jueves, 30 de diciembre de 2010

AHÍ OS QUEDAÍS





A punto de que el viejo 2010 se vaya definitivamente, grita al mundo, "ahí os quedáis" y pienso que acierta, creo que no tenemos solución.  Y es que venga quien venga, seguirán las mismas guerras o se inventarán otras con gran facilidad, todo consiste en disparar una primera bala, seguirán los mismos o parecidos gobernantes y aduladores, los mismos rostros cada vez más envejecidos -ni las mujeres se salvan-, los mismos encarecimientos de la vida, para de ese modo ir terminando con los que menos tienen y por no tener no tienen culpa de nada lo que sucede a su alrededor; en cuando a las obras, las finalizadas se volverán a "desfinalizar" por el gran negocio que supone y además, ahora se han dado cuenta de que no han metido el cable azul, echando como siempre la culpa al más indefenso, al peón.
El viejo 2010 se marcha contento.  Estaba hasta el gorro de tantos y tantos avatares ocurridos, desde chorradas escritas en multitud de revistas, películas que no hay por donde cogerlas hasta los grandes sufrimientos que suceden cuando nuestro planeta se remueve en su interior cabreado y así, como le ha tocado el turno a Haití, le seguirá tocando a otros lugares para a continuación, decir los periódicos que han muertos tantos cientos de personas, ¿quién contabiliza las que mueren en las guerras?, población y soldados.  El jefe no, es que el jefe, en retaguardia, jamás palma.
No haré balance de este anciano año que termina, quizás, digámoslo así, la balanza esté compensada y es que jamás se pueden colocar en el mismo plato, sentimientos y bienes materiales ya que el fiel, no los distingue, por eso, es mejor callar, dejar que todo siga como casi siempre, dejar de una vez que todo esto termine.
Mañana, el anciano nos deja a media noche.  Como siempre pasaré de unas uvas pues no creo en hechicerías y como siempre también, no permaneceré despierto para ver el cambio de año.  Ni estaré pendiente de la tele en que una orquesta toca mambos en medio del gran cotillón y a partir de la una de la madrugada, barra libre lo que permitirá a esas personas que caminan siempre serias y prepotentes, colocarse en la cabeza un cucurucho sujeto al mentón con una goma que le lastima, pero no importa y es que se ha dado cuenta que hay otra vida mejor, fuera de su triste oficina y hasta se animará, a soplar con ganas un matasuegras que apunta al pecho de una gran pero viciosilla dama que ríe con suficiencia a la vez que se insinua. También, aplaudirá chorradas sin sentido, que dice la niña de papá y de mamá ; también, con la cabeza, seguirá el ritmo que marca la orquesta aunque lo que tocan no le suene porque jamás lo ha escuchado y es que su cerebro, sólo conoce lo que estar sumergido en lo que dicte la  Bolsa.  En la oficina siniestra, está prohibida la música y hablar en voz alta. Y así continuará hasta coger la gran melopea que un día es un día. Los vecinos de mesa dirán "qué simpático está el señor", mientras que con aquellos que se cruzan por la calle, con una botella en la mano, son los asquerosos borrachos de siempre, aunque jamás se hayan visto.
Cambiemos de tercio. Tenemos la costumbre de manifestar, "otro años qué se nos va".  Si has nacido el 31 de diciembre, tienes toda la razón.  Aquellos que hayan nacido en julio, todavía les queda un tiempo.  No hay de qué, señoras.
Aquellas navidades de  hace muchos años, carecíamos de muchas cosas, las que teníamos si se estropeaban, en vez de arrojarlas a la basura, primero intentábamos arreglarla, se zurcían los calcetines, hasta creo que los codos de los jerseys, todo o casi pasaba de un hermano a otro, los libros de texto que al menos los míos quedaban impecables de un curso para otro.  Algunos, sin cortar las hojas que venían pegadas.  Ahora bien, el de Religión, no había por donde cogerlo.  Era el libro más delgado de todos y que después de salir de casa, cuando ya no te veían, se colocaba debajo del cinturón, tapado con el jersey y así caminabas libre.  De regreso a casa, la maniobra al revés, abrazando aquel libro contra el pecho porque de ese modo, daba la impresión -al menos a mi-, que era más grueso. Poco más tarde, conocí y practiqué los dos folios con los "apuntes" que se metían en el bolsillo del pantalón o la chaqueta.  Que antes, todo el mundo iba de traje, la chaqueta para hacer un poste de portería y el pantalón que por mucho que se planchara, a los cinco minutos estaba en forma de tubo cada pernera.  Aquellos años, tenían otro sabor por estas fechas, se vivía con unas ganas enormes e incluso seguíamos repartiendo el día como cuando había clase.  A las ocho de la mañana, dejábamos la ropa en el gimnasio del Insti; salimos para correr por Serantes, Serantellos, Balón, La Cabana, La Malata en donde buceábamos mejillones que cocinábamos sobre una lata, llegada al Insti.  A continuación, caminata por la vía del tren buscando hierro y metales, que se vendía en la chatarrería del Ensanche, dinero para dos funciones de cine y tabaco rubio. Al anochercer,  sobraba tiempo para charlar y jugar otro partidillo con otros amigos.  Y estos días de final de año, se disfrutaban como si fuesen los últimos.  Pena que la lluvia chafase algunos juegos, pero las conversaciones, largas charlas en cualquier portal, eran al menos muy interesantes porque nos enterábamos de la vida que a nuestro alrededor pasaba.
El día 31, todas las gentes, después de cenar, caminaban por la ciudad, entraban en las cafeterías llenas a más no poder y a pleno funcionamiento ya que era una día en que se podía hacer una buena caja.  Había que aguantar un par de borrachines, pero era lo de menos y al final de la barra, Su Señoría que iniciaba el noveno cubalibre, que está tan gracioso esta noche...
Adios, viejo 2010 que es como te han bautizado.
No se a donde van los años al morir, ni me interesa.  Quizás se arranquen de la pared y vayan directamente a una papelera, con algunos almanaques, algunas chicas de bien, hacen cuadros que enmarcan en la calle del Sol y que con el tiempo, a causa de las moscas se ponen perdidos, pero mientras duran, un Sorolla, un Juan Gris e incluso un Picasso, merecen la pena ser mostrados en la salita, en que la máquina de coser es dueña y señora.  Este año que se va, pienso que quedo en tablas, entre dos aguas, en medio de la alegría inmensa y la tristeza profunda, quizás pese un poco más lo segundo, siempre sucede.  Es por eso, que ese que está a punto de llegar, llegue al menos con cambios.  Comienza bien, haciéndose amigo de las eléctricas, del butano, de quienes gobiernan, de los poderosos y la madre que los parió  Ambiciosos a más no poder, sin corazón, que les importa un carajo quien puede o quien no puede pagarlo el caso es acaparar, acaparar y hasta el orondo banquero, se aprieta la barriga para reír con ganas porque, cada año que pasa, su arca sube y sube.  Lo que no sabe o no quiere saber, es que el arca quedará en este mundo y él se irá, como ahora se está yendo al año 2010.

Ojalá que el año que llega, sea más rico en sentimientos que en bienes materiales. Entonces si será un buen 2011.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

