el portón, camina a la bodega toma una plancha de metal y día a día, con gran paciencia y cariño, va construyendo un trombón de varas, una trompeta, un oboe y una tuba que es la más grande.  De una tabla de ébano construye un violonchelo.  También toma medida a los ratones, no vaya ser que los instrumentos les queden demasiado grandes.  Por la noche, entre ellos y con la asistencia  del gato Camarón, hablan de música y viajes hasta las tantas de la madrugada. El hombre, jamás ha sido tan feliz.
Un día los llama: Roy, Moy, Loy, Toy, Lío, que acuden veloces.
Ante ellos, los instrumentos más hermosos que se pudieran imaginar, brillantes como los luceros, que tal parecen hechos de ese oro que las hadas colocan en sus vestidos para que reluzcan.
Toman los instrumentos. Tal como hacen las grandes orquestas, separados los unos de los otros,  los afinan. No pasa mucho tiempo cuando en la gran sala, se escucha el Concierto Grosso, Opus 5 de Handel.  El gato ha quedado con la panza mirando al techo, feliz.  El hombre echa la cabeza hacia el respaldo de la hamaca y escucha, escucha temeroso de que el sueño le venza, jamás pensó, que aquellas latas que había pulido con tanto cariño, produjeran esos sonidos tan hermosos,  que  unos grandes músicos que a su lado, conseguían. Músicos que ahora  tocan sólo para él y su gato.¿Quién en el mundo se puede permitir tanta dicha?. Los reyes y ahora el hombre, en medio del gato y ratones blancos, lo es.
Al cabo de un año, alguien llama a la puerta de la casa.  El hombre de la larga barba, ve a través de la mirilla a sus dos hijos, dos mujeres y unos cuantos niños.  No hace mucho le escribieron diciéndole entre líneas algo de ir a un asilo.  El corazón le late con prisa, el corazón le habla, el alma le dice: ¡Aléjate!, ¡aléjate!, ¡no les abras! y así lo hace. Los hijos insisten pero al poco, se marchan tal como hicieron hace tiempo dejando al hombre con su soledad.
Ahora que es feliz con sus músicos, con su gato, por qué romper esas noches fantásticas que ahora tiene, con los gritos de unos niños maleducados, con las exigencias de unas nueras que no conoce, con las peticiones interesadas de unos hijos que hace tiempo ha perdido.
El hombre no espera la llegada de la noche, coloca velas en el suelo que enciende.  También, en la mayor bandeja que tiene en la cocina, echa trocitos de queso, aceitunas, sardinas para Camarón el gato, un gran pastel, gominolas, chocolate relleno, galletas de todo tipo, turrón del blando y también pipas recogidas de los girasoles..
Todos comen, todos lo celebran.  El hombre de la barba blanca y gran bigote de emperador polaco sonríe feliz. De pronto los ratones, hacen sonar sus instrumentos y de ellos va saliendo una sintonía maravillosa que llega a todos los rincones de la casa.  No pasa mucho tiempo cuando una larga procesión de hormigas se van acercando, lo mismo sucede con las abejas que han abandonado la colmena, llegan polillas y al final, una pulga que andaba perdida y una lagartija a la que le gusta la música también se acercan.
Todos escuchan en silencio, es tan bello, tan hermoso, que el hombre permite que las polillas ocupen su lugar en el interior de su barba blanca porque a la noche, siempre tienen frío.  Es la persona más feliz que pueda haber en el planeta.
La orquesta continúa pero esta vez, con un rock and roll que todos los presentes bailan y se mezclan. Con la pulga, nadie quier bailar por los saltos tan grandes que da.  El hombre de la barba blanca y gran bigote de emperador polaco, se ha dormido.
La bondad, ahora sueña.  Chissssssssss, dejarlo.
La música se va apagando. Cada cual a su rincón.  Mañana será otro día.
Mañana volverá a ser un día diferente, mucho mejor que el anterior.

-  Para Inés mientras crece, mientras se llena de vida.

domingo, 14 de noviembre de 2010

RELOJ, NO MARQUES LAS HORAS...


