miércoles, 31 de agosto de 2011

OTRA MÁS






Cuando niño, pasaba las horas del día correteando tras cualquier cosa. Ya mayor, me centré.
Viene a cuento que un día del Señor de cualquier año pasado, un tirachinas en la mano derecha, una piedra de granito en la badana, bien sujeta con  la mano izquierda,  que es como tiene que ser. Las tengo ante mi y hay muchas, tenso las gomas, más,  mucho más hasta que comienza a temblar todo mi cuerpo, entonces,  la dejo libre, la piedra vuela veloz hacia su destino y al poco, un golpe seco y certero, deja sin vida a una paloma.  Había muchas, pero tuvo que ser aquella  la que se interpuso en el camino.  Y yo temeroso que no me lo creo, que es cierto que apunté al grupo, pero sin la convicción de hacer tanto daño y va, le rompo la cabeza.
Estoy solo, nadie me ha visto, la recojeré, le puedo hacer un bonito entierro. ¿Entierro?. ¿Y si es el Espíritu Santo?.  Mira que si lo es.  Entonces, el corazón me comienza a la latir fuerte, desacompasado, como no queriendo participar en el santicidio, no puedo más, me siento en el bordillo de la acera mientras sudores chorrean por mi cabeza y cara.  A mi lado la paloma muerta y a la que miro y remiro buscándole entre el plumaje una marca, una señal divina que no encuentro.  La recojo y con ella entre mis manos camino hasta el Baluarte, frente el cementerio, para darle santa y nunca mejor dicho, sepultura.  Es un buen sitio, a estas horas no hay gente, nadie me preguntará.
No es que sea muy profundo el hoyo pero queda bien tapada.  También le hago una cruz con dos palos que coloco cercana y así marcho con la intranquilidad de haber enterrado a una de las personas de la Santísima Trinidad. Tiene narices lo que acabo de hacer, he dejado el grupo en dos.
Me costó dormir aquella noche y algunas más.  De vez en cuando destapaba la cabeza temeroso, miraba a la ventana pendiente de que al lado de la luna apareciese un gran palomo para lanzarme un pedrusco envuelto en un papel que dijese:  De parte del Padre y del Hijo...
Si en casa era siempre la persona que animaba, que contaba los últimos chistes a la hora de comer, a partir de entonces dejé de hacerlo, comía muy poco tomándolo como una penitencia.  Dejé de ir al cine, ese si fue un duro castigo, lo que aumentaba mi tristeza y constantemente la palabra ! asesino !, ¡ asesino ! en voz baja, como si viniese de ultratumba, rondándome y si los otros, habían crucificado a Jesús a sabiendas, de muy malas maneras porque todo estaba escrito y premeditado, yo había matado el Espíritu Santo sin conocimiento, a traición y además lo mío era evitable.  A partir de entonces, Dios estaba solo en su universo.  Eso si me dolía porque, quieras o no, todo el mundo necesita compañía.
Dejé de ir a misa por temor a tener que confesar mi pecado.  Veía a todos como locos tras de mi gritando: ¡ al patíbulo !, ¡ al patíbulo !, ¡ asesino de una parte de Dios !.  Todos vociferaban, cristianos, moros, negros, chinos, ateos, todo el mundo se unía contra mi.  No lo entendía, cruzaba calles, todo eran calles sin curvas, nunca se llegaba al final, ni había cuestas y yo corría sin descanso escapando de aquella prole de malencarados.  Entonces caí en la cuenta, tenía ante mi al final, una única visión del infierno..., al que caía, caía, caía..., sin llegar jamás al final, al fuego eterno.
Se pasa mal, en este tipo de sueños. No se que les sucederá a las personas mayores, seguramente que estarián todos como dicen los chinos "kakaítos" de miedo, pero bien que lo disimulan, que de Supermán está el mundo lleno.
Y que en medio de cien palomas le tuve que cascar a esa...  Por eso las demás la rodeaban.  Si estuviera en una esquina no le sucedería, pero no, tenía que estar en medio como los políticos pero a ellos no les sucede porque siempre van en esos coches negros que les dicen blindados, pero la paloma iba descubierta porque sus plumas, digan lo que digan, no les defienden. ¡Pero es que no hay migas de pan en el cielo, que tiene que venir a la Tierra!.  No hay quien lo entienda.