CALABOBOS






Día triste en que la lluvia fina se funde con el mar en el horizonte.  Lluvia de despedidas apuradas en el interior de cualquier portal porque fuera, te empapas. Lluvia que en los cristales de las ventana teje encajes de bolillos y en los caminos, se siente río que discurre apurado hasta quedar en la hueya que algún buey ha dejado cuando tiraba como siempre sucede, de un pesado carro. Lluvia de alegría para esas plantas que alguna vecina ha colocado en el patio porque recuerda las palabras de su madre cuando niña: -No hay agua mejor para las planta, que la lluvia-. Son cosas que no se olvidan, además, crecen con más alegría, como las de las monjas en los asilos y en los hospitales.
Los gallegos, por el mundo adelante, tenemos fama de tristones pero también de trabajadores e incluso, se nos quiere imitar en el habla, pero lo hacen tan mal, que en vez de sonreir hacia ese intento, al menos a mi me da una gran pena por las connotaciones que pueden llevar asociadas.  El gallego, tiene que ser y estar triste por culpa de las muchas zorrerías que le han hecho y de la perenne lluvia. que siempre, siempre le acompaña. Pero también baila si es que lleva unos vasos de tinto en el estómago o en el cerebro.  Es capaz de hacerlo alrededor de  una pota de caldo  si sabe que de ella comerán los caminantes que lo hacen hacia Compostela en medio de paisajes muy hermosos para que cada cual, a cada paso que da, se vaya inventando historias fantásticas en las que por lo regular, siempre está presente la Santa Compaña y las almas que penan camino de san Andrés de Teixido a donde se va de muerto si no se visitó cuando estaba vivo. Son tantas esas almas, van tan apretadas, que apenas pueden dar un paso cada diez minutos pero, una vez llegan al santo, en ese preciso instante, vuelan al más allá, a no se sabe donde que también está lleno de ánimas.  Las hay de dos tipos, las serias y estudiosas y las juerguistas.  Tanto unas como otras se acercan a los bosques porque el rocío les encanta, las serias, conducen a las otras almas hacia Teixido y sin que se enteren, les van dando consejos que han leído.  Las otras, las que toda la vida han sido unos jueguistas, siguen con lo suyo y sólo se dedican a levantar las faldas de las viejas para que se cabreen, a tirar al suelo los pitillos de los ceniceros e incluso a pellizcar a las vacas en las orejas, para que corren despavoridas por los campos ahora encharcados.
Es la lluvia quien nos hace tristes, porque viene de lejos, porque es continua.  Cuando la Tierra comenzó a girar hace millones de años, hizo falta agua para apagar aquella gran masa incandescente y ahí, ya estaba la lluvia gallega, que va cayendo mansa sin hacer daño alguno e incluso, según como ande el alma, también se agradece.
Hay otro tipo de lluvia, que al caer de golpe cuando nadie se lo espera, consigue desbordar los ríos y lo que es peor, obliga abrir las compuertas de los pantanos que al bajar las aguas locas, inunden como siempre, las casas de los humildes, día si día también sin que haya modo de evitarlo y hay lágrimas en los ojos de todos, incluso de los niños porque lo han perdido todo.  Es posible que el de la carpeta bajo el brazo, les pregunte si tienen al día el seguro de la vivienda y los pobres, que viven en un mísero  chabolo que han construído con sus manos, que han trabajado lo indecible para poder comprar cuatro sillas y dos camas, se mirarán sin entender nada y preguntarán al trajeado, ¿ y eso que es lo que es ?.
Con la lluvia gallega no sucede tal cosa y es que siempre se espera, todos los días se espera aunque en lo alto el sol caliente con ganas.  Mañana vamos a..., si no llueve, es lo que se dice porque conocemos, que de un momento a otro llegará por tanto, no nos coge desprevenidos.  Sí ha sucedido, que al abrir las compuertas de una presa, al pescador lo ha cogido desprevenido y ha tenido que salir nadando del río. A los dueños de las presas no se les puede decir nada, parece ser que tienen mucho mando y te cortan la electricidad si es que te pones tonto.
Hace años, llovía mucho más; casi el doble y si me apuran el triple; seguramente que tendrá la culpa el calentamiento global que todos hablamos de él pero maldita se sabe lo que es, si no, peguntarle al enteradillo de turno, veréis como se sale por peteneras. Cualquiera que hable del calentamiento, lo hace de forma diferente.  Incluso hay otros que son ciclos que se repiten cada tantos años, pero la lluvia, siempre la tenemos porque además, la necesitamos para el mainzo, las patatas y para que los caminos brillen con sus pequeños charcos que se van formando. Y las plantas, las flores, cuando unas gotas de lluvia se posan sobre sus pétalos o resbalan por las ramas, junto con las que hacen carreras por los cristales de las ventanas, es lo más fantástico que nos deja.
Pues hace años, muchos, menos mal que todos los portales de las viviendas permanecían abiertos y era bueno, porque las gentes tenían en donde abrigarse.  En Canido, había y hay una residencia que en sus tiempos pertenecía al Ejército de Tierra, actualmente no se quien es su propietario, las cosas cambian continuamente. Hoy, uno de sus portales permanece cerrado, pero en tiempo pasado era como nuestro casino,  portal amplio, por el que apenas circulaba gente;  nos sentábamos en las escaleras de mármol muy limpias,  fumábamos a escondidas de aquella gente que lo contaba a las madres, hablábamos de niñas, hacíamos planes, reíamos llenos de vida.  Cuando cansados de permanecer en ese lugar, dábamos la vuelta al edificio, saltábamos una ventana y aunque nosotros un magnífico billar español en el que jugábamos partida tras partida.  Cuando sonaban pasos acercándose, todo consistía en saltar de nuevo al exterior a la lluvia en busca de otro portal.  Eso si, cuando las personas subían o bajaban, nos levantábamos para dejarles el paso libre y jamás faltó un buenos  días o buenas tardes, que en educación estábamos puestos.
En cierta ocasión, un puñetero profesor me dijo que era un maleducado.  Aquello me cabreó, negué con la cabeza y le respondía que mis padres me educaban bien, que yo, en tal caso, era un mal aprendido.  La clase se rió porque lo necesitaba, no por la contestación y el tío, achicado, perdido, no se le ocurrió nada mejor que molerme a palos ya que supongo que su ego, había quedado a la altura del betún.
Cuantas veces he lavado la ropa y los zapatos en la playa de Copacabana, después de jugar un partido en Baterías, con el terreno muy enfangado.  El resto del equipo también. Tiritábamos dentro de cualquier portal esperando que aquello se secase y de ese modo, no se enterasen las madres.  Vaya si se enteraban.  No es que temiese al palo que no lo había, pero los responsos de una madre cabreada, son terribles a la vez que repetitivos. Todo consistía en poner cara de circunstancias, ponerte otra ropa que te daban, un beso rápido que nunca fallaba, un abrazo y a la calle de nuevo.
Pero hoy, que cae esta lluvia tan fina, calabobos que le dicen,  lluvia que empapa y no muy lejos, el astillero hoy triste y oscuro del que asoma entre brumas un enorme buque en construcción con su estómago, seguramente  lleno de obreros que trabajan porque las horas vuelan.
No muy lejos, unos neones verdes que se desplazan y encogen, señalan el lugar en que se encuentra la farmacia. Suelen poner en uno de sus escaparates un Nacimiento, que es horrible, pero como seguramente lo hacen con buena intención, hay que aguantar.  Luego lo retiran para colocar bastones y muletas.
Día hermoso para los caracoles que los vuelve locos, tanto, que incluso se arrastran sobre las carreteras en que los coches cruzan rápidos. Es mi trabajo cuando camino, recogerlos para echarlos sobre la hierba, no se si me lo agradecen o se cogen el monumental cabreo, por evitar que se suicidasen que era lo que pretendían.  No hay quien entienda a los caracoles.
Y hoy, mientras la horrible musiquilla de la lotería, cantada por unos niños que suena en todos los receptores, la evito con una buena música, un libro que me cuesta aprender y, iba a decir un cigarrillo pero eso,   han pasado más de cuatro años y aún lo sigo echando de menos.
Lluvia triste de cementerios y de barcos que enfilan la boca de la ría.

viernes, 17 de diciembre de 2010

UN SUCESO EN LA NAVIDAD.


Hojeando aburrido un libro, encontré entre sus páginas un texto que escribí hace tiempo y que hoy, a punto de entrar en la Navidad, te lo envío querida pequeñaja, con mis mejores deseos que no pueden ser otros, que muy pronto, salgas para siempre a la vida.

Dice así:

Es cierto, aquel día llovió oro pero no lo recuerdo.  Quien me lo contó es digno de toda confianza aunque, como todos los profetas que escriben sobre el tiempo pasado, algunas veces se pueden equivocar.  Me dijo, que amaneció el día con un cielo plomizo y que grandes nubes cruzaban de norte a sur, llevando el frío al pequeño pueblo de Belén en donde, algunos camelleros sentados en el suelo alrededor de una hoguera, discuten precios y cualidades de sus animales quienes, en otro rincón un tanto alejado, contaban las bondades o maldades de sus amos.  A eso, las personas les dicen que rumian.
Las gentes del pueblo, al igual que el resto de todo los días del año, en sus quehaceres.  El pescador al que le falta una pierna lanzando el sedal a un río cuyas aguas semejan papel de plata. Hay un pastor caído de espaldas sobre el musgo, que cubre la cabeza con un sombrero desconchado mira al cielo y no vigila a las ovejas que salteadas comen o se miran por la forma en que están dispuestas.  A la Blanca, debió de ser el lobo, le falta una pata y la otra la tiene de alambre, muy torcida.  Al fondo, se ve un castillo de color ocre.  En él, unos guardias más altos que la fortaleza montan guardia.  El de la derecha, el que está a punto de caerse lleva la lanza partida; es de suponer que poca defensa podrá hacer con ella.  Dentro del castillo vive el malvado Herodes, pero como en el fondo es un cobarde, no se asoma y es que tiene miedo.  En medio del campo de musgo, solitaria, una gallina picotea aquí y allá mientras avanza hacia el molino de aspas detenidas porque el molinero no es capaz de poner en el suelo la carga que el burro lleva y que es mucho más alto que él.  Muy próximo a la gallina que picotea aquí y allá y que avanza hacia el molino, un cerdo se ha caído y ha quedado con la barriga al sol y es que su gordura no le permite girarse por más que lo intenta.
De la montaña de cartón baja un sendero de arena fina, como si el desierto cercano la fuese depositando con mucho cuidado.  Es un sendero que va serpenteando entre palmeras de papel verde y por él, caminan personas y animales.  Todos caminan en el mismo sentido, como si llegasen de lugares lejanos, se nota por sus vestidos ahora descoloridos.  No así los tres Reyes que al fondo, sobre sus monturas de cristal y azabache llevan días siguiendo una estrella de papel que cuelga de lo alto, que no se mueve. No importa mucho porque al parecen y según cuentan, son Reyes Magos que llegan al Oriente desde diferentes partes mundo.
En el interior de un cobertizo destartalado, hecho con trozos de corcho y maderas viejas, una pareja. El hombre mucho mayor que la mujer que bien parece una niña.  Está tumbada sobre un poco de paja que su esposo ha conseguido reunir.  El hombre, con cariño y sumo cuidado, le seca esas gotitas de sudor que asoman en la frente, que semejan perlas por lo mucho que brillan.  Al poco, en silencio, ha traído un niño hermoso y llorón al mundo.
Sucede en ese instante, que en todo el pueblo comienza a llover muy suave, casi como una neblina, como una caricia y si, lo que llueve es oro.  Al poco, el oro lo cubre todo, los montes de cartón, el musgo, el río de papel de plata, las palmeras hechas de papel y hasta el cerdo que aún no ha logrado ponerse de pie.  Las gentes, ¡qué alegría!, van recogiendo el oro y guardándolo en sus casas por temor a que se lo roben unos ladrones que de vez en cuando aparecen por el pueblo. Recogen el oro y lo guardan en todos los lugares, hasta en el pozo que daba una agua muy rica, ahora está lleno de oro.  A medida que el metal dorado se va terminando de recoger, los rostros de los habitantes también cambian y ahora son huraños, desconfiados y es que la avaricia ha entrado en juego, el odio ha roto la armonía de las gentes.  Ahora es el caos.
En un momento dado, alguien señala el cobertizo cubierto de oro.  Sus moradores son pobres, pero han puesto toda su ilusión en el niño, su bien más preciado.
Descontrolados, asaltan la pobre morada, lo arrasan todo, han tirado por el suelo las escasa comida de la pareja, se pelean por el oro hasta la extenuación y uno de ellos, en su afán de subir a lo que se supone es el tejado, ciego por la codicia, pisa la mano del niño que gime. Lo husmean todo a fin de conseguir más riqueza, sin darse cuenta de que todo aquel oro ha comenzado a derretirse ante los ojos atónitos de los acaparadores; a convertirse en agua que discurre brillante hacia el río de papel de plata, regando el musgo, lavando las casas ahora blancas.
La conclusión es, que desde que se formó el mundo, las nubes del desierto o de cualquier otro lugar, el mejor bien que pueden dejar caer es el agua, más valiosa que las piedras preciosas.  Las nubes de arena en los desiertos, son otra cosa diferente, aunque tengan el color dorado.
Lo del oro, únicamente creo que sucede en los cuentos tal como me lo han contado, aunque me quedan tres dudas:  si es verdad que me lo ha manifestado un profeta; si ha sido un sueño que me ha sucedido o lo he visto en realidad.
Terrible duda.