Nunca entendí ni quiero entender, el caminar insulso, repetitivo de cualquier reloj que no esté muerto en un cajón; no importa el tamaño, no importa su situación, no importa si suenan o no sus potentes campanas, si la esfera tiene números romanos, latinos o no tiene, que también los hay.
El reloj, aparato inmundo que nos va marcando la vida, que nos la quita un poco de ella, con un simple tic o tac, que incluso lo emplea el galeno para controlar el pulso, el corazón, no los sentidos.  Es el aparato más infernal que he conocido.  Reloj de castigos, reloj que continuamente miraba para llegada la hora abandonar aquel colegio, pero que no paraba y seguía avanzando, para recogerme en el mismo lugar al siguiente día y entonces, se convertía en un reloj de abatimiento, de tristeza cuando tras mirarlo compungido, traspasaba lo que era para mi, la terrible puerta de penitentes. Reloj de pasos y para pasos del galán, que abraza un gran ramo de flores, haciendo el idiota en cualquier esquina, siempre en la esquina esperando impaciente, aquello que tarda en llegar o que quizás, por esos caprichos de la vida, no llegará porque otro, en otra esquina anterior a la suya, también la esperaba con otro gran ramo; pero él seguirá con su desespero, escuchando cada cuarto de hora las campanadas del gran reloj que mostraba en lo alto Simeón, hoy parado, sin vida.
Reloj de difuntos para los vivos, de larga noche cerca del cadáver velándolo, mientras en otra habitación cercana, el cachondeo que hay es apoteósico, sólo falta la orquesta.  Las horas no pasan, que se quedan muertas al lado del muerto.  Reloj de esperanza que con el paso de los minutos se convertirá en reloj de llanto, de rezo, de adios, de olvido.
Reloj de pobres, reloj de ricos.  Los unos de acero al que hay que darle cuerda todos los días y de igual modo, poder a diario sus agujas en hora.  El del rico, de oro pulido con correa del mismo metal, regalo de un vicepresidente que a cuenta de un chivatazo en la Bolsa, ha conseguido una gran fortuna.  Y es que los relojes regalados, son muy bien recibidos. Si son de oro, mucho mejor y además, se recuerda al donante por un tiempo, antes de llevarlo de viaje a la casa de empeño. Reloj  enorme con muchas agujas de traficante de armas, parecido del traficante de heroína para  que se sepa, que quien lo lleva manda;  pequeño y casi invisible  para la puta que controla el tiempo del chulo, calibrado para el policía, con clase para el político, con musiquilla para el obispo, con campanas enormes, para cualquier catedral.  Las iglesias de los pobres, marcan las horas mediante un altavoz o dos, unidos a un magnetofón.
Reloj que a mala leche apuras, cuando uno camina al lado de persona que quiere.  Tal le sucede ahora al hombre de las flores en la esquina, que pasea ufano, ciego que va, al lado de la que cree su amada,  mientras ella prepotente, va saludando, repartiendo lisonjas con un leve movimiento de labios en forma de beso, a todos los hombres con que se cruza. Y el reloj, que ahora mira el hombre de las flores, va llegando a la meta marcada por la mujer, el tiempo de acompañamiento va terminando porque, la mamá de la mujer que lleva al lado, quiere que llegue pronto a casa y de ese modo, callen las malas lenguas.  Separados; el hombre de las flores para su casa con gran pena, pero a la vez ilusionado, porque la aguja pequeña del reloj, la de las horas, caminará sin descanso, durante un tiempo que se le hace  interminable, para al fin verla de nuevo, si no se disculpa con cualquier enfermedad o desgracia sobrevenida. Lo que ignora, es que ella, continuará la noche sin importarle mamá un carajo, ya que siendo mayor, a nadie tiene que dar cuenta y además, vive sola.
Reloj de arena, que cuando queda en la parte inferior me traslada a una playa del Caribe sin sombrilla.  Reloj de muerte en mataderos. A las ocho llega el encargado, a las ocho y media se inicia la matanza que llenará los mercados.  Reloj de muerte y sangre en el ruedo a las cinco y cuarto en punto. El  torero expira en la enfermería, fue una cornada limpia que le atravesó el corazón. Matanza de cazadores en los montes, en las llanuras, que a las nueve en punto se inicia el oteo, ni antes ni después, a las nueve, hora en que los animales salen del espeso bosque a comer.  Uno, dos, tres, mil pedazos de plomo y metralla, que los bichos  no saben de donde provienen, que los abatirán por el simple hecho y gracia de matar. Al herido que intente escapar, por no perder la costumbre, le echarán los perros entre grandes risas.
Reloj de misas; celebración a las 10 y a las 13,00 horas, que dice en el papel que el sacristán ha pegado en la gran puerta.  No se si van quedando sacristanes.  Conocí a uno que trabajaba en la iglesia del Cármen, se llamaba Lito, creo recordar.  A los niños, Lito no nos caía nada bien, cojeaba o caminaba doblado y nos miraba de una manera muy cabrona. En esa iglesia, un día encontré tirado en el suelo a un señor mayor. Avisé al cura en la sacristía, cuando llegó ya había muerto. Desde el púlpito, no me citó por el nombre, pero habló de un niño que lo había encontrado y que la muerte la tenemos en cualquier parte. Me ilusionó que se acordara de mi, hasta creo que me puse colorado y no se si la gente me miraba.