-Adios mamá-,. -¿A dónde vas?. -A misa-.
Ni de coña, mi misa era caminar pensativo por el puerto, sin ver los botes que subidos a la mar jugaba a balancearse, ni las enormes grúas siempre con la cabeza agachada como pidiendo perdón, ni seguramente, a cualquier compañero de clase que me había saludado.
Lo que daría por tener una amiga.  La amigas lo entienden todo, no se alteran y siempre ayudan. ¿Mi madre?, una regañina que duele más que unos buenos palos.  Una amiga sabe lo que hacer, por donde caminar, aquien acudir, a quien preguntar. Así es.
 Y un día, no teníendo amiga, amiga a quien contar mis sufrimientos me acerqué a mi madre y, sin pensarlo, le dije que había matado al Espíritu Santo.  Le dolió porque sin decirme nada me dió la espalda y así estuvo un buen rato llorando, lo notaba porque las manos las tenía en la cara y no dejaba de moverse.  Durante bastante tiempo no dejó de alzar los hombros como hipando, yo temblaba. Cuando se giró, los ojos le brillaban así como su rostro.  Le conté como lo había asesinado y como lo había enterrado, ¿quieres verlo?, dije temeroso. - ¿Está muy lejos?-. -En el Baluarte-. -Pongo unos zapatos y vamos para allá-.
Llegados al lugar y cerca de donde lo había dejado di un salto hacia atrás mientras señalaba a mi madre el agujero. ¡Ha resucitado!, ¡ha resucitado!.  Una felicidad me invadio, me sentí libre, Dios me había perdonado. Mi madre se acercó, husmeó un poco, siguió el ratro de unas plumas y al fondo, un gato negro como el azabache comiéndose con toda la calma al Espíritu Santo. De nuevo, la tristeza más grande me invade. A lo que he llegado.
Cansada de verme vivo sin vivir, mi madre me dice que la acompañe a la iglesia.  En lo alto del altar, la talla de una paloma.  Quedamos al lado de la pila del agua bendita.  Van llegando personas que dicen "en el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo". Todo los dicen, nadie se come la última parte.  Hasta el cura lo ha dicho en varias ocasiones, en muchas ocasiones.
Al salir, iba convencido que a narices, tiene que haber varios Espíritu Santo
A narices tiene que haber varios, estoy seguro de ello.
Yo, asesino; maté a uno de ellos, hace mucho tiempo, cuando era todavía un niño.

sábado, 6 de agosto de 2011

VIVENCIAS Y DOS.






Con seis años aparecí en Ferrol, ciudad marinera que entonces disfrutaba de 4 días de sol y 361 de lluvia.  Vivía con mis padres en la Puerta de Canido, cercanos a descampados sembrados de coles, magnífico lugar para esconder y entretener a los niños que jugaban a bandidos. Era una barriada de marinos que apenas se enteraban del comportamiento de sus "niños" a causa de sus constantes navegaciones.  Un conserje barrigudo en exceso, que a la mínima extraía y mostraba su ancho cinturón de cuero, hacía las veces de enseñante y al igual que los buenos maestros de entonces, sus cabreos eran apoteósicos pero no causaban daño.  Ello permitía a nuestras tutoras confiarse en sus labores, sin tener que estar asomándose constantemente a la ventana para ver si el niño hacía una trastada.  Había otro conserje al que bautizamos como Bamba por la mucha pachorra que se gastaba.  Caminaba lentamente, siempre por las aceras, lo que nos permitía escapar a media marcha tras una travesura, jamás atravesó alguna de las enormes plazoletas que había entre los edificios.  Plazoleta para todo tipo de  juegos, prohibida la pelota y ese era un motivo para que los conserjes anduviesen tras nosotros a la greña, por el poco caso que les hacíamos. Entre juegos de todo tipo, cines, charlas en el interior de cualquier portal y como no la niñas,  fuimos creciendo mientras a escondidas nos mirábamos detenidamente la entrepierna esperando apareciese algún mínimo pelillo, que de eso se trataba. Teníamos unos once años.