Felices fiestas para ti Inés, para tus padres y familia entre la que incluyo a Melisa.  Que el año venidero no de los sustos que dio el que se termina.  Estoy seguro que todo saldrá bien.
Besos.

martes, 7 de diciembre de 2010

RAYOLA DE LUZ EN DICIEMBRE.






Fue ayer por la tarde, cuando acosado una vez más por esa  tristeza, que tantas veces se me clava  muy adentro, abandoné el ordenador para asomarme a la ventana,  También en la calle había tristeza, incluso  los colores de todos los paraguas era el negro y la lluvia perenne, que encharca las raices de los árboles, cuando no lo necesitan. Árboles vacíos de su manto de hojas, esqueletos de árboles que con sus ramas imploran a las alturas, les envíen la savia que tanto necesitan y también unas hojas que los abriguen.  Pero el invierno en Galicia, siempre se comporta de la misma manera y los árboles deberían conocerlo pero claro, miran  continuamente hacia los altaneros cipreses, y es cuando la melancolía les abruma, porque desconocen, que los cipreses, además de adornar el cementerio, lloran continuamente a los difuntos cuando la lluvia los empapa.
Una duda, una más me asalta y es que por más que lo intento, no logro resolverla; mi tristeza, ¿la producirá el invierno?  o será que ya estamos metidos en el para mi, mes más triste del año; mes de ausencias que ahora y no en Difuntos, se echan de menos y aunque los llamo y les hablo, como no están, hasta debo parecer idiota; no me importa que la gente me mire por ese comportamiento para mi bueno, para ellos ilógico; si es así, les puedes decir con qué alegría desempaquetábamos las figuritas del Belén o ese gran árbol que aparecía por la puerta que parecía tuviese patas, o la cena, todos juntos, todo risas y mimos para los niños; o aquellos días de Reyes en que acostado, permanecías con un ojo levemente abierto para ver un rey mago y al siguiente día, con chulería, poder decirle a los amigos: Hoy, he visto un Rey Mago, era Melchor, el del pelo blanco en las postales. Se formaría un corro a mi alrededor y ufano, prepotente les hablaría punto por punto como eran sus ropajes hilbanados con hilos de oro y plata, los botones enormes esmeraldas y en el gorro rojo, la una pluma de cisne dorado que sólo crece de vez en cuando en el polo norte e incluso, les hablaría largamente de las babuchas con toda la puntera puntiaguda que calzaban.  Lo que sucedió siempre y nunca lo dije, era que a la primera de cambio me quedaba dormido profundamente y los Reyes, podían incluso poner música que no me enteraba.
Ayer, asomado a la ventana, cuando la tristeza de todos los días me invadía, asomó entre las nubes, muy hermosa, una rayola de luz que lo iluminó todo durante unos instantes, pero el recuerdo de su  luz ,duró dentro de mi todo el día y puedo asegurar, que continúa permanente.  Luz que dio vida a la vida y era tan sólo, un rayo de luz en este otoño triste, bajo tanta lluvia.  Dicen que la alegría puede producir cambios de imágenes o situaciones, creo que me sucedió porque entonces, con el brillo de esa luz, sucedió algo fantástico.  Ante mi, las hojas volvían a los árboles como en primavera, la lluvia en principio recia, se fue haciendo miudiña, calabobos que poco a poco se retiraba.  Los pájaros trabajaban en sus nidos; hubo tal desconcierto, que los campos, de inmediato, se llenaron de margaritas, en los tejados de las casas también las había y tantas, que parecía una postal de Navidad, un gran día de nieve. En los caminos no, pues es bien sabido que no hay que pisarlas y a poca altura del suelo, las golondrinas hacían carreras interminables hacia sus nidos en donde las crías asomaban chillonas pidiendo un insencto y  en el cercano olivo, que nace libre, se posaron una pareja de tórtolas que no dejaban de mirarse y de juntar sus picos.
La rayola, sólo permaneció un instante, tiempo suficiente para llevarse mi tristeza, todo volvió a su anterior estado.  La lluvia, ahora muy fina para regarlo todo aparecía bella, tanto, que incluso fue capaz de cambiar aquellos paraguas oscuros, por unos de colores infinitos. No podía faltar el arcoiris, que asomó en la lejanía más grande que nunca.
Qué mala la tristeza.  Qué mala la ausencia, el adios, el hasta nunca que sucede a diario pero que cuando más duele es en estas fechas. Solamente, hay que estar dispuesto y esperar a que una hermosa rayola asome, para henchirte de felicidad  y es que  un simple, un único rayo que te regale el sol, puede hacer todo eso y más.  Y ayer, en medio de una gran tristeza,  la rayola que me iluminó, que me dio fuezas, que me separó de la apatía, no llegaba del sol, venía de la vida a dar vida que tanto se necesita.
Pero este mes, siempre para los que quedamos, será mes  de melancolía, terriblemente largo, sobre todo en medio de la lluvia constante y perpetua y que cuando arrecia, si faltan las personas que quieres, si ya ni tan siquiera asoma la rayola de luz  que tanto necesitas, te podrás convertir en la persona más desgraciada aunque no te falte de nada, aunque lo  tengas  todo.
Esta vez, cuando llegue la medianoche, no permaneceré con un ojo a medio abrir para ver al rey mago. Es que ya no me interesa.
Si, estaré pendiente de esa luz que me hace revivir, abandonar la casa, caminar por campos y caminos, siempre mirando a esa rayola porque, tan pronto esos nubarrones de plomo me la oculten, la incertidumbre volverá apoderarse de mi y de mi pobre conciencia.
Siempre he dicho que tengo el corazón gallego pero el alma mediterránea.  En Galicia la lluvia menuda y de tarde en tarde el sol que asoma tímino y me envía una rayola de vida.  En el Mediterráneo, porque también necesito la luz, el color, la vida.  Todo eso, me lo mostró ayer una rayola de luz en  esta querida tierra y a partir de entonces, camino sin pisar el suelo, me uno a la naturaleza cercana porque formo parte de ella y la quiero, la respeto, la abrazo, como igual hago con la rayola de luz y de vida que ayer asomó, que vino a mi, que me hizo sentir que no estaba solo, como tiempo llevo estándolo.
No quiero repasar lo escrito, ahí queda. Únicamente me he limitado a dar al teclado mientras el corazón dictaba las palabras que luego entraban en el cerebro, ahora iluminado por una hermosa rayola de luz, de perpetua  vida.