Hace años, las misas comenzaban muy temprano, seguramente para los obreros antes de entrar en la factoría.  Eso era lo que pensaba.  Luego me dijeron que los trabajadores "no estaban para misas". Más tarde me enteré, que las misas tempranas eran paras las beatas, que por lo regular, como las noches no las pasaba muy bien que digamos pensando en la muerte, tenían miedo a palmarla por falta de penicilina, se daban un  madrugón y era la manera de estar todo el día, en gracia de Dios. Luego continuaban las misas cada hora, porque había muchos sacerdotes.  La de una, para los señoritos que se levantaban muy tarde porque tenían "tete a tete"  los sábados, hasta las tantas de la madrugada. También lo decían las madres que éramos de misa de una, cuando tardábamos mucho en hacerle un recado porque, como siempre sucedía, nos entreteníamos con cualquier cosa, con el paso de un tórtola, una gaviota o el avión del acorazado "Cervantes". Reloj, no marques la horas, porque voy a enloquecer...., cantaba Lucho Gatica en la radio, Tomás Morado, en las verbenas.
Reloj de cuco, reloj de emigrantes llegados de Suiza del que le cuelgan unas largas cadenas del interior de su caja, caja que tiene una puertecita por lo que aparece en las horas, algo que parece un pájaro de plástico. El cuco es más grande, es el que pone los huevos en otros nidos para que le críen a su cría. Reloj pomposo de salón, siempre ocupando la esquina más visible, que se enteren los vecinos que buen dinero nos costó, eso es lo que piensa la mujer, no dice que le tocó en la herencia de una tía que jamás visitaban y a la que odiaban. Y allí, en la penumbra, dormita el tiempo sin pena ni gloria, colgándole un péndulo de filigrana en acero y debajo, gran sol de metal en el que hay escrito una C y una V en escritura romana, como las que hacíamos en clase en la libreta de caligrafía.
 Cada hora, sin fuerza, un martillo golpea una especie de caracol hecho con un alambre de hierro, haciéndolo sonar con un tono parecido al del general, que en la sala contigua, cuenta batallas a los nietos a golpe de tos y de cañón. Mi abuelito tenía un reloj de pared, que tocaba la una, las dos y las tres que escuchábamos en la radio de válvulas, no recuerdo si también, saltando a la cuerda.
Cuando caminaba a clase, bajaba la calle del Hospital porque, casi al lado de la tienda de Modesto y cerca también de la tienda del "Lorito", había un hombre que trabajaba al lado del cristal de la ventana, mirando hacia la calle.  Me paraba siempre frente a él, porque me llamaba mucho la atención, una especie de pequeño pismático que le había nacido en el ojo derecho. Lo miraba quieto y cuando el hombre notaba mi presencia, me saluda levantando el brazo y la cabeza.  Era entonces cuando aquel prismático negro me miraba y hasta me asustaba, pensando si en la distancia, era capaz de verme las orejas y saber, si las llevaba sucias o limpias.
A partir de ahí, mi máxima ilusión fue la de estudiar mucho y de mayor ser relojero, para que me naciera como a él, un pequeño prismático sobre el ojo y de ese modo tener cerca los aviones, los barcos al salir por la bocana de la Ría, Chamorro en día de fiesta pero, al poco supe, de  la poca paciencia que tengo, para colocar tanta ruedecita sin que se vayan a freír puñetas las demás,  amén de un enorme corte que me di en un dedo, un día que manipulaba la cuerda de un despertador.
Reloj elegante, que la gente mayor llevaba en el bolsillo del  chaleco y del que salía una cadena de acero o de metal que se ataba a uno de sus botones.  También en el bolsillo superior de la chaqueta, entonces la cadenilla, terminaba en la solapa como una insignia. Cuando mi abuelo tiraba de la enorme cadena del "Rosco" -la marca, creo-, aparecía por arte de magia en su mano, entonces, me sentaba a su lado para  enseñarme como se leían las horas.  En el colegio, teníamos un gran reloj de cartón,que la maestra iba girando con la mano, sabíamos de sobra que no tenía maquinaria. Como si fuésemos bobos.  Otros relojes al abrirse emitían un sonido de campanilla, el hombre miraba su esfera para decir; "Es hora de ir a echar la partida". Todos los días del año, a esa misma hora el hombre miraba el reloj y decía: "Es hora de ir a echar la partida". La esposa, pegada la oreja a la radio, escuchaba lo de siempre :  Y a continuación, para  ustedes, el capítulo 512 de la novela llevada a la radio "Ama Rosa".  Luego, sin apenas descanso, otra que  titulaban: "Matilde, Perico y Periquín".  
Camino sin reloj, porque no tengo ya horario que cumplir, ni cita a la que asistir. Estoy más que seguro, que esa máquina perfecta, no es un gran invento aunque mida la felicidad de un instante, aunque marque el desespero. "Qué tarde es y sin poner la comida al fuego"; " Llega usted muy temprano -dice el del banco-, no abrimos hasta las nueve. Vaya usted a tomar un café". Y el pobre hombre, sin un duro en el bolsillo, qué café quiere que tome. "¡Date prisa!, que el tren no espera ni un segundo". " ¿Hace mucho que comenzó la película?, unos veinte minutos. Gracias ".  "¿Tiene hora?. ¿Aún?. ¿Tan tarde?.
Decía mi gran abuelo, que un reloj de bolsillo le había salvado la vida, porque en él, había golpeado la bala que salió de una pistola. Hoy me parece aquello una gran mentira como cuando aseguraba, que en la cabeza tenía alojada una bala que no le habían podido extraer.  ¡Toca!, ¡toca! me decía, y yo, tocaba un pequeño bulto incrustado en el hueso occipital, que en verdad se movía de un lado a otro.
Si alguna ves nos encontramos de nuevo, espero me digas la verdad.
Es que la duda me puede.
Me pueden tantas y tantas dudas...