La Malata, al borde de la ría de Ferrol fue nuestra segunda casa.  Los mayores que les decíamos cuando tenían 18 o 20 años, nos permitían estar con ellos, escuchar sus conversaciones, conversacions que no aparecían en las novelas de Corín Tellado, que alguna leí.  Jugábamos con ellos al frontón al lado del túnel, juego que luego practiqué a diario con otros compañeros en el Instituto. Nos bañábamos desnudos que no era plan llegar con el bañador mojado a casa.  Nos duchábamos en un manantial, con el agua helada que corría libre que  en el interior del túnel de ferrocarril, a fin de quitar del cuerpo el salitre y es que las madres, quizás puestas de acuerdo, a la llegada a casa, nos tocaban con la punta de la lengua en busca de aquel sabor a sal que la mar deja, que nos hiciera de inmediato,  merecedores de un castigo.  El peor, quedarme una hora en casa sin salir, pero también, le había cogido la aguja de marear, unos besos, un te quiero, la madre se derrumbaba, el castigo finalizaba. Con siete años nadaba como un pez.  Si no llego aprender por mi cuenta y riesgo, hoy no sabría flotar, tanto era el temor de aquellas mujeres a las muertes por ahogamiento.  La primera vez que mi madre me vio nadar, se llevó un buen sustó al ver que me alejaba de la orilla y otro se llevó cuando subiendo de la Plaza de España a Canido, vio bajar a gran velocidad,  pedaleando por la cuesta, un loco en bicicleta, sin las manos en el manillar, derecho en el sillín como si fuese a caballo. ¿No serías tú?- me dijo.  La luz se le encendió. Terminó con varios "estáis locos", " que me vais a matar el día menos pensado".
En la Malata lo aprendimos todo, también a navegar a vela con unos pocos años.  Los niños, suele suceder, aprenden muy pronto lo que les interesa y así era.  No tanto con aquellos libros aburridos, sin una triste estampa o fototografía en medio de sus páginas, llenos de fechas, de nombres.  Entonces, ante ellos, mi mente se iba a la calle, pensando en la manera de conseguir metal para vender al chatarrero y de ese modo poder fumar tabaco rubio e ir al cine una, dos e incluso tres veces cada día.  ¿Muy tarde llegas hoy?. - Si, mamá, el profesor que se empleñó en explicarnos unos teoremas.  Ese día no había pisado el colegío.
Antes de crecer, es decir, antes de llegar a los catorce años, seguíamos siendo niños.  Esperábamos a unos chavales que venían desde Serántes en unos carros de madera cargados de piñas  para encender las cocinas. La mercancía la vendían pronto y una vez vacío el carro, a él subíamos los más decididos en el inicio de la calle de la Tierra y a una gran velocidad, bajábamos aquella inclinada cuesta hasta llegar a los Cantones.  Era fantástico todo aquello.  No lo era tanto, tener que empujar de nuevo el carro hasta Canido para volver a bajar en medio de grandes gritos porque el artilugio daba la impresión que se iba romper y gritos en las aceras de las personas mayores afeándonos aquella conducta.  Siempre nos afeaban conductas, como si ellos fuesen un ejemplo de virtud.  Hay que decir a todo esto, que apenas circulaban automóviles.  Jugábamos a la pelota en cualquier calle y al divisar un coche allá a lo lejos, deteníamos el juego y pacientes esperábamos que siguiese su camino y nos dejara el "campo" libre.  Parábamos de jugar para luego emprender feroz huída, cuando el rostro de un Municipal asomaba, sobretodo aquel llamado Santana.  Los conocíamos todos.
Se diría que éramos hijos de la calle y la calle nos amparaba.  Fue una forma de crecer libre sin molestar a nadie lo más mínimo, que en educación, sobresalíamos.
Y libre seguí creciendo en el Instituto después de haber pasado por la locura, llevada al máximo extremo, de una  terrible Academia.  Es cierto que en el Insti descubrí el cielo con todos sus serafines tocándome una balada.  Era magnífico, podías faltar a todas las clases y tan sólo teníamos que acercarnos el sábado por la mañana a la oficina del bedel Juanas, tomar de una caja nuestras tarjetas con las faltas de asistencia a clase, que sobre las once el hombre,  echaba al correo.