martes, 30 de noviembre de 2010

SE FUE COMO AVE VIAJERA






María, mi pequeña vecina, de cabellos rubios como esas coronaciones que llevan los ángeles y los santos, llama apurada a la puerta de mi casa. Abro, lo único que escucho son hipos y llanto. ¿Qué sucede María?.- Mi gato, mi gato-. Tira de mi sin pensar que mi ropa no es la más apropiada para ir de visita, pero me importa un rábano, lo que en estos momentos interesa es aclarar lo que le ocurre a mi amiga. En el ascensor me agacho, le cojo las manos, le pregunto: -¿Dime qué ha sucedido?.  María más hermosa que nunca, con esos grandes ojos llenos de dolor me señala no se a donde. Al fin, en la calle tira de mi, me obliga a seguirla y al doblar la esquina de un edificio, en la calle, no muy lejos de la acera, me señala un animal espaturrado.
No me atrevo a mirar aquel amasijo.  Si fuese capaz, hoy seguramente estaría operando a diestro y siniestro o extendiendo recetas, pero no, la visión de una simple gota de sangre se me hace del todo imposible y aunque los demás estén viendo una simple gotita roja, mi mente ve millones, como si en ella tuviese un microscopio.
Miro a María que ha cesado de hipar.  Acaricio su carita al tiempo que le pregunto: - ¿Es él?, ¿es tu gato?.  Silencio.  Al poco afirma. Claro que es su gato, el gato gris marengo que conocí, no era un gato de marca, era más bien un gato de palleiro o pajar.
Personas me cuentan, que por encima del gato pasaron las ruedas de un enorme camión que para jorobarla más,  llevaba un remolque acoplado.  Éramos pocos, parió la mamá de mi mamá.
María me habla de hacerle un entierro.  Mi mente me dice: - No se ocurra cogerlo, ni lo intentes que te caes redondo en medio de la calle- y no lo haré, aunque me den todo el oro del mundo.  No echo la mano a esos despojos, aunque estén a punto de colgarme  y es que su simple visión me pone malo. La niña me mira interrogante y yo que no puedo, que ni tan siquiera soy capaz de tocarle al rabo gris, que al parecer le ha quedado entero, aunque quien sabe como están las vértebras.
Un hombre que se dedica a la limpieza de la calle, bendito sea por siempre, se acerca a la niña para decirle que lo enterraremos.  Lo recoge con la pala ayudado por una escoba, una gran mancha en el pavimiento y ahora los tres, como si fuera un entierro de verdad, caminamos en silencio hacia un campo que no señalo para evitar problemas.  La niña con la frente alzada no se si reza o habla con lo que queda,  es que siempre se han entendido. Pienso mientras camino, que si del camión le han pasado siete ruedas por encima, no habrá forma de revivirlo.  Se entierra.  Con dos palos le hago una especie de cruz que entrego a  María que con suavidad clava en la hierba.
Me pide María, que le rece al gato, que ella no sabe y yo, gilipollas, allí me veo orándole un padrenuestro al minino, del todo ilógico pero en la vida hay que estar a la calor y al frío. Luego unas palabras con semblante serio porque era un buen amigo de la niña y por tanto, se lo merece: " Hoy, con el alma lastimada, llevamos a la tierra lo que la tierra nos dio. Nunca te olvidaremos gran gato que ahora tu alma vuela en busca de un descanso merecido...  María me coge la mano y me tira de ella, - Dile que lo quiero mucho- . Faltaría más; se lo digo y también le aconsejo que se acueste tempranito que en las alturas hace frío.  Amén.
Lo que me puede, es la cara  de dolor que tiene la otra persona que nos acompaña, como si no estuviese acostumbrado.
Me hubiera gustado darle algún dinero al enterrador pero bajé sin un céntimo, tal como estaba tanta era la prisa de la niña.  Como lo conozco, otro día tomaremos un café, le agradeceré con todas mis fuerzas, la ayuda que me prestó.
Se que María está sufriendo como si hubiese perdido a un familiar y la comprendo.  Si hace años, algún coche termina con la vida de una gallina que crié con todo el amor y que era mi amiga, no se lo que hubiese pasado, hubiese como María, ser la persona más infeliz de este mundo.
Caminamos hacia casa.  La niña de vez en cuando gira la cabeza hacia el lugar en que el gato "descansa".  También de vez en cuando suspira y me aprieta la mano.  Luego me pide que se lo cuente a sus padres.  Claro que lo haré.
- María, ¿quieres que te compre un gato?, ¿quieres que te robe uno?, mientras le sonrío con picardía.  Abre sus enormes ojos para decirme que de momento no, que está muy "compungida".  No te joroba, una cría de apenas cinco años y ya sabe como colocar en la oración  el adjetivo.   Los críos no dejan de admirarme, por eso me encanta estar con ellos.  Antes, los engañaba facilmente contándoles mis "batallas".  Hoy leches, en medio de la narración son capaces de preguntar que les señale en un mapa, longitud y latitud a la que está el pecio y como no se lo expliques debidamente, apañados vamos. Quizás al final, la televisión, puede enseñar, pero tengo dudas. Quizás la 2, es lo que dicen.
En soledad,  pienso en lo inútil que soy ante un poco de sangre. He presenciado autopsias por razón de trabajo, pero al no haber sangre, me suponía la misma sensación, que la que me produce la visión de una carnicería llena de animales colgando.
Estudiaba hace años en un colegio situado encima del cine Cinema. Al salir o escapar de clase -no recuerdo-, en el cruce con la calle del Sol, ante mi, un hombre que subía en motocicleta colisionó contra un camión.  Vi al hombre tendido en el suelo y un gran charco de sangre a su lado, o al menos me lo pareció. No fui capaz de acercarme por si podía ayudar. Salí corriendo hacia la Plaza de Armas gritando, pidiendo ayuda.  No se si acudió gente, gritar grité con todas mis fuerzas enseñando el lugar, ni quise mirar desde lejos, subí hacia casa por otra calle paralela, temblando.
Mañana, cuando a María le haya pasado un poco la pena, le preguntaré si quiere que le compre un gato marengo, no de marca, si de palleiro o pajar que viene siendo lo mismo, como el que tuvo y al que le contaba historias y secretos que al parecer, el micifuz entendía.
Entre nosotros y ahora que no nos escucha.  El gato estaba atontado por tanto mimo, por tanto echar siestas en los brazos de María, por tanto rollo que le escuchó y eso a mi parecer, fue la causa que cuando se vio libre y salió a la calle por donde las gentes caminan, no estando acostumbrado;  le echó sin saber, un pulso al camión seguramente porque se lo vio hacer en la tele a la Hormiga Atómica.  Por eso, se colocó ante las ruedas del enorme trailer y palmó por idiota.
Siete ruedas que le pasaron por encima.  Siete vidas, una por cada rueda.  Si llega a ser un motocarro, un susto y a continuar probando mezclas de verduras, que la niña le daba, mezcladas con zanahoria, todo en crudo, tal como se recogen en la huerta.  No hay gato que lo aguante.
Pobre gato.  Está en la gloria.
Y yo también.  

A todos lo gatos muertos en acto de servicio o con ocasión de él.

domingo, 28 de noviembre de 2010

EL FARAÓN DYOSER Y EL NILO.






Hace años, viajaba en tren con destino a Cádiz. En el departamento, iba un matrimonio que supe era egipcio, a los que acompañaba un niño muy bien educado. El tren, es cierto que cansa el cuerpo  de los que viajan y no tardó mucho el niño, en echarse sobre el padre, al tiempo que le decía que le contase un cuento. Por deferencia a mi, el padre comenzó a contárselo en un castellano bastante claro. Puse atención, no perdí palabra. El rosto del hombre al hablar se iban transformando a medida que hablaba. Era fantástico escucharle con aquella voz pausada, algo bronca, que parecía que le salía de la barriga.
Egipto -comenzó diciendo-, había caído en desgracia, ya que hacía siete años que la crecida del Nilo era insuficiente, lo que motivaba que no hubiese agua para regar las tierras y las reservas de los graneros, que hasta ahora habían permitido que el pueblo se alimentase, se estaban quedando vacías.
Los meses pasaban y la preocupación del faraón aumentaba.  Su pueblo no tenía apenas con que alimentarse; los campesinos observaban con tristeza los campos secos, los niños lloraban y los ancianos se debilitaban e incluso, los templos se cerraban porque no había ofrendas para los dioses.
El Nilo se negaba a fecundar la tierra de Egipto.  Por eso el faraón Dyoser, decidió pedir ayuda a su amigo y primer ministro Imhotep, famoso arquitecto, mago, médico y astrólogo.
-Nuestro país está sufriendo una grave situación -dijo el rey  al arquitecto, mago, medico, astrólogo-. Si no encontramos una solución, moriremos de hambre.  Hay que darse prisa y descubrir donde nace el río Nilo para saber  qué poder divino responsable de que suban las aguas.
Imhotep se marchó a Heliópolis, donde se encontraba el gran templo de Thot, dios de la sabiduría y protector de los escribas.  Buscó entre los libros sagrados y documentos más antiguos, que hablaran de la crecida del Nilo y volvió al palacio para informar al faraón Dyoser.
-Eres el primer faraón que se interesa por los secretos de los caudales del Nilo -comentó Imhotep mientras desenrollaba un montón de papiros y prosiguió- : Los textos indican que al sur de Egipto se encuentra la isla Elefantina.  Allí apareció la luz divina cuando decidió dar vida a todos los seres.  El Nilo nace en ese lugar, en dos cavernas de donde manan todas las riquezas de la tierra.  Cuando lo desea, el Nilo fertiliza sus orillas.
-¿Quién vigila las cavernas?, -preguntó el ansioso faraón.
-El dios Jnum, que modela en su torno de alfarero a todos los seres. Se encuentra en Elefantina y retiene bajo sus sandalias el caudal del río.  Mientras no las levante no habrá crecida. Jnum es quien dispone las tierras fértiles del Alto y Bajo Egipto, que hace crecer el trigo, quien hace posible la producción de piedra en las canteras para elevar y construir los templos.  Gracias a él, prosperan los animales y las plantas.
Para conseguir que jnum liberara la crecida del río, el faraón Dyoser tuvo que ir a la isla Elefantina en busca de una paleta de escriba y una cuerda de agrimensor para medir los campos.  El faraón imploró los favores del dios pidiéndole la salvación de su pueblo.  Pero, sus plegarias no fueron atendidas. Sin embargo, decidió quedarse en la isla Elefantina luchando hasta el final, aunque le costara la vida.
Dyoser, vencido por el cansancio, se quedó dormido.  En sus sueños se le apareció el dios Jnum.  El rey alzó las manos en señal de respeto, el dios le habló:
- Soy Jnum, el dios creador. Dame un abrazo para que mi magia te proteja. ¿Qué te sucede, faraón Dyoser?. ¿ Por qué me llamas con tanta insistencia ?.
-Estoy preocupado por mi país y mi pueblo-.
¡ Tienes motivos para estarlo !. Te he dado numerosos materiales para que edifiques templos y construyas estatuas a los dioses y tu, no lo has hecho. Tienes que restaurar los monumentos antiguos y construir otros nuevos.  El pueblo de Egipto debe adorar a sus dioses y el faraón dar ejemplo.  Ahora, ya sabes los motivos de mi enfado.
Jnum, señor del Nilo y de la fecundidad de las tierras de Egipto, vigilaba las dos grutas que se encontraban en el santuario secreto del templo de Jnum en la isla.  De allí, procedían las fuentes del Nilo.  Una puerta impedía a los humanos el acceso para evitar que descrubrieran el secreto e hiciesn mal uso de él.
-Por tí, que eres el servidor de los dioses y de tu pueblo, abriré esta puerta dejando circular el caudal del Nilo.  Regará sus orillas y sus campos se fertilizarán.  Egipto prosperará - dijo Jnum y cogiendo de la mano a Dyoser lo llevó a lo más hondo de las dos grutas, donde el Nilo dormitaba con forma de serpiente bajo sus sandalias.
-Mi maestro de obras Imhotep edificará tu templo en la isla del origen del mundo y tu santuario guardará para siempre el secreto de la crecida del Nilo -, añadió el faraón.
Jnum levantó sus sandalias.
La serpiente se convirtió en un joven fuerte con la cabeza cubierta de cañas que emergió del agua estancada transformándola en caudalosa riada.
Cuando Dyoser despertó, observó que el caudal del Nilo fluía con fuerza.  A sus pies estaba la tabla que escribía con un texto grabado, una plegaria al dios Jnum que nunca debería olvidarse.
Ese mismo día ordenó se iniciaran las obras de construcción de un templo dedicado a Junum.  En sus muros se escribiría en jeroglíficos la plegaria para que cada año, subieran las aguas del Nilo regando los campos, procurando prosperidad al pueblo egipcio.
El niño, hace un buen rato que se ha dormido. Miro al hombre, le sonrío como forma de agradecimiento. 
El tren ahora, corre veloz entre los campos de Castilla.  A los lejos, un hombre con una azada al hombro camina.
Los cristales del departamento, me dicen el frío que hace en el exterior.
El tren que ahora bufa, de vez en cuando, como para despertar a los viajeros y vean el mar de trigo por el que  navega, silba.