viernes, 12 de noviembre de 2010

LA CARTA OLVIDADA.







Para la gente, que hay mucha interesada por saber de donde vienen las personas y sobre todo las cosas, diré que mi madre fue la tierra y mi padre un árbol larguirucho y delgado al que llaman eucalipto. Un árbol más alto que los manzanos, los cerezos, el limonero de tía Elisa y ya no te quiero decir nada, si lo comparamos con una mata de fresas.  Lo malo de todo es que al contrario de otros árboles que perduran, que dan fruto aunque no tengan tanta estatura, a los que que miman; a mi padre lo cortaron con apenas cuatro años de vida, tanta era la necesidad de dinero, del  hombre dueño de todo, al que llaman Propietario. Al menos era lo que escuchaba.
Luego, nos cortaron en troncos y de allí a una fábrica en que nos convirtieron en pedacitos muy pequeños, si, del tamaño de una castaña.  A continuación pasamos a una gran olla que quemaba bastante para hacernos pasta y al final, aquí me encuentro en medio de compañeros a los que nos llaman "papel de carta", ordenados uno sobre los otros, en un pequeño estante de una hermosa escribanía que tiene un par de siglos , y sobre ella, después de correr una tapa, se escribe. 
Al atardecer, lo se porque el sol ya no es tan intenso como en otras ocasiones, el hombre mayor, que tiene unos enormes mostachos, ha tomado con mucha delicadeza uno de mis compañeros que deposita sobre la mesa.  Del bolsillo interior de su chaqueta ha tomado una pluma que le dicen de marfil, con muchos adornos dorados; le quita la tapa, apoya la mano sobre el papel y escribe: Amada mía... No continúa, estruja el papel y con rabia lo tira hacia un rincón de la gran sala. Toma otra cuartilla y desde la altura en que me encuentro, veo lo que escribe: Mi amada...  Tampoco le debe gustar, hace una bola con el papel que envía hacia el lugar que ocupa el anterior.  Ambos, al verse, se sonríen porque mientras no llegue una señora con la escoba, tienen tiempo y tiempo para contarse sus cosas.  Hay tanto que contar
El hombre de los grandes bigotes ha tomado otra cuartilla y escribe: Amada mía del alma... También la envía lejos de si.  Ha repetido lo mismo con varios compañeras mías y ahora, que he quedado sobre todas, me toma a mi con suavidad y con la misma suavidad me deja sobre el escritorio.  Primero, mira al techo un buen rato y a continuación, apoya sobre mi la pluma y escribe; Querida mía, perdona no te haya escrito con anterioridad, la enfermedad no me ha vencido aunque me ha tenido con mucha tos hasta hace poco..., -una lágrima cae sombre mi y se extiende mientras la voy absorviendo -y es que cuando se escribe con el corazón, los libros quedan anticuados.  Me gusta como escribe aunque, cada vez que pone el punto a la i o a la jota me clava el plumín, no es que lastime pero me produce una sensación rara que me pone muy nerviosa por eso, siempre estoy a sobresaltos, tengo que acostumbrarme.  También tengo que acostumbrarme a los acentos que no clavan pero hieren la piel.  El resto de las letras las llevo bien, sobre todo con el signo de interrogación, única manera de subirme a una montaña rusa e incluso hacer un looping. La ele minúscula me recuerda a mi padre porque el hombre la hace muy larga. La b, me hace soñar con el músico que hace sonar  el bombo a la llegada de los circos a la ciudad..
El hombre que de vez en cuando atusa el bigote, cuando termina su escritura, levanta más el brazo y lo deja caer para marcar el punto y final y ahora, si que me hace daño. Lo ha hecho con saña y por mucho punto y fianl que sea, vaya si duele. ¡Ah!, si pudiera hablar me iba oír.  Si se lo hicieran  a él...
Al cabo de una hora de manoseo sobre mi, me clava dos rasgos en una firma que llaman ilegible.  Me separa a un lado porque ha tomado de un estante un sobre blanco.  También los he visto con bordes negros, otros mayores y los hay tan grandes, que caben todas las cuartillas en su interior.
Qué bien huele el sobre.  El sobre me ha dicho que yo también huelo muy bien.
Y es que siendo un papel, por tanto, del género masculino, macho que le dicen; sin más me han convertido en carta, a todas luces femenino. ¡Ay!, que me va dar algo.
El hombre del inmenso bigote me dobla y me introduce en el sobre que ha escrito.  Lo cierra pasándole la lengua, casi me ahoga, menos mal que han quedado dos agujeros abiertos que no tienen goma y de ese modo puedo respirar bastante bien y hasta ver lo que sucede a mi alrededor.  Es que soy muy, muy chismosa, como casi todas las cartas que van de un lugar a otro, algunas sin sobre que tienen la misma validez, si quien la recoge es la persona interesada.
Dentro del sobre se está bien, tan bien, que si me dejaran para siempre, no me importaría.  El sobre que tiene mucho conocimiento, rompe mi manera de pensar, para decirme que algún día, no sabe cuando, nos separaremos de nuevo. Y yo que me estoy acostumbrando a las  charlas del sobre, porque de un vistazo lo ve todo y me lo cuenta... ¡Ay!, que me acaban de dar un buen porrazo. El sobre me dice que no ha sucedido nada, simplemente que el bigotes, ha pegado un sello sobre él, pero el puñetazo ha sido terrible.
He salido a la calle, el hombre nos pasea.  Veo de nuevo árboles, edificios y unos monstruos que caminan a gran velocidad.  Los hay de todas formas y colores y algunos, llevan los ojos encendidos como si fuesen enfadados. Que cosas tan raras a las que se suben las personas. Ese mundo debe de andar loco, con lo tranquila que estaba en casa de charloteo con las otras cuartillas y con los sobres.  Había unos de color marrón, que eran unos prepotentes, iban de listillos, eran muy suyos. Decían que eran sobres secretos, nunca me lo creí. Eran, unos botartates.
De repente alguien me traga.  Bajo por un lugar muy oscuro y al poco, caigo encima de otros sobres que, no te puedes imaginar la juerga que llevan, por culpa de dos sellos de distinta nacionalidad.  Se están peleando porque uno alega que los dólares tienen más valor que los euros y el de los euros todo lo contrario. Pasado el enfado, el montón de cartas va disminuyendo.  Poco a poco dejamos de estar aplastados sobre la gran mesa y sin motivo alguno a todas nos ponen de canto.  A gran velocidad vamos sobre un carril, el sobre dice que se está mareando tanto, que comienza a sudar motivo por el cual se le suelta el sello. La máquina entonces se detiene, no nos dan el último puñetazo como a las demás que les pintan rayas negras y un redondel también negro con una fecha. Le llaman, me parece, matasellos.  Pero no los matan, están jugando, sólo fue una bofetada que el sobre ni siente. A nosotros nos separan porque no llevamos el sello.
Pasamos a un nuevo cajón que tiene más sobres.  Uno de ellos, veterano por lo sucio que está, nos dice que hemos pasado a ser las desheredadas del servicio de Correos.  Dice, que somos pobres porque carecemos de sello o de dirección postal como a él  le sucede, que permaneceremos en ese lugar mucho, mucho tiempo. Debajo de mi, una carta llora, le habían dicho que conocería muchos países y ahora, no nos dejan viajar porque somos pobres, carecemos de un miserable sello porque quizás, el hombre que lo colocó, a la hora de pegarlo no lo hizo con saliva porque el gran bigote no le permitía acercarlo a la boca y lo que hizo, fue pasar ese montón de pelos sobre el pegamento de la estampilla. Seguramente alguno tenía mojado y por eso aguantó un trecho..
Un sobre cercano, que habla como un flautín, lo afirma, "no tenéis señales de pegamento en el sobre". Motivo por el cual ya no poderemos viajar. ¿Qué dirección hay en el sobre? pregunto a la carta cercana.
En el sobre está escrito:  A la atención de la Vida
                                      A la atención del agua, del sol, de las estrellas.
Pienso, que el hombre del mostacho no tenía a quien escribir, está tan solo, como ahora lo estamos el sobre y yo, en este cajón oscuro.

A la pequeña Inés mientras crece, mientras ríe, porque ahora al fondo, ya ve la luz de la vida.
Pequeñaja linda.

jueves, 11 de noviembre de 2010

EL PRECIO DE UNA BOFETADA.