Falsifiqué eso y más. Mostraba fantásticas notas en casa. Las volvía a su primitivo estado a base de borrar con lejía mezclada con agua.  Firma de mis padres, firma de profesores falsificadas tan perfectas, que ni se enteraban. Falsificaba también, como es lógico, las de mis compañeros de correrías.
En una ocasión, el profesor de literatura, después de pasar lista si hallarme como siempre sucedía en clase, preguntó que me ocurría. Un simpático, luego me enteré, le dijo que tenía leucemia.  El bueno del director que llama a mi madre. Que le dice es una enfermadad muy mala pero con la ayuda de dios su hijo saldrá adelante.  Mi madre le pregunta qué enfermedad. El hombre que le larga lo de la leucemia. Con el tiempo recordándolo, nos reímaos todos en casa,  pero se que aquello hizo llorar a la mujer que más he querido.
Aclaro, que en verano me rompía el alma y estudiaba hasta en la playa.  En septiembre pasaba el curso.
Quizás aquello fuese una desviación de comportamiento el no estudiar bajo la lluvia y si en verano.  Una vez un profesor me dijo que no estaba bien formado. ¿En qué sentido?- le pregunté altanero.  Me echó de clase.  Esas eran sus explicaciones.  En otra ocasión me preguntó en clase qué hacía, le contesté que estaba pensando; la clase se rió, aquello le produjo una inmensa herida, me breó a palos. Esa era su enseñanza.  Así todos los días.
No quiero olvidarme de la zapatería "El Cubano" que así rezaba el cartel pintado en negro sobre la puerta del trabajo, un lugar pequeño en donde solían laborar unas cinco personas.  Descalzo sobre un periódico, Jesus solía dibujarme el contorno de los pies y a partir de ahí, me hacía aquellos zapatos de "encarga" que le llamaban, zapatos duros, a prueba de patear piedras y cualquier caldero que apareciese en el camino.  No quiero olvidarlos porque he pasado muchas horas en medio de ellos tomando parte en sus conversaciones, escuchando atento los consejos del viejo Lito, amante de los pájaros que también me gustaban, a pesar de caminar siempre con un tirachinas en el bolsillo del pantalón.  Nunca maté alguno y un día que  lancé una piedra a unos cables, que  vi como había acertado al pájaro, que lo vi caer, que lo cogí temeroso, que le eché aliento mientras lo sostenía entre mis manos  caminando a un recado y cuando al pasar un buen rato el pájaro dió señales de vida, me sentí la persona más feliz del mundo.  Le di tantos besos, lo acaricié tanto que cuando abrí la mano, el pajarillo quedó quieto y tuve que echarlo al aire para que volase libre. A lo que íbamos.  Aquellos zapatos del Cubano eran irrompibles.  Primorosos me los dejaba mi madre el domingo pero por semana, jugaban al futbol en cualquier terreno enfangado, sobretodo en Baterías y que luego lavaba en Copacabana con agua salada que los dejaba relucientes hasta que, una vez secos, el salitre asomaba. Eran eternos, me decían que la suela era de rueda de avión. Ni lo se.
Y aquella bicicleta verde con barra que alquilaba en el taller de Ricardo.  Una maravilla porque todos la cuidábamos.  Solíamos alquilar bicis parar ir a La Cabana a sustraer un poco de fruta y digo La Cabana porque a donde íbamos, no había vigilancia alguna.  Infinitos dolores de barriga por comerla verde y verdes las nueces que bajábamos de unos árboles que había delante del cuartel del ejército de Canido.  A las nueces verdes, se les limaba la capa exterior, arrastrándolas sobre paredes granuladas.  Los dedos y las manos quedaban tintados, feos, durante una larga temporada.  El premio, la carne fresca de la joven  nuez todavía sin hacer, de un blanco purísimo, que metida en un trozo de pan se llevada a la boca.  Temblores me entran al recordarlo.  Si podéis probarlas un día tal como os digo pero ojo, el precio es muy caro y es que el color oscuro verdoso de las manos no salían con lejía ni con Netol.  Hoy hay guantes.