Para la pequeñaja Inés, mientras crece, mientras espera.

sábado, 20 de noviembre de 2010

CUENTO DE UN AMIGO RUSO.






Un día, navegando por uno de esos mares, avistamos una balsa.  Nos fuimos acercando y en su interior un ruso que no paraba de cantar. Los mofletes colorados, ojillos muy vivaces que nunca estaban quietos y una barba parecida o yo diría que igual, que la que llevaba el aduanero pintor Henri Rousseau. Una vez en el barco se hizo muy amigo mío y entre tragos y tragos de vodka, cuando la nariz se le ponía coloradita, me contaba historias de su pueblo, de la gente, de su modo de vida.  Un día le dije, ¿os contáis cuentos cuando hace frío?. En Rusia, siempre hace frío y claro que nos contamos cuentos.  Cuéntame uno- le digo-, sonríe , tose unas cuantas veces, otro trago de alcohol, dice:
Érase que se era, un acreditado comerciante que poseía grandes riquezas y que vivía con su bella mujer. Sin embargo, el matrimonio no era feliz porque no tenía hijos, hijos que deseaban fervientemente y por ello, pedían a Dios todos los días que les concediese la gracia de tener un hijo que los hiciese muy dichosos, los sostuviera en la vejez, heredase sus bienes y rezase por sus almas una vez muertos.
Para agradar a Dios ayudaban a los pobres y desvalidos dándoles limosnas, comida y albergue. Idearon construír un gran puente a través de la laguna pantanosa, para que todas las gentes no diesen tanto rodeo. El puente que costó mucho dinero pero se hizo.
Una vez terminado dijo a su mayordomo Fedor: Ves a sentarte debajo del puente y escucha lo que la gente dice de mi.
Así lo hizo. Primero pasaron dos mujeres que sólo hablaban de la carestía del mercado. Luego dos jóvenes discutiendo sobre que marca de bicicleta es mejor. Al rato,  tres ancianos que decían: ¿Con qué compensaríamos al hombre que mandó construir este puente?.  Le daremos un hijo que tenga la virtud de que, todo lo que diga se cumpla y todo lo que pida a Dios le sea concedido.
El mayordomo regresó a casa. El comerciante pregunta:   ¿Qué dice la gente Fedor?. -Dicen cosas muy diversas: Según unos, has hecho una obra de caridad.  Otros dicen que es una vanagloria.
Aquel año, la mujer del comerciante dio a luz.  El mayordomo envidioso de la felicidad ajena y deseoso de hacer mal a su amo, aquella noche, cuando todos dormían, cogió una paloma, la mató, manchó de sangre la cama, los brazos y rostro de la madre, robó al  niño, que dejó para que lo criase una mujer de un pueblo lejano.
Cuando despertaron los padres y no lo hallaron, el astuto mayordomo, señaló a la madre como culpable de la desaparición.
¡Se lo ha comido su misma madre- dijo-, señalando los brazos y boca manchados de sangre.
Encolerizado el comerciante, hizo encarcelar a su esposa. Transcurren los años, el niño crece y Fedor se despide del comerciante yéndose a vivir a un pueblo a la orilla del mar y con él, llevó al niño.
Aprovechandose de su don divino le decía: Di que quieres esto, di que quieres lo de más allá.
Apenas el niño pronunciaba su deseo se realizaba al instante.  Un día dijo al niño: Di que aparezca aquí un nuevo reino y que desde esta casa hasta el palacio del zar, se forme un puente sobre el mar de cristal de roca y que ha hija del zar se case conmigo. El niño pidió y al instante se extendió el maravilloso puente, aparecieron suntuosos palacios de mármol, innumerables iglesias y altos castillos para el zar y su familia. Cuando el zar se levanta pregunta, ¿quién construyó esta maravilla?.  Los cortesanos dijeron que había sido Fedor.  Si Fedor es tan hábil, le daré por esposa a mi hija.
Se hicieron los preparativos, a continuación una gran boda. Fedor vivía en palacio del zar, comenzó a tratar mal al niño, lo hizo criado suyo, le reñia y pegaba continuamente, dejándolo a veces sin comer.
Un día la mujer preguntó a Fedor cual era la causa de su don maravilloso si antes sólo eras un pobre mayordomo. Fedor le dice que lo ha conseguido por el niño que ahora llora en el ricón de la habitación, niño que robé a su padre, mi antiguo amo.
Cuéntame como- dice la mujer -, el mayordomo se lo cuenta con pelos y señales:  Estaba yo de mayordomo en casa de un rico comerciante al que Dios había prometido que tendría un hijo de tal virtud, que todo lo que dijera se realizaría y todo lo que pidiese a Dios le sería dado. Por eso, apenas nació el niño se lo robé.
El niño, tras haber oído estas palabras, salió de su escondite y dijo al malvado Fedor: -¡Bribón!, por mi súplica y por voluntad de Dios, transfórmate en perro-.
Apenas pronunció estas palabras, el mayordomo Fedor se transformó en perro.  El niño, le ató al cuello una cadena de hierro y con él, se fue a casa de su padre. Una vez allí, sin decir al comerciante que era su hijo le pidió unas brasas del fuego que ardía. ¿Para qué las necesitas?.- Porque tengo que dar de comer al perro-.
-¿Qué dices niño?. ¿Dónde has visto tu que los perros coman brasas ardientes?.
¿Y donde puedes ver tu que una madre se pueda comer a su hijo?.  Padre, que soy tu hijo y que este perro es tu infame mayordomo Fedor, que me robó de tu casa y acusó falsamente a mi madre.
El comerciante quiso conocer todos los detalles y una vez seguro de la inocencia de su mujer, hizo que la pusieran en libertad.  Luego se fueron todos a vivir al nuevo reino que había aparecido a la orilla del mar y en donde el sol brillaba todo el día, por deseo del niño.
La hija del zar volvió con sus padres y el mayordomo, al que ningún herrero consiguió quitarle la cadena que lleva al cuello, sigue como un perro de un lado a otro, sin que nadie le quiera.
Cuando termina de contar el cuento, los ojos de mi amigo Ivan que así se llama, estaban llenos de lágrimas. Le digo: -Pero Iván, si solamente es un cuento,  Bonito si es pero no tan triste como para hacernos llorar.
El hombre se desconsuela más cada vez que le hablo.  Otro trago de vodka, otro más y al poco, se queda dormido sobre la mesa.
Lo dejo, me voy a mirar la mar que ahora está más bella que nunca; un poco enfadada si, pero es que tiene tantos colores..., no me extraña, es domingo. Estamos unicamente ella y nosostros, la tierra queda tan lejana que ni se ve.  De vez en cuando a lo lejos un par de ballenas nos cruzan pero no me contestan al saludo, quizás no me hayan visto.
Al anochecer despierto a mi amigo Ivan. Alza la cabeza, me mira, se frota los ojos, suspira.
¿Por qué llorabas?- le pregunto-.
Se cerciona que estamos solos y me dice en voz baja:  Yo soy Fedor, el mayordomo malo.
¡ Imposible !, le digo.  Si era un perro, como es que ahora te has convertido en persona.
Un día, arrastrando aquella terrible cadena llegué al pueblo  hermoso que está al lado de la playa, en otros tiempos mío por voluntad de un niño.  Esperé paciente días y noches en la puerta del palacio en que vivía el comerciante, su esposa y el hijo.  Busqué el lugar de la lluvia perpetua que llena los pozos y los ríos y allí permanecí mojándome mes tras mes. Dejé de comer, estaba tan delgado que un día, el hijo del comerciante, al que había hecho tanto daño, me vió en tal mal estado que me arrancó la pesada cadena, me curó las heridas, me dió de comer y beber durante unos dos meses al cabo de los cuales, me introdujo en una balsa de goma con techo y una luz en todo lo alto, la llenó de comida y vodka y me echó al río.  El río me condujo a la desembocadura y luego al mar.  Ahi estuve muchos días, no se cuantos hasta que vuestro barco me encontró.
¿Y ahora que harás?.
-Si me llevas contigo seré tu mayordomo-
Si, te llevo, pero no busques poderes, que carezco de ellos.
Hoy en día, Fedor, no es mi mayordomo.  Un hombre debe valerse por si solo sin que nadie tenga que vestirlo, calzarlo, bañarlo, peinarlo... Fedor es mi amigo, un amigo que me cuentas hermosos cuentos, que apenas come pero que bebe vodka constantemente. Jamás lo he visto borracho.
Y lo bueno de todo, los niños le quieren. ¡Claro!.  Como sabe tantos cuentos...

Para Inés, una pequeña amiga, mientras crece, mientras busca su lugar en el mundo.

martes, 16 de noviembre de 2010

MAMÁ, CUÉNTAME UN CUENTO.