Leo en un periódico, la petición de cárcel para una profesora. El motivo, dar una bofetada quizás merecida, al director del colegio en donde estudia el hijo de la buena señora.  Nada menos que le piden año y medio de cárcel.  Si le llega a dar un par de buenas ostias, la llevan a tierras en que todavía sigue existiendo la horca o el corte de manos.
Le imputan a la dama, nada más y nada menos que un delito de atentado a funcionario público. No sigo leyendo, la sangre ha comenzado a hervirme y hasta puedo descargar, lo que me quema por dentro, contra la jaula del canario que no tengo.
En toda la Península y fuera de ella, se reconocen como mártires, a todos aquellos que permanecieron luchando en una guerra sin sentido, y es que ninguna guerra la tiene. Es bien sabido que sólo unos pocos, querían esa guerra, el resto, de una lado, de otro; fueron simplemente arrastrados y tanto se cometieron barbaridades en un lado como en otro y vamos a dejarnos de historias.  Me alegra que los hagan mártires y si hace falta, los suban a los altares. Es una pena, que no concedan tal distinción, a unos trescientos alumnos de una colegio de esta ciudad, allá por los años cincuenta de nuestra era y digo de nuestra era, porque lo que sucedía en él, no sucedía ni en las batallas de la baja o alta Edad Media.
Y es que en ese lugar, los alumnos, sufrieron las mayores penalidades que se puedan dar, por culpa de unos seres que se hacían llamar profesores y lo que eran, no miento, unos desalmados, unos enfermos que en vez de estar internados para intentar su curación, campaban a sus anchas, admirados por unos, aplaudidos por los más mientras, al llegar a las clases, se convertían en bestias que descargaban en unos niños, el veneno que llevaban dentro. Sin razón alguna, que es necesario decir porque los palos dado con ira, nunca tienen sentido.
Un colegio de locos para niños sanos.  Toda una sinrazón a la hora de golpear con un palo en la punta de los dedos hasta que no los sentías -ahí aprendí a morderme las uñas y continué hasta los cuarenta años-, vareazos terribles en donde cuadrase.  Unas maderas nobles y duras, les servían para hacer aquellos palos calibrados a fin de que hiciesen daño en las costillas, en la espalda e incluso en el rostro.  Donde más en el culo, el culo les encantaba. Más de una vez, con el disimulo de colocarlo bien, para pegar, lo tocaban para a continuación, soltar una sarta de palos en medio de gritos terribles, gritos de orgasmo, ahora pienso.
Y ahora, porque la mano de una mujer que da un sopapo a un director -habría que calcular la calidad y dureza-, porque, si es bofetada, la ha tenido que dar con la mano abierta que no causa apenas dolor.  Pero no, el macho se queja y pide cárcel.  Espero que se lo haya pensado bien y frene la situación.
Lo nuestro era una dictadura y ahora, con menos violencia, mucha menos, se repite la situación. Seamos claros, Cuando cientos de personas en la vía pública, lanzan objetos contundentes contra funcionarios públicos que visten uniforme, el noventa por ciento de los paisanos se van de rositas y los que han podido capturar, los que también han roto escaparates y mobiliario público, al poco los sueltan, no vaya ser que cual o tal partido que los ampara, no firme los presupuestos generales.
Si a la buena señora le piden cárcel, ¿qué tendrían que pedir para aquellos que día tras día nos mazaban?. Hay una diferencia,que nuestros padres no se enteraban y el que se enteraba, con lo de "algo habréis hecho", finalizaba la conversación, si conversación se le podía llamar, mientras se atusaba los enormes mostachos.  He visto espaldas y culos de compañeros de todos los colores, mazados a más no poder, así estaba yo para no desentonar. ¿Tenía conocimiento el juzgado?, ¿se preocupan las fuerzas públicas?. Ni les importaba.
Uno de los veranos, teníamos cada dos días clase que duraba una hora o menos porque siempre llegaba tarde o muy tarde con el peor de los pegadores.  Algún compañero que no recuerdo, propuso hacer un listado e ir anotando al lado de cada uno, los palos que nos iba dando. Gané yo por rebelde, con alguna ventaja sobre el segundo y es que, el cuerpo estaba tan hecho a los palos, que había evolucionado lo mismo que evolucionaron las especies y ni sentía, ni penaba.  Creo recordar que pasaron de trescientos los palos que me dió en el trasero aquel mal nacido, durante un mínimo tiempo que nos tocó la puñeta.
Claro que la letra con sangre entra, lo afirmo, pero no son formas.  Me encontré también con profesores que con su buen hacer, con amabilidad me ganaron y de ese modo todo quedaba en el cerebro no en el cuerpo y unas ganas locas de no fallar a esa gente que tan bien se portaban, que depositaron en mi su confianza.
Jamás he pegado a un niño ni lo consideraron necesario.  La palabra tiene más fuerza que un palo, que unos gritos, que la locura momentanea o perpetua de la persona enseñante.
Tiene que ser joven el director; a los mayores no se abofetea, porque van cargados de sensatez y son capaces, de sonreír a la señora tras recibir su torta y decirle, como alguien dijo: "Sus manos, señora, no ofenden", aunque las llevase sucias,  aunque le doliera hasta el amanecer. Esa es la diferencia. Es que no me entra en la cabeza esa denuncia por mucho funcionario que sea y espero, que su abogado, consiga que todo ello termine con un abrazo.  Un abrazo y aseguro, que serán las personas más amigas que hay bajo las estrellas.
Cuando alguien mayor tras una pelea de críos, nos decía que nos diésemos la mano, claro que la dábamos, pero dentro perduraba el rencor. Cuando nos decían "daros un abrazo", que  se daba con golpeo en la espalda del contrario, aquello iba a misa en el sentido que le estamos dando a la frase, dado que los curas no tenían que bendecir tal abrazo que conseguía hacernos inseparables amigos.  Y hablando de curas, en los colegios, su sentido de paz, de amor de perdón lo dejaban colgado en la iglesia o a la entrada.  Se volvían hombres como aquellos que pegaban, poníamos una y otra mejilla y más pues,  eran  perdonados por su dios y era del todo lógico y justo, ya que perdonó a su hijo, cuando en el templo repartió latigazos a diestro y siniestro.
Y que una simple y leve bofetada pueda alterar el orden de la buena convivencia entre dos colegas. Lo siento, pero no me entra.
Me queda de aquel colegio, además de palos en el cuerpo, cerebro y alma, el recuerdo constante y cariñoso hacia un gran profesor, don José Leyra.  Lo estoy viendo el primer día de clase en el aula del laboratorio.  Es por la tarde, poco más de las tres y media y el hombre pasea de un lado al otro sin decir nada.  Los alumnos que no lo conocemos lo vamos siguiendo con la mirada, como en el tenis.  Al poco se para en el centro, serio dice: ¿Qué coño están mirando?. No sean memos.
Ay¡, aquel coño que con doce años, escuchamos en boca de un profesor. Esperábamos su clase como el labriego espera la lluvia porque, a cualquier pregunta que le hacíamos, tenía una respuesta enciclopédica, tanto era su saber. Y si no van a venir a clase, me avisan, que tampoco vengo. Estoy seguro que todos los que tuvimos la suerte de conocerlo, lo tenemos siempre presente.
Hoy, que nadie pega a nadie dentro del colegio...., no sigo, prefiero callar.  No sigo por este lado, que me canta un oído porque, todavía hay abusones; son los niños.  Los profesores callan y sufren.  Los términos invertidos.  Tampoco es justo. Director, que has sido elegido por los propios profesores y no por oposición, aprende a perdonar. En esta vida, a la larga, si no eres justo, todo se vuelve contra uno.  La mujer se equivocó, parece ser que tu también,  Un abrazo y daros la paz que dicen los otros. Daros un beso púdico a la vista del niño, dejaron de chorradas que no conducen a nada.
Y es que la vida, nunca está de acuerdo con la vida. Ni con las personas sean de la condición que sean. Y si me aprietan, ni de los gatos.

