viernes, 29 de mayo de 2009

FLORENCIA






Hermosa la llegada a Florencia. La estación, semeja una catedral con arcadas ojivales y vidrieras de colores. A los pocos minutos de caminar por sus calles, uno siente en el espíritu, la emoción dejada por artistas que flota en el ambiente y es que al mirarla, parece que se hojea una guía de esta ciudad que rivaliza en belleza con Roma.
La Edad Media y el Renacimiento subsisten en el ambiente, en sus calles, en sus plazas; no así en las afueras que ya son calles modernas, anchos bulevares con palacios hechos por contratas que parecen cajas de bombones y, hasta la estatua de Victor Manuel, esa eterna figura de cocinero panzudo con traje de general que en Italia se puede ver en cualquier pueblo o aldea. Pero la ciudad en su parte antigua, es casi igual que aquella en que güelfos y gibelinos se cascaban los piojos discutiendo y zurrándose por si el Papa era más guapo que el emperador, o viceversa.
En cada calle palacios de la antigua nobleza florentina; gigantescos dados de tostada piedra flanqueados por esbeltas torrecillas y perforados por triple fila de ventanas ovales. Dentro, están el lujo en los vastos salones de techo dorado y pavimento de mármol verde, con las paredes cubiertas de frescos y los rincones atestados de obras de arte, en las que el cincel de Cellini o Donatello resucitaron la belleza del paganismo con interminables cortejos de ninfas y sátiros, nereidas y tritones. Aún se pueden ver sobre los muros de los palacios, filas de labradas argollas que sostenían las antorchas en noches de fiesta y baile, pero también es fácil distinguir en esas fachadas agujeros y desmoronamientos de los asaltos sufridos. Sobre esos libros de piedra, que han de subsistir muchos siglos, se puede leer toda la historia de la revoltosa nobleza florentina, dividida en dos bandos, que en Santa María dei Fiori interrumpía la misa mayor, volcaba el cáliz para dar de puñaladas a los hermanos Médicis o asistían a los bailes llevando la armadura baja la toga de seda, para en lo más animado de la fiesta, tirar de espadas y bautizar con sangre cualquier anterior afrenta.
Ésta dicen, es la ciudad mas hermosa del mundo -me quedo con Praga-, y la que más crímenes guarda ocultos en sus palacios. De todos sus hijos ilustres Maquiavelo que, semejante a su ciudad, tras su seductora sonrisa ocultaba los más atroces pensamientos.
De éste maravilloso lugar, siempre en combustión como la cresta de un volcán, salieron Vasari y Giotto padres de la pintura con cuadros muy hermosos, mientras el resto del mundo aún no conocía el dibujo; Orcagno y Brunelleschi arquitectos; Pisano, Cellini y Donatello magníficos escultores,; Bocaccio, Américo Vespucio y para aumentar el listado en el que muchos faltan porque mi memoria no me permite ahondar más y no quiero forzarla; Dante, Miguel Ángel, el gran y completo Leonardo, Galileo y cito también, la plaza de la Señoría que me aturdió, que me tuvo cautivo ante la colosal fuente de Hércules y cerca, Cosme Médicis a caballo. En esa plaza, mientras mis compañeros visitaban otros lugares, permanecí mucho tiempo entre desnudas Sabinas y el gallardo Perseo de Cellini que alfange en mano corta la cabeza de la Medusa; Hércules y Caco, una copia magnífica del David que de tanto mirarlo, he llegado a creer que llegamos a discutir sobre en qué lugar debía tirar la pedrada para hacer más daño al gigante Goliat; el rapto de las Sabinas de Juan de Bolonia, la Judith de Donatello y tantas esculturas que me rodeaban que en estos momentos no quiero recordar por no sentir de nuevo el síndrome de Stendhall.
No he puesto intención ni interés alguno en buscar la belleza, me ha llegado continuamente y me he dejado ir, sin prisas, poco a poco para no empacharme más de lo que ya estaba al pasear las calles que Florencia ponía ante mis sentidos y a pesar de los terribles días de calor pasados, en donde ni la sombra ayudaba, al estar en medio de tanta belleza el cuerpo dejaba de sentir y era el alma quien tomaba las riendas, quien se martirizaba. Jamás pensé que lo bello pudiese causar tanto dolor.
Caminaba por otros lugares perseguido por los potentes toques de campanas que te aplastaban contra el suelo,me sentía un mínimo ser en medio de tanta grandeza, de tanto mármol tan bien trabajado y miraba a las gentes también admiradas de tanta hermosura y hasta el mercadillo, inmenso mar de toldos en las inmediaciones de San Lorenzo, funcionaba perfectamente y sintonizaba con las obras de arte que le rodeaban y en donde los negros, grandes negociantes, por una vez o varias desplumaban a los blancos entre risas y palmadas en la espalda. Por todas partes cámaras de fotos -que gran invento lo digital-, y así, admirándolo todo, mi mente constantemente quería volver a la plaza de la Señoría y siendo persona tranquila, hasta fui capaz de afear la conducta de un ignorante catalán que a unas niñas italianas, les hablaba de su separatismo de una España miserable.
Estoy seguro de que quedarás Florencia en mi memoria, memoria de viejo que de momento recuerda todo lo bueno -no quiero ni jamás he querido que lo malo ocupe lugar en mi reseco cerebro-, porque han sido muchas las emociones que he sentido. Incluso, me he visto sumido en el pasado, sentí el roce de una daga oculta y el sonido de los pesados y recios ropajes de aquellas gentes que hicieron posible el Renacimiento y que en momentos caminaron a mi lado.
No es la primera vez que me ha ocurrido. En Praga también me acompañaron y pueden acompañar a cualquiera que lo intente, únicamente hay que concentrarse, desearlo y creer. Todo consiste en creer.

BOFETADAS