El hombre de larga barba blanca y gran  bigote de emperador polaco, vive solo en la casa de madera rodeada por unos hermosos,  pero a la vez abandonados jardines que ahora, ya entrados en la primavera, muestran sus infinitas maravillas en plena floración, llenando el ambiente de un perfume que no empalaga, imposible de descifrar.  Las rosas rojas, blancas, amarillas, siempre pegadas a la pared de la vivienda para que el viento del norte, no las azote y haga caer sus pétalos al suelo.  Delante de la puerta principal una fuente de mármol y en el centro, en todo lo alto, subido a ese gran pedestal de granito, la figura de un ganso que abre las alas y constantemente, echa agua por su boca para mojar las espaldas de las muchas ranas que tranquilas, toman el sol.
La parte trasera de la casa, está llena de árboles frutales que poco a poco se van secando, que dan unos frutos marrones porque, los humos de una fábrica de electricidad cercana, así lo quiere. El hombre, cansado de protestar sin que le hagan caso alguno, ha dado la guerra por perdida. Le llaman viejo chiflado.
Y el hombre de barba blanca y gran bigote de emperador polaco se aburre.  Se aburre mucho, porque la soledad, no es buena compañera y siempre  viene cargada de tristeza. Tiene envidia de lo que sucede en la laguna cercana,  en que patos, cormoranes, flamencos, cernícalos y más, siendo de distintas comunidades como los negros, blancos, chinos; viven todos juntos; ni se molestan, siempre contentos, a todas horas cantando.
De vez en cuando el hombre, al sentir el ruido que produce la moto del cartero, se asoma a la puerta en espera de noticias que sabe, nunca llegarán.  Como siempre, el cartero pasa de largo con la cabeza alzada, prepotente porque hoy va de gorra nueva,  sin inmutarse, sin tan siquiera desearle los buenos días. El hombre lo sigue con  la mirada húmeda, hasta que se pierde en un recodo del camino, allá en la lejanía.
Entonces el hombre se sienta cerca de la fuente en una silla de mimbre y es que el sol, comienza a calentar.  All lado del agua, se está muy fresco y el murmullo del agua que le regala el ganso, lo adormece.  No muy lejos el gato gris marengo, al que llama  "Camarón"; primero alza la cabeza para luego, lentamente, ir acercandose, temeroso de que le riña porque no lo ha visto en toda la noche ni durante la mañana.  No sabe que los gatos siempre tienen reuniones o caminan por los tejados al sol, en busca de cualquier ratoncillo.  Eso dicen los muy mentirosos. La verdad, es que siempre están buscando novia.
Al llegar a la altura del amo, da un gran salto que asusta al hombre pero, al final, suavemente queda en su regazo. Es entonces cuando le llegan las caricias que tanto le gustan y por eso, estira completamente la cola, como cuando se pelea con los perros. El hombre suspira : " Camarón, Camarón, que solos estamos". El gato lo mira como si entendiese, mientras agacha la cabeza porque tiene sueño.
Y es que los hijos han marchado hace algunos años en busca de trabajo a la gran capital. No estaban animados y les faltaba decisión para trabajar la tierra, arar los interminables campos, podar los árboles y en septiembre la vendimia.  Ahora, operarios en una gran fábrica, no quieren saber nada de la casa grande, ni del que en la casa vive.
Un día el hombre mayor, el de la barba blanca, tiene sed por la noche; se levanta, camina al frigorífico y al abrirlo, su luz, le permite ver un ratoncito blanco, muy blanco, como si fuese de juguete que rápidamente escapa y entra en un agujero de la pared.
-Bueno -piensa el hombre-, ya no estamos tan solos en la casa.-
También piensa en Camarón, el gato, enemigo perpetuo de los ratones. Habrá que decirle que se comporte.
A la siguiente noche, el hombre acude de nuevo al frigorífico. Abre la puerta y allí está el ratoncito blanco, sentado, mirándole.
El hombre toma un trozo de queso que desmigaja, se lo echa con cuidado y el ratón que se las sabe todas, creyendo que es una trampa, escapa a gran velocidad.
Cuando el hombre baja por la mañana a la cocina, el queso ha desaparecido. Entonces, el anciano, sonríe.
Y de ese modo, todos los días le va dejando comida hasta que el pequeño roedor va tomando confianza y como quien no quiere la cosa, una noche, pregunta al hombre:
-¿Me quieres matar?. El hombre se asusta y niega con la cabeza. - Cómo te voy a querer matar, si te necesito para que me hagas compañía.-
Una noche en que el ratón sale del agujero para recoger la comida que le ha dejado el hombre, ante él, ve  una sombra con unos ojos que brillan demasiado y una lengua que se relame.  Es Camarón.  El ratón chilla, chilla tanto, que el hombre baja apresurado, toma en sus brazos al gato y con furia le dice: - Como toques al ratón, te marchas de esta casa.-
Los gatos que no son de caminar por los bosques ni por las carreteras, dice a su amo que no lo hará.
-¡ Júralo !-, dice el hombre. Lo juro por  Bastet, diosa gata que vive en Egipto y a la que rezo y pido me envíe ratones.  Dice el hombre de la barba: -Pero blancos ¡no!, blancos ¡no!.- Lo juro, responde el gato.- Al hombre no le queda más remedio que creerlo.
El ratón blanco se acerca al hombre, sube a su enorme zapato y con gran ternura le dice:
- ¿Sabes que no estoy solo?.
- ¿Quién está contigo?, pregunta el hombre.
- Cuatro hermanos más -, dice el ratón tembloroso.
-Que salgan, dice paciente el hombre con una sonrisa de oreja a oreja y una enorme alegría el cerebro.  No les hará daño alguno.
Y ante ellos, cuatro ratoncitos más, del todo blancos, con sus bigotes peinados y sus pies, manos y nariz  colorados.
Qué alegría para el hombre. Al fin todos en la casa estarán entretenidos.
Un ratón recién llegado, de bigotes muy largos dice al hombre: -Somos músicos-
-¿ Músicos? pregunta el hombre que no se lo cree.  A lo que el ratón contesta: En el incendio de otra casa en que vivíamos, se nos perdieron los instrumentos y ahora, sin poder tocar, estamos muy tristes.
El hombre abandona su casa, camina a grandes zancadas hacia el pueblo y una vez en él, pregunta en todas las tiendas si venden instrumentos de música para ratones.  La gente que lo escucha ríe, ríe, ríe e incluso alguno se atreve a llamarle viejo chocho.
El hombre regresa, cierra el portón, camina a la bodega toma una plancha de metal y día a día, con gran paciencia y cariño, va construyendo un trombón de varas, una trompeta, un oboe y una tuba que es la más grande.  De una tabla de ébano construye un violonchelo.  También toma medida a los ratones, no vaya ser que los instrumentos les queden demasiado grandes.  Por la noche, entre ellos y con la asistencia  del gato Camarón, hablan de música y viajes hasta las tantas de la madrugada. El hombre, jamás ha sido tan feliz.
Un día los llama: Roy, Moy, Loy, Toy, Lío, que acuden veloces.
Ante ellos, los instrumentos más hermosos que se pudieran imaginar, brillantes como los luceros, que tal parecen hechos de ese oro que las hadas colocan en sus vestidos para que reluzcan.
Toman los instrumentos. Tal como hacen las grandes orquestas, separados los unos de los otros,  los afinan. No pasa mucho tiempo cuando en la gran sala, se escucha el Concierto Grosso, Opus 5 de Handel.  El gato ha quedado con la panza mirando al techo, feliz.  El hombre echa la cabeza hacia el respaldo de la hamaca y escucha, escucha temeroso de que el sueño le venza, jamás pensó, que aquellas latas que había pulido con tanto cariño, produjeran esos sonidos tan hermosos,  que  unos grandes músicos que a su lado, conseguían. Músicos que ahora  tocan sólo para él y su gato.¿Quién en el mundo se puede permitir tanta dicha?. Los reyes y ahora el hombre, en medio del gato y ratones blancos, lo es.
Al cabo de un año, alguien llama a la puerta de la casa.  El hombre de la larga barba, ve a través de la mirilla a sus dos hijos, dos mujeres y unos cuantos niños.  No hace mucho le escribieron diciéndole entre líneas algo de ir a un asilo.  El corazón le late con prisa, el corazón le habla, el alma le dice: ¡Aléjate!, ¡aléjate!, ¡no les abras! y así lo hace. Los hijos insisten pero al poco, se marchan tal como hicieron hace tiempo dejando al hombre con su soledad.
Ahora que es feliz con sus músicos, con su gato, por qué romper esas noches fantásticas que ahora tiene, con los gritos de unos niños maleducados, con las exigencias de unas nueras que no conoce, con las peticiones interesadas de unos hijos que hace tiempo ha perdido.
El hombre no espera la llegada de la noche, coloca velas en el suelo que enciende.  También, en la mayor bandeja que tiene en la cocina, echa trocitos de queso, aceitunas, sardinas para Camarón el gato, un gran pastel, gominolas, chocolate relleno, galletas de todo tipo, turrón del blando y también pipas recogidas de los girasoles..
Todos comen, todos lo celebran.  El hombre de la barba blanca y gran bigote de emperador polaco sonríe feliz. De pronto los ratones, hacen sonar sus instrumentos y de ellos va saliendo una sintonía maravillosa que llega a todos los rincones de la casa.  No pasa mucho tiempo cuando una larga procesión de hormigas se van acercando, lo mismo sucede con las abejas que han abandonado la colmena, llegan polillas y al final, una pulga que andaba perdida y una lagartija a la que le gusta la música también se acercan.
Todos escuchan en silencio, es tan bello, tan hermoso, que el hombre permite que las polillas ocupen su lugar en el interior de su barba blanca porque a la noche, siempre tienen frío.  Es la persona más feliz que pueda haber en el planeta.
La orquesta continúa pero esta vez, con un rock and roll que todos los presentes bailan y se mezclan. Con la pulga, nadie quier bailar por los saltos tan grandes que da.  El hombre de la barba blanca y gran bigote de emperador polaco, se ha dormido.
La bondad, ahora sueña.  Chissssssssss, dejarlo.
La música se va apagando. Cada cual a su rincón.  Mañana será otro día.
Mañana volverá a ser un día diferente, mucho mejor que el anterior.