Os recuerdo, allá en donde estéis, viejos profesores y profesoras que me habéis comprendido. No era tan difícil, ¿verdad?. Es que la bondad, mueve el mundo.

domingo, 7 de noviembre de 2010

CONVIVENCIAS DE UNO Y OTRO LADO.


Ayer en Compostela, el color rojo ocultaba a los purpurados.  Ayer en Compostela la piedra de la catedral se puso un traje nuevo e incluso las campanas, dicen, sonaban como jamás lo habían hecho y el pícaro Daniel, en momento alguno dejó de sonreír a quienes alzaban el rostro, para admirar el pórtico más hermoso de todos los pórticos que puedan existir.  No se si el Papa dio los croques preceptivos sobre la cabeza del maestro Mateo.  No, no lo creo, sería rebajarse  a un nivel a todas luces inferior, ya que el buen señor que gobierna el Vaticano, tiene la condición desde el momento en que fue elegido por otros hombres, de la infalibilidad, vamos, que no puede equivocarse como tu o como yo; por tanto, el maestro artista, constructor, siempre quedará en el plano inferior, a la altura de los hombres que se agachan para golpear la cabeza contra la suya, en busca de un conocimiento que jamás le llegará por ese medio.  Con el esfuerzo, seguro que si.
Se quejaba en el avión que le traía sobre la poca fe de los españoles, semejaba la de los años treinta. Me da que nuestra historia no la conoce y que hemos pasado de ser corderos que para todo necesitábamos las bendiciones de la iglesia, a un estado laico y que cada cual, en libertad, escoja lo que quiere, lo que le conviene. Al menos ahora, ningún jefe de estado, de momento, camina baja palio. Al menos ahora, han dejado de ser tan poderosos, tan altivos. No mezclo a todos en el mismo saco.  Los hay generosos.
Los paisaniños, los peregrinos, lo recibieron mejor que se recibe a cualquier otro jefe de estado. Se quejaban únicamente, de que el auto pasase a gran velocidad ante las gentes que llevaban horas esperando ver a Su Santidad. Será que hay que cumplir un horario, eso a los paisanos les importa un bledo, sólo querían verlo y lo merecían. No ha sido culpable el hombre llegado de Roma, también lo sé, debería haberse informado antes, de la paciencia y buena voluntad que sobre si, llevan los gallegos.
Ayer en Compostela, las tribunas ocupadas por ropajes rojos, sobresalían del resto de los colores apagados que agrisaban la plaza del Obradoiro.
Hoy que camino en medio de abedules, castaños, plátanos, pinos enormes, y en medio de todo ello el vestido rojo de una mujer que no oculta ni puede con los ocres, carmines, amarillos, sienas que la rodean, porque esos, son los colores que el otoño va vistiendo a la naturaleza.
Me encanta el otoño, me trae recuerdos fantásticos que llevo archivados en mi mala cabeza y a los que dejo salir en ocasiones.
Siendo chaval, el profesor de literatura, nada amigo de nadie, nos puso como trabajo una redacción sobe el otoño. Redactar es un trabajo que se hable de lo que se hable no se me hacía difícil, la imaginación de un soñador puede llegar a cualquier parte e incluso, pasar fronteras sin necesidad de llevar pasaporte.
Al siguiente día, los compañeros van leyendo las suyas. Me toca hacerlo y cuando llego a la frase :" .. con sus puestas de sol,  pálidas como la sonrisa de un enfermo..."; el hombre casi grita que la repita otra vez; otra más y otra que leo ya medio asustado. Emocionado me dio la nota de un catorce, cuando la máxima era un diez. Así funcionaba aquella cabeza de la persona que día si, día también nos molía a palos.  Terminó la clase, fuimos abandonando el aula y al pasar a su altura me dio la lista de asistencia y notas para entregar al jefe de estudios. Mientras bajábamos la escalera, todo eran parabienes y golpes en el hombro de mis compañeros, es que había conseguido un catorce, inaudito. Llegados a la gran sala entrego la lista, que el jefe de estudios repasa.  De repente se echa a mi y me muele a palos.  Cansado de golpear, mirando al resto suficiente, pregona: - Ni tan siquiera sabe falsificar las notas-.
Aclarado el asunto, ni el más mínimo perdón salió de su boca, ¿cómo se iba rebajar ante un chaval?. Y así todos, todos los días.
Es época en que temprano tomo un tren que me dejará en cualquier punto mientras el convoy sigue hacia Oviedo.  Al bajar, siempre en un andén solitario, con un frío horrible porque el sol no ha salido, me obliga a caminar muy apurado.  Las estaciones suelen estar un tanto alejadas del pueblo, pueblo por el que paso de largo.  Tras las montañas el sol avergonzado asoma. Entro en un sendero que no tengo la menor idea de a donde me puede llevar, más no me importa, lo que me emociona es la luz del sol filtrándose entre los árboles y arbustos volviendo el ambiente del todo luminoso, los colores impresionantes, únicamente se echa de menos allí, los músicos de la catedral de Compostela, haciendo sonar sus instrumentos. No llegarán, jamás podrán llegar, son músicos que no pertenecen a este mundo, músicos para los elegidos y para los purpurados.
Hay un arzobispo que se sale, un arzobispo me me hubiera gustado conocer e incluso pertenecer a su iglesia y hablo del llamado Milingo, que por el África profunda camina impartiendo para muchos,  su equivocada doctrina. Pienso que con el tiempo, como siempre sucede, será la buena.
Milingo, en su día casado con una seguidora de la secta "moon", iglesia que se dice cristiana con mezcla budista que sacó a la luz un ingeniero surcoreano. El buen arzobispo también en sus ratos libres practica el exorcismo, senador que grabó un disco que presentó en el festival de San Remo, que luego se casó con una cuarentona surcoreana. No tardó mucho el papado en excomulgarlo. Lo mismo que me sucedió en Mallorca, allá por los años sesenta, cuando tenían el poder que tenían.  Quien gritó lo de excomunión, fue un cura con comportamiento excesivamente afeminado, sin saber el gran favor que me hacía ya que de ese modo, no participaba en sus anodinas enseñanzas.
Del mismo modo, digo y diré que he conocido y conozco, sacerdotes fantásticos.  Uno que no menciono, en una ocasión me llamó "ateo católico". Quizás tenga razón, al menos es una religión que prohibe matar, no está a favor del apedreamiento de mujeres, ni corta la mano a quien roba ni la lengua a quienes mienten y no los alaban. No conozco más bondades, pero tal como el mundo camina, me parecen suficientes.  Es que no quiero hablar de la pobreza del Vaticano y otros templos que le siguen. Al menos su jefe, no quería eso.  Ha venido el Papa, al que le han dicho la situación actual de España, lo que no le han dicho, es el precio de tanta propaganda, de tanto oropel.
El otoño añade los carmines más hermosos que se pueden dar a las vides un tiempo después de que se hayan vendimiado.  Al carmín se unen violetas, ocres, el verde esmeralda que poco a poco se va apagando, los cadmios y el rojo violeta que queda en pequeños racimos que no han cortado por las prisas de hacerlo antes de que lleguen las lluvias.  Es tan hermoso todo, que a mi juicio, la primavera no puede conseguirlo por mucho que muestre flores y más flores de todo tipo y condición.
Asocian a la primavera las edades de los jóvenes, es el nacimiento de la vida, otro año más.  Todo brota, todo revienta, hasta los riachuelos bajan generosos.  El otoño, por contra, es la vida que se va, la caída de las hojas, esquelas llenando páginas y páginas en los periódicos, siempre al lado de los "contactos", encuentros no se si en la tercer o cuarta fase, que más da, con tal de que la gente se encuentre de nuevo, todo es válido e incluso puede ser maravilloso. El caso es que haya encuentro.
Quien tenga la gran suerte de poder pasar un otoño en medio del campo, que luego me diga si es o no cierto lo que digo.  Los que por obligación permanecen en las aldeas, no pensarán de igual modo, pero yo, que he pasado a la lista de los no trabajadores, lista de vagos; afirmo que es lo mejor que me ha pasado.  Es que lo he vivido de niño con todas mis fuerzas y de mayor con toda la ilusión, que ha sido mucha.
El Papa ha dejado Compostela santificada, incluidas las prostitutas no importa la nacionalidad y a continuación, ha partido.  El que escribe, se santificará a si mismo cuando llegue a lo alto de los montes, en donde todo es silencio, en donde es raro que te encuentres con alguien.  Los montes en donde el odio, el engaño, la falsedad, no están presentes.
De ese modo me santifico.  Claro que al bajar, de nuevo mezclado con el resto que camina triste, sigo siendo uno más.
Y me alegra un montón, seguir siendo uno más, que no hace daño.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