Las nueces se bajaban lanzando al árbol unos palos de unos 70 cms.  Por aquel entonces, en la Puerta de Canido había dos quioscos conocidos como el "grande" y el "pequeño" debido a sus tamaños.  En el "pequeño" vivía permanente un hombre llegado de una aldea, lo digo por el habla.  Le llamábamos el Zoqueiro porque caminaba en principio con zuecas. No pasó mucho tiempo cuando le llegó una novia y allí los dos, en el mínimos espacio de aquel quiosco se arrullaban.  El habitáculo estaba forrado de cinz bajo, dándole sombra un frondoso nogal y cuando entrábamos en temporada de nueces, el palo volaba sin descaso a lo alto.  La caída por lo regular era sobre el alojamiento de la pareja que salían al principio como locos creyendo que aquello se iba al traste.  Con el tiempo hasta creo que se acostumbraron. ¿ O no ?.  Mejor no.
La cabeza de un joven siempre -supongo que a los actuales también-, está en movimiento.  En una ocasión, no se el motivo,  intenté marchar de casa y llegar a Madrid.  Iría por la vía del tren, lo que no contaba era con los túneles que me obligarían a subir montañas.  Lo cierto es que a las once de la noche, en los coches que chocan de los Cantones un guardia civil se colocó a mi lado.  Sólo me dijo: ¡ Pero Chalo, qué eres un crío ! y así, convencido  de que lo era,  me entregó convicto a mi  gran abuelo. Lo que me perdió o no, fue dejar sobre la mesilla de noche una carta despidiéndome hasta algún día.  Qué poca cabeza, pienso hoy. Quizás fuese tanto cine, aunque pensándolo bien, no es que en la acualidad mi cerebro rija como muchos laureados desearían.  Voy por libre.
No quiero terminar sin decir a nuestro favor, que respetábamos a los mayores, a todo el mundo.  Que cualquier persona podía contar con nosotros para hacerle algún tipo de recado, que aguantábamos los críos como si fuesen nuestros hermanos, que asistíamos los domingos a misa, que nadie tomó algo que no le perteneciese.  Lo prometo.  Es cierto que con diez años fumaba pero tuvieron que pasar más de cincuenta  para darme cuenta que el tabaco no es cosa buena aunque sigo pensando que es fantásico para las esperas, para matar el aburrimiento, para no permitir que los nervios salgan al exterior, para ver como esas voluptas de humo van saliendo por nariz y boca.  No me pesa, a lo hecho, pecho.
Alguien habrá notado que no he hablado de niñas.  Podría decir aquello de soy un caballero sin serlo, podría decir tantas cosas, que todos pensaríais que es mentira.  Por eso callo y callaré aunque muchas veces, el silencio tiene vibraciones que hablan.
El silencio de los cementerios no vibra, a no ser que alguien tome una flor prestada de otra tumba y la deje sobre aquella siempre olvidada con su cruz destartalada.
Suelo hacerlo.  Probar.  Queda el alma tan en paz, tan contenta.

En recuerdo a toda la gente y situaciones que me hicieron feliz.  Sucedía muy a menudo.

jueves, 4 de agosto de 2011

VIVENCIAS UNO.






Bajaba todos los días la calle de los Muertos para ir al colegio. En esa calle, inmediaciones del horno de Vara, siempre  mujeres limpiando cristales y maineles con trapos hechos con los restos de las viejas mantas del Ejército vencedor, que repartían, las agrias, prepotentes y condecoradas damas de la caridad  y del Auxilio Social. ¿Por qué siempre aquellos rostros de mala leche, esqueléticos u orondos de aquellas mujeres?.
- Se arreglan colchooooooneeees - gritaba aquel muchacho rubio, colilla pegada al labio, que me parecía enfermo de sífilis.  Caminaba con un extraño aparato y en cualquier rincón de la calle, destripaba el contenido de los colchones de lana, que pasaban por la máquina llena de dientes, terrible invento; para a continuación, terminada la faena volver a coser y recoser aquel jergón, teniendo cuidado de dejarle los "bollos" equidistantes y del mismo tamaño.  Clientela no tenía mucha, o la gente se reservaba o en muchas casas se usaban como colchón,  las hojas de las mazorcas, la paja cortada en trozos pequeños o vaya usted a saber, que en definitiva, una vez se coge el sueño vale cualquier artilugio para echarse y en aquellos tiempos, las personas, llegaban muy cansadas después de trabajar como casi animales toda la jornada.  Esperaban a los hombres impacientes, mujeres que caminaban por lo regular embarazadas, vestidas ellas de un color negro o parecido.  Era el luto que se llevaba por la muerte de un familiar allegado.  Ello me hacía temblar pensando que si por ejemplo moría mi madre, tendría que estar por lo menos dos años sin ir al cine y cuando estaba a punto de poder ir, se muriera mi padre, empalmaría otros dos años, lo que para mi significaba un desastre en todos los sentidos.