-  Para Inés mientras crece, mientras se llena de vida.

domingo, 14 de noviembre de 2010

RELOJ, NO MARQUES LAS HORAS...


Nunca entendí ni quiero entender, el caminar insulso, repetitivo de cualquier reloj que no esté muerto en un cajón; no importa el tamaño, no importa su situación, no importa si suenan o no sus potentes campanas, si la esfera tiene números romanos, latinos o no tiene, que también los hay.
El reloj, aparato inmundo que nos va marcando la vida, que nos la quita un poco de ella, con un simple tic o tac, que incluso lo emplea el galeno para controlar el pulso, el corazón, no los sentidos.  Es el aparato más infernal que he conocido.  Reloj de castigos, reloj que continuamente miraba para llegada la hora abandonar aquel colegio, pero que no paraba y seguía avanzando, para recogerme en el mismo lugar al siguiente día y entonces, se convertía en un reloj de abatimiento, de tristeza cuando tras mirarlo compungido, traspasaba lo que era para mi, la terrible puerta de penitentes. Reloj de pasos y para pasos del galán, que abraza un gran ramo de flores, haciendo el idiota en cualquier esquina, siempre en la esquina esperando impaciente, aquello que tarda en llegar o que quizás, por esos caprichos de la vida, no llegará porque otro, en otra esquina anterior a la suya, también la esperaba con otro gran ramo; pero él seguirá con su desespero, escuchando cada cuarto de hora las campanadas del gran reloj que mostraba en lo alto Simeón, hoy parado, sin vida.
Reloj de difuntos para los vivos, de larga noche cerca del cadáver velándolo, mientras en otra habitación cercana, el cachondeo que hay es apoteósico, sólo falta la orquesta.  Las horas no pasan, que se quedan muertas al lado del muerto.  Reloj de esperanza que con el paso de los minutos se convertirá en reloj de llanto, de rezo, de adios, de olvido.
Reloj de pobres, reloj de ricos.  Los unos de acero al que hay que darle cuerda todos los días y de igual modo, poder a diario sus agujas en hora.  El del rico, de oro pulido con correa del mismo metal, regalo de un vicepresidente que a cuenta de un chivatazo en la Bolsa, ha conseguido una gran fortuna.  Y es que los relojes regalados, son muy bien recibidos. Si son de oro, mucho mejor y además, se recuerda al donante por un tiempo, antes de llevarlo de viaje a la casa de empeño. Reloj  enorme con muchas agujas de traficante de armas, parecido del traficante de heroína para  que se sepa, que quien lo lleva manda;  pequeño y casi invisible  para la puta que controla el tiempo del chulo, calibrado para el policía, con clase para el político, con musiquilla para el obispo, con campanas enormes, para cualquier catedral.  Las iglesias de los pobres, marcan las horas mediante un altavoz o dos, unidos a un magnetofón.
Reloj que a mala leche apuras, cuando uno camina al lado de persona que quiere.  Tal le sucede ahora al hombre de las flores en la esquina, que pasea ufano, ciego que va, al lado de la que cree su amada,  mientras ella prepotente, va saludando, repartiendo lisonjas con un leve movimiento de labios en forma de beso, a todos los hombres con que se cruza. Y el reloj, que ahora mira el hombre de las flores, va llegando a la meta marcada por la mujer, el tiempo de acompañamiento va terminando porque, la mamá de la mujer que lleva al lado, quiere que llegue pronto a casa y de ese modo, callen las malas lenguas.  Separados; el hombre de las flores para su casa con gran pena, pero a la vez ilusionado, porque la aguja pequeña del reloj, la de las horas, caminará sin descanso, durante un tiempo que se le hace  interminable, para al fin verla de nuevo, si no se disculpa con cualquier enfermedad o desgracia sobrevenida. Lo que ignora, es que ella, continuará la noche sin importarle mamá un carajo, ya que siendo mayor, a nadie tiene que dar cuenta y además, vive sola.
Reloj de arena, que cuando queda en la parte inferior me traslada a una playa del Caribe sin sombrilla.  Reloj de muerte en mataderos. A las ocho llega el encargado, a las ocho y media se inicia la matanza que llenará los mercados.  Reloj de muerte y sangre en el ruedo a las cinco y cuarto en punto. El  torero expira en la enfermería, fue una cornada limpia que le atravesó el corazón. Matanza de cazadores en los montes, en las llanuras, que a las nueve en punto se inicia el oteo, ni antes ni después, a las nueve, hora en que los animales salen del espeso bosque a comer.  Uno, dos, tres, mil pedazos de plomo y metralla, que los bichos  no saben de donde provienen, que los abatirán por el simple hecho y gracia de matar. Al herido que intente escapar, por no perder la costumbre, le echarán los perros entre grandes risas.
Reloj de misas; celebración a las 10 y a las 13,00 horas, que dice en el papel que el sacristán ha pegado en la gran puerta.  No se si van quedando sacristanes.  Conocí a uno que trabajaba en la iglesia del Cármen, se llamaba Lito, creo recordar.  A los niños, Lito no nos caía nada bien, cojeaba o caminaba doblado y nos miraba de una manera muy cabrona. En esa iglesia, un día encontré tirado en el suelo a un señor mayor. Avisé al cura en la sacristía, cuando llegó ya había muerto. Desde el púlpito, no me citó por el nombre, pero habló de un niño que lo había encontrado y que la muerte la tenemos en cualquier parte. Me ilusionó que se acordara de mi, hasta creo que me puse colorado y no se si la gente me miraba.
Hace años, las misas comenzaban muy temprano, seguramente para los obreros antes de entrar en la factoría.  Eso era lo que pensaba.  Luego me dijeron que los trabajadores "no estaban para misas". Más tarde me enteré, que las misas tempranas eran paras las beatas, que por lo regular, como las noches no las pasaba muy bien que digamos pensando en la muerte, tenían miedo a palmarla por falta de penicilina, se daban un  madrugón y era la manera de estar todo el día, en gracia de Dios. Luego continuaban las misas cada hora, porque había muchos sacerdotes.  La de una, para los señoritos que se levantaban muy tarde porque tenían "tete a tete"  los sábados, hasta las tantas de la madrugada. También lo decían las madres que éramos de misa de una, cuando tardábamos mucho en hacerle un recado porque, como siempre sucedía, nos entreteníamos con cualquier cosa, con el paso de un tórtola, una gaviota o el avión del acorazado "Cervantes". Reloj, no marques la horas, porque voy a enloquecer...., cantaba Lucho Gatica en la radio, Tomás Morado, en las verbenas.
Reloj de cuco, reloj de emigrantes llegados de Suiza del que le cuelgan unas largas cadenas del interior de su caja, caja que tiene una puertecita por lo que aparece en las horas, algo que parece un pájaro de plástico. El cuco es más grande, es el que pone los huevos en otros nidos para que le críen a su cría. Reloj pomposo de salón, siempre ocupando la esquina más visible, que se enteren los vecinos que buen dinero nos costó, eso es lo que piensa la mujer, no dice que le tocó en la herencia de una tía que jamás visitaban y a la que odiaban. Y allí, en la penumbra, dormita el tiempo sin pena ni gloria, colgándole un péndulo de filigrana en acero y debajo, gran sol de metal en el que hay escrito una C y una V en escritura romana, como las que hacíamos en clase en la libreta de caligrafía.
 Cada hora, sin fuerza, un martillo golpea una especie de caracol hecho con un alambre de hierro, haciéndolo sonar con un tono parecido al del general, que en la sala contigua, cuenta batallas a los nietos a golpe de tos y de cañón. Mi abuelito tenía un reloj de pared, que tocaba la una, las dos y las tres que escuchábamos en la radio de válvulas, no recuerdo si también, saltando a la cuerda.
Cuando caminaba a clase, bajaba la calle del Hospital porque, casi al lado de la tienda de Modesto y cerca también de la tienda del "Lorito", había un hombre que trabajaba al lado del cristal de la ventana, mirando hacia la calle.  Me paraba siempre frente a él, porque me llamaba mucho la atención, una especie de pequeño pismático que le había nacido en el ojo derecho. Lo miraba quieto y cuando el hombre notaba mi presencia, me saluda levantando el brazo y la cabeza.  Era entonces cuando aquel prismático negro me miraba y hasta me asustaba, pensando si en la distancia, era capaz de verme las orejas y saber, si las llevaba sucias o limpias.
A partir de ahí, mi máxima ilusión fue la de estudiar mucho y de mayor ser relojero, para que me naciera como a él, un pequeño prismático sobre el ojo y de ese modo tener cerca los aviones, los barcos al salir por la bocana de la Ría, Chamorro en día de fiesta pero, al poco supe, de  la poca paciencia que tengo, para colocar tanta ruedecita sin que se vayan a freír puñetas las demás,  amén de un enorme corte que me di en un dedo, un día que manipulaba la cuerda de un despertador.
Reloj elegante, que la gente mayor llevaba en el bolsillo del  chaleco y del que salía una cadena de acero o de metal que se ataba a uno de sus botones.  También en el bolsillo superior de la chaqueta, entonces la cadenilla, terminaba en la solapa como una insignia. Cuando mi abuelo tiraba de la enorme cadena del "Rosco" -la marca, creo-, aparecía por arte de magia en su mano, entonces, me sentaba a su lado para  enseñarme como se leían las horas.  En el colegio, teníamos un gran reloj de cartón,que la maestra iba girando con la mano, sabíamos de sobra que no tenía maquinaria. Como si fuésemos bobos.  Otros relojes al abrirse emitían un sonido de campanilla, el hombre miraba su esfera para decir; "Es hora de ir a echar la partida". Todos los días del año, a esa misma hora el hombre miraba el reloj y decía: "Es hora de ir a echar la partida". La esposa, pegada la oreja a la radio, escuchaba lo de siempre :  Y a continuación, para  ustedes, el capítulo 512 de la novela llevada a la radio "Ama Rosa".  Luego, sin apenas descanso, otra que  titulaban: "Matilde, Perico y Periquín".  
Camino sin reloj, porque no tengo ya horario que cumplir, ni cita a la que asistir. Estoy más que seguro, que esa máquina perfecta, no es un gran invento aunque mida la felicidad de un instante, aunque marque el desespero. "Qué tarde es y sin poner la comida al fuego"; " Llega usted muy temprano -dice el del banco-, no abrimos hasta las nueve. Vaya usted a tomar un café". Y el pobre hombre, sin un duro en el bolsillo, qué café quiere que tome. "¡Date prisa!, que el tren no espera ni un segundo". " ¿Hace mucho que comenzó la película?, unos veinte minutos. Gracias ".  "¿Tiene hora?. ¿Aún?. ¿Tan tarde?.
Decía mi gran abuelo, que un reloj de bolsillo le había salvado la vida, porque en él, había golpeado la bala que salió de una pistola. Hoy me parece aquello una gran mentira como cuando aseguraba, que en la cabeza tenía alojada una bala que no le habían podido extraer.  ¡Toca!, ¡toca! me decía, y yo, tocaba un pequeño bulto incrustado en el hueso occipital, que en verdad se movía de un lado a otro.
Si alguna ves nos encontramos de nuevo, espero me digas la verdad.
Es que la duda me puede.
Me pueden tantas y tantas dudas...


viernes, 12 de noviembre de 2010

LA CARTA OLVIDADA.







Para la gente, que hay mucha interesada por saber de donde vienen las personas y sobre todo las cosas, diré que mi madre fue la tierra y mi padre un árbol larguirucho y delgado al que llaman eucalipto. Un árbol más alto que los manzanos, los cerezos, el limonero de tía Elisa y ya no te quiero decir nada, si lo comparamos con una mata de fresas.  Lo malo de todo es que al contrario de otros árboles que perduran, que dan fruto aunque no tengan tanta estatura, a los que que miman; a mi padre lo cortaron con apenas cuatro años de vida, tanta era la necesidad de dinero, del  hombre dueño de todo, al que llaman Propietario. Al menos era lo que escuchaba.
Luego, nos cortaron en troncos y de allí a una fábrica en que nos convirtieron en pedacitos muy pequeños, si, del tamaño de una castaña.  A continuación pasamos a una gran olla que quemaba bastante para hacernos pasta y al final, aquí me encuentro en medio de compañeros a los que nos llaman "papel de carta", ordenados uno sobre los otros, en un pequeño estante de una hermosa escribanía que tiene un par de siglos , y sobre ella, después de correr una tapa, se escribe. 
Al atardecer, lo se porque el sol ya no es tan intenso como en otras ocasiones, el hombre mayor, que tiene unos enormes mostachos, ha tomado con mucha delicadeza uno de mis compañeros que deposita sobre la mesa.  Del bolsillo interior de su chaqueta ha tomado una pluma que le dicen de marfil, con muchos adornos dorados; le quita la tapa, apoya la mano sobre el papel y escribe: Amada mía... No continúa, estruja el papel y con rabia lo tira hacia un rincón de la gran sala. Toma otra cuartilla y desde la altura en que me encuentro, veo lo que escribe: Mi amada...  Tampoco le debe gustar, hace una bola con el papel que envía hacia el lugar que ocupa el anterior.  Ambos, al verse, se sonríen porque mientras no llegue una señora con la escoba, tienen tiempo y tiempo para contarse sus cosas.  Hay tanto que contar
El hombre de los grandes bigotes ha tomado otra cuartilla y escribe: Amada mía del alma... También la envía lejos de si.  Ha repetido lo mismo con varios compañeras mías y ahora, que he quedado sobre todas, me toma a mi con suavidad y con la misma suavidad me deja sobre el escritorio.  Primero, mira al techo un buen rato y a continuación, apoya sobre mi la pluma y escribe; Querida mía, perdona no te haya escrito con anterioridad, la enfermedad no me ha vencido aunque me ha tenido con mucha tos hasta hace poco..., -una lágrima cae sombre mi y se extiende mientras la voy absorviendo -y es que cuando se escribe con el corazón, los libros quedan anticuados.  Me gusta como escribe aunque, cada vez que pone el punto a la i o a la jota me clava el plumín, no es que lastime pero me produce una sensación rara que me pone muy nerviosa por eso, siempre estoy a sobresaltos, tengo que acostumbrarme.  También tengo que acostumbrarme a los acentos que no clavan pero hieren la piel.  El resto de las letras las llevo bien, sobre todo con el signo de interrogación, única manera de subirme a una montaña rusa e incluso hacer un looping. La ele minúscula me recuerda a mi padre porque el hombre la hace muy larga. La b, me hace soñar con el músico que hace sonar  el bombo a la llegada de los circos a la ciudad..
El hombre que de vez en cuando atusa el bigote, cuando termina su escritura, levanta más el brazo y lo deja caer para marcar el punto y final y ahora, si que me hace daño. Lo ha hecho con saña y por mucho punto y fianl que sea, vaya si duele. ¡Ah!, si pudiera hablar me iba oír.  Si se lo hicieran  a él...
Al cabo de una hora de manoseo sobre mi, me clava dos rasgos en una firma que llaman ilegible.  Me separa a un lado porque ha tomado de un estante un sobre blanco.  También los he visto con bordes negros, otros mayores y los hay tan grandes, que caben todas las cuartillas en su interior.
Qué bien huele el sobre.  El sobre me ha dicho que yo también huelo muy bien.
Y es que siendo un papel, por tanto, del género masculino, macho que le dicen; sin más me han convertido en carta, a todas luces femenino. ¡Ay!, que me va dar algo.
El hombre del inmenso bigote me dobla y me introduce en el sobre que ha escrito.  Lo cierra pasándole la lengua, casi me ahoga, menos mal que han quedado dos agujeros abiertos que no tienen goma y de ese modo puedo respirar bastante bien y hasta ver lo que sucede a mi alrededor.  Es que soy muy, muy chismosa, como casi todas las cartas que van de un lugar a otro, algunas sin sobre que tienen la misma validez, si quien la recoge es la persona interesada.
Dentro del sobre se está bien, tan bien, que si me dejaran para siempre, no me importaría.  El sobre que tiene mucho conocimiento, rompe mi manera de pensar, para decirme que algún día, no sabe cuando, nos separaremos de nuevo. Y yo que me estoy acostumbrando a las  charlas del sobre, porque de un vistazo lo ve todo y me lo cuenta... ¡Ay!, que me acaban de dar un buen porrazo. El sobre me dice que no ha sucedido nada, simplemente que el bigotes, ha pegado un sello sobre él, pero el puñetazo ha sido terrible.
He salido a la calle, el hombre nos pasea.  Veo de nuevo árboles, edificios y unos monstruos que caminan a gran velocidad.  Los hay de todas formas y colores y algunos, llevan los ojos encendidos como si fuesen enfadados. Que cosas tan raras a las que se suben las personas. Ese mundo debe de andar loco, con lo tranquila que estaba en casa de charloteo con las otras cuartillas y con los sobres.  Había unos de color marrón, que eran unos prepotentes, iban de listillos, eran muy suyos. Decían que eran sobres secretos, nunca me lo creí. Eran, unos botartates.
De repente alguien me traga.  Bajo por un lugar muy oscuro y al poco, caigo encima de otros sobres que, no te puedes imaginar la juerga que llevan, por culpa de dos sellos de distinta nacionalidad.  Se están peleando porque uno alega que los dólares tienen más valor que los euros y el de los euros todo lo contrario. Pasado el enfado, el montón de cartas va disminuyendo.  Poco a poco dejamos de estar aplastados sobre la gran mesa y sin motivo alguno a todas nos ponen de canto.  A gran velocidad vamos sobre un carril, el sobre dice que se está mareando tanto, que comienza a sudar motivo por el cual se le suelta el sello. La máquina entonces se detiene, no nos dan el último puñetazo como a las demás que les pintan rayas negras y un redondel también negro con una fecha. Le llaman, me parece, matasellos.  Pero no los matan, están jugando, sólo fue una bofetada que el sobre ni siente. A nosotros nos separan porque no llevamos el sello.
Pasamos a un nuevo cajón que tiene más sobres.  Uno de ellos, veterano por lo sucio que está, nos dice que hemos pasado a ser las desheredadas del servicio de Correos.  Dice, que somos pobres porque carecemos de sello o de dirección postal como a él  le sucede, que permaneceremos en ese lugar mucho, mucho tiempo. Debajo de mi, una carta llora, le habían dicho que conocería muchos países y ahora, no nos dejan viajar porque somos pobres, carecemos de un miserable sello porque quizás, el hombre que lo colocó, a la hora de pegarlo no lo hizo con saliva porque el gran bigote no le permitía acercarlo a la boca y lo que hizo, fue pasar ese montón de pelos sobre el pegamento de la estampilla. Seguramente alguno tenía mojado y por eso aguantó un trecho..
Un sobre cercano, que habla como un flautín, lo afirma, "no tenéis señales de pegamento en el sobre". Motivo por el cual ya no poderemos viajar. ¿Qué dirección hay en el sobre? pregunto a la carta cercana.
En el sobre está escrito:  A la atención de la Vida
                                      A la atención del agua, del sol, de las estrellas.
Pienso, que el hombre del mostacho no tenía a quien escribir, está tan solo, como ahora lo estamos el sobre y yo, en este cajón oscuro.

A la pequeña Inés mientras crece, mientras ríe, porque ahora al fondo, ya ve la luz de la vida.
Pequeñaja linda.

BOFETADAS