DÍA DE DIFUNTOS.






Siendo niños, hacíamos apuestas sobre quien era capaz de permanecer más tiempo en el interior del cementerio de Canido, hoy ya desaparecido, para dar paso a un instituto. Era un buen cementerio, al menos, tenía unas vistas fabulosas, amén de ser muy soleado y cercano a las casas.
Esperábamos la noche, para luego, uno a uno ir accediendo a su interior, pasando entre los barrotes que formaban la verja. Había quien salía de inmediato pues unos a otros intentábamos asustarnos.  Otros caminábamos hasta una tumba sobre la cual había un gran barco de metal, quiero recordar que allí permanecía lo que quedaba de un almirante. Era mi hermano Jesús, el único que caminaba hasta que lo perdíamos de vista, porque había entrado en la gran oscuridad y al cabo de un buen rato aparecía de nuevo con las manos en los bolsillos, sonriendo ganador, como si caminase por medio de la calle Real.
Cuando un colegio que estaba encima del Cinema, pasó con ayuda de los alumnos todos sus enseres y mesas para el Ensanche, el pequeño "patio de recreo" se encontraba en muy malas condiciones.  Un día en él, aparecieron un pico y una pala "olvidados",  de ese modo, en medio de los juegos y tomando aquellas herramientas como un juego más, los alumnos, fuésememos allanando el suelo y de ese modo, una pelota, corriese más o menos, como lo hace en lo llano. Alguien se ensañó con el pico en un alarde de fuerza, que de repente en el solar, aparecieron gran cantidad de huesos, con los que durante unos días nos divertimos.  Alguien mandó ocultarlos de nuevo, quizás fuesen de animales. Quizás, siempre nos quedó la duda.
Leíamos a Espronceda. Desde niño me quedaron grabados aquellos versos que decían: Me gusta un cementerio, de muertos bien relleno, brotando sangre y cieno, que impidan respirar.  Y allá un sepulturero, de tétrica mirada, con mano despiadada, los cráneos machacar.  Luego continuaba con lo de las queridas tendidas en los lechos; pero eso, es otro cantar que ahora no viene a cuento.
Para mi, hay dos lugares fantásticos para cuando uno necesita poner el melón en orden, quiere pensar o recordar momentos, en medio de una gran paz. Una catedral semioscura y un cementerio brillante por la lluvia fina que va cayendo sobre las lápidas, sobre los infinitos ramos de flores, incluso las de plástico también se pueden contar. En el primero, sólo te puede sobresaltar el chirriar de los goznes de la gran puerta, cuando es empujada lentamente por una anciana sin apenas fuerza. En el segundo, lo único que puede alterarte la concentración, es el rodar de un plástico o una hoja seca que el viento empuja o juega con ella, vete tu a saber.
Hay personas que temen la  llegada de la muerte, que no quieren pisar un camposanto por el temor que le causa, aún sabiendo, que en ese lugar sólo quedan los recuerdos de personas buenas que allí descansan, las personas buenas, nada más.  Es que cuando alguien muere, por muy cabrón que fuese en vida, cuando la palma, de repente, dicen de él  "que bueno era", lo suben a los altares a cambio de una pequeña oración o gran oración dependiendo de la cantidad de sacerdotes que la digan. Por contra, los pobres, al campo de los olvidados sin que jamás les llegue un rezo, sin que jamás una flor los adorne. No importa, es que ya nada importa nada.
Si vais a Praga, pienso que la ciudad más hermosa de Europa junto con Venecia, después de dejar el río Moldava que es visita obligada al puente Carlos, se camina hacia la ciudad vieja sin prisas y una vez ahí, a la Ciudad Pequeña y hacia arriba se llega al barrio de Josefov, un antiguo barrio judío con seis sinagogas y muchos bares. El mayor misterio de esa zona es cómo han podido sepultarse 30.000 personas en un pequeño cementerio que ocupa un solar que hace esquina en la calle, tiene  una altura considerable al estar unos cadáveres sobre los otros. Está en el  lugar, que marca el centro exacto del barrio. Se puede visitar, quita el aliento ver esa cantidad enorme de lápidas, de piedra gastada y renegrida, arrumbadas las unas, inclinadas y apiladas  las otras, como peleando para buscar un lugar en el recuerdo.  Todas ellas, protegidas por un techo verde de robles y castaños.
La parte más triste de la historia, sin embargo, no está en el cementerio, sino en el Museo Estatal Judio que exhibe candelabros, estrellas de David que se pudieron recuperar después de los destrozos y saqueos sufridos por el barrio en la Segunda gran Guerra.
En la sinagoga de Pinlaos, figuran los nombres de casi 80.000 judíos asesinados durante el genocidio nazi; la mitad de ellos, ciudadanos de Praga.  En otro museo cercano, el horror de la guerra se puede ver en los dibujos hechos por los niños cuando se encontraban en el campo de concentración.
En Pisa, también camine bajo enormes cipreses, que daban sombra a un cementerio judio. Al entrar hice ademán de descubrirme, un hombre, con una sonrisa amable, me dijo que no lo hiciera y de ese modo caminé con mis pensamientos ya que alguna vez que otra, esa paz la necesito como el respirar. Coloqué más de una piedrecita sobe las frías losas para dejar constancia mi intención de algún día volver. Quién sabe.
Siento y me duele mucho, la muerte de cualquier persona conocida. También desconocida si en un momento dado, la caja mortuoria pasa ante mi.  Cuando se trata de un niño, que no ha tenido apenas tiempo de ver lo que tiene a su alrededor, me parece una gran putada. Es que no encuentro otra palabra para describir ese sentimiento. Un niño que llega a la vida, se le recibe con todo el cariño, todos se acostumbran a él y de repente, un cáncer o cualquier otra enfermedad, se lleva esa vida que aún no ha visto nada. Me parece una gran..., sí, lo que dije antes.
Hay un cementerio que conviene visitar, además del de Lisboa; me refiero al de París, en lo alto de una colina desde la cual se otean las mejores vistas de la ciudad.  Es un cementerio que ya existía en el Medievo. Sus castaños llenos de alondras; todo tipo de árboles y flores; no hay tristeza en su interior, tampoco melancolía, mejor parece una galería de arte al aire libre. Las figuras de los amantes Abelardo y Eloísa, no lejos Oscar Wilde, más allá Moliere, Balzac, Ingres, Delacroix, Corot e incluso la desventurada Edit Piaf.  También Chopín que reúne a todos en medio de la noche para continuar la juerga aunque algunos, bajo el gran olmo, prefieren la tertulia.
Hay una tumba muy visitada, la de Jim Morrison, lider del grupo The Doors quien estuvo en el cementerio poco antes de morir y quiso que le enterrasen en ese lugar. No tardó porque, las drogas, inventadas por el hombre y no por el diablo como se cree, lo dejaron en ese hermoso lugar. Me han contado que hay cámaras de vigilancia alrededor de la tumba, el motivo, que sus fans  ya se han llevado al menos, cuatro lápidas.
Y ahora, en este instante, me llega a la memoria, algo que en Ferrol va quedando olvidado pero que en un tiempo pasado, por lo hermoso que es, fue corriendo de boca en boca  o en clase los chavales copiándolo los unos de los otros. Conozco la historia pero sólo escribiré el principio de algo que comenzaba así:  Que te diré por último, esencia de mi vida, si te he dicho mil veces, que te quiero cual a Dios...Tras ello, una terrible historia, que un día me contó durante una clase de latín, un sobrino del autor de los versos, posteriormente musicados.
Alguien dirá que tengo mono de cementerios.  El cementerio en si no lo necesito, la tranquilidad, la paz que en ellos ser espira, me encanta y si alguno de vosotros, un día de esos que salen malos, que no dáis pié con bola, acercaros a un camposanto en las primeras horas de la mañana. Luego me contáis.
De momento es todo.  No tengáis prisa por entrar para siempre.  Fuera, hay días en que se está bastante bien, incluso sale el sol. Pienso que se está mucho mejor que entre esas altas murallas, pero no siempre.  No siempre.
Un día me tendrán que explicar para qué levantan esos imponentes muros alrededor de los cementerios.

BOFETADAS