Que lejano me queda aquel caballo que tiraba de un carro.  Fuerte pero siempre pausado.  El carro completamente lleno de sifones, gaseosas, refrescos de los "15 hermanos".  Siempre lo esperábamos en la Puerta de Canido y es que en puntualidad nadie le ganaba y, mientras un grupo corría tras una pelota delante del caballo para entretener al del estribo, otros le cogían, le cogíamos alguna que otra gaseosa.  Nunca me gustó la gaseosa y es que al darle un buen buche, toda ella subía por la garganta y salía por la nariz en medio de grandes picores y molestias.  No nos gustaban las gaseosas digo, pero si la bola de cristal que traían en su interior como retén para la salida del líquido.  Esa botella dejó pronto de fabricarse pero la encontre muchos años después, en un cabaret de Lisboa.
En el olvido queda la banda del Tercio del Norte que todos los días, hiciese sol o lloviese, desfilaba hacia Capitanía General a tomar parte en el izado o arriado de la bandera.  A su alrededor muchos mirones y curiosos que dejaban lo que estaban haciendo y al toque de corneta, todos, militares y paisanos firme tomando parte en aquel acto solemne, esperando que la limpia y bien planchada bandera, tomase su posición final.  En el campo del cuartel de Sanchez de Aguilera, cercano a la estación de ferrocarril,  jugabamos a diario al futbol ya que quedaba cerca del Instituto. Cuando bajaban la bandera, el juego se detenía, la pelota dejaba de rodar y todos en silencio, la acompañábamos serios en su recorrido.  Así eran los ortos y ocasos cercanos a cualquiera de los cuarteles que en Ferrol había el simple toque de la corneta o el sonido de los instrumento de plata y oro de cualquier Cuerpo, detenía nuestros juegos. Tampoco nos importaba.
Los domingos, el Puerto tenía mucha vida.  Las lanchas con destino a Perlío, Mugardos, los Castillos, La Graña o la Cabana, se cruzaban continuamente en medio de la Ría llevando todo tipo de personas con destino a sus hogares y si era en verano a los festejos que se sucedían frente a Ferrol, en la "otra banda" de la ría tal como le decíamos. Durante la semana se llenaban con los trabajadores de la factoría enfundados en unos buzos descoloridos,  cosidos y recosidos.  Sobre el pecho derecho, escrito con hilo granate se podía leer "Bazán".
Esa gente, a partir del sábado a mediodía se transformaba, se volvían ruidosos, era día de cobro y no tardaban mucho en llenarse todos los bares de las inmediaciones. Otros no iban y es que siempre, alguna que otra mujer esperaba al esposo a la salida; era un simple control y una gran tranquilidad para la mujer.  Lo que me dolía de verdad, es como a la vista de todos los que pasaban, eran cacheados sin compasión.  Se notaba en ellos el cabreo pero..., el patrono siempre mandaba.  Y sigue mandando, por mucho que digan.  El resto de la semana caminaban siempre tristes,  encorvados, no se conocían, pienso que unicamente tenían algún trato con los de su taller de tanto fichar a la misma hora.
El suelo de la Factoría tenía el color del óxido, el polvo se había apelmazado de tal manera, que ni la lluvia era capaz de deshacerlo, continuaba compacto y salpicados, charcos de color irisado porque alguna camioneta ya vieja, iba perdiendo el carburante.
En todos los muelles barcos de guerra y botes de servicio.  Escrito a la entrada del Astillero se podía leer "Bazán, al servicio de la Armada".  Hoy lo han quitado.  Nunca me gustó aquella consigna bajo la cual caminaban las personas como si estuviesen obligadas a pasar por la piedra. Unos barcos esperaban órdenes para hacerse a la mar, otros, en reparación. Era ensordecedor el ta-ta-ta-ta- de las remachadoras en el hierro continuo y permanente.  A las doce del mediodía, en la Punta del Martillo una salva de cañón se hacía oír y en ese preciso instante, la sirena de la Factoría comenzaba en los días de lluvia, su terrible lamento, lamento continúo que el viento racheado, lo hacía modificar a su manera.  Con sol, variaba el sonido. Pero en el triste y largo invierno, se sumaba a las calamidades de los que allí, vestidos de buzo descolorido trabajaban de sol a sol, excepto esa hora y pico en que, sentados en cualquier bordillo de la Alameda Suances, tragaban mejor que comían lo poco que las esposas y madres desde lejos algunas, les acercaban.  Había mucha tristeza en aquellos rostros.
Los bares de la calle del Sol, algunos de la calle María, Magdalena e Iglesia se llenaban al atardecer. El cantar se autorizaba que en Ferrol hubo y hay muy buenas voces.  Los niños en silencio al lado de la puerta de acceso, escuchábamos e imitábamos. A diario el paso de un soldado que fusil a la bandolera cruzaba el centro de la Ciudad para regresar poco más tarde con un sobre que sujetaba con fuerza contra la correa del arma. Alguien me dijo una vez que era el Santo y Seña del día. Siempre pasaba un soldado.
En la Plaza de España se instalaban las inmensas lonas de los circos. Le dábamos vueltas y más vueltas buscando un lugar para poder "colarnos" sin pagar, lo que, era muy difícil de tan bien que estaba cosido; pero una vez dentro, nos transformábamos, era otro mundo, todo aquello era fantástico.  Con la boca abierta seguíamos las peripecias de los trapecistas, de Pinito del Oro que conocí en Las Palmas. Nos reíamos con ganas con aquellos payasos, tuve amistad con los Tonetti y sin pensar, me viene a la memoria un fakir que trabajaba en el Cantón de Molins, cercano al palco de música. - "Que por cinco duros me como la bombilla"- decía mientras iba pasando la gorra.  Cada poco contaba el contenido de las monedas que le habían echado y cuando llegaba a las veinticinco pesetas, echaba la espalda sobre un pequeño tablero lleno de puntas, tantas, que era imposible se hiciese sangre.  Luego mordía un trocito de lo que fue una bombilla que no tardaba en escupir.  Se decía que las cogía de las que encintadas adornaban los árboles del Cantón en las fiestas de la Ciudad.
Algunas veces contaba el dinero, sin más lo guardaba y volvía a pedir de nuevo con el consiguiente cabreo del personal que le hacíamos corro.  He perdido muchas horas delante de aquel fakir esperando hiciese sus tonterías, pero, era lo que había.
En el mercado, muchos charlatanes vendiendo sus mantas, sus versos, cantadores de sucesos :-"En la villa del Porriño, camino de Coitelada, habetaba un matremonio, modelo de fe crestiana.  Y a él le llaman don José y a su esposa doña Iana y se foron al Brasil y janaron mucha plata..."- sigue.  Un día, uno me atrapó, me sentó en una silla, la gente me rodeaba cercana. Una toalla demasiado sucia la empapó en unos polvos.  Me ordenó abrir la boca y comenzó a restregarme los dientes con saña. Entonces no fumaba.  Quien me sacó del apuro fue mi madre extrañada por verme de tal guisa.
Y al anochecer en la Plaza de Armas, jornadas de ópera.  Recuerdo vagamente la de Aída, con romanos en lo alto del Ayuntamiento.  Decían que eran soldados del Ejército que se habían prestado para aquello. Los focos de diferentes colores se paseaban por la fachada.  Me gustaba aquello pero era muy pequeño, no comprendía nada.  Ni lo comprendí más tarde en el teatro Jofre.
Y en el Ayuntamiento, un día,  la figura del Caudillo que para eso Ferrol era suyo.  Y la gente le victoreaba.  Todos levantaban el brazo.  No cabía un alfiler y es que la jornada la habían dado festiva, como festiva dieron aquella en que niños como éramos, una banderita de papel en la mano, nos enviaron a la calle para apoyar Hungría sin tener la menor idea de donde se encontraba aquel país. País...
Y la lluvia, siempre la lluvia fina, sobre todo la menuda que no mojaba mientras jugábamos al futbol pero que al finalizar nos hacía la puñeta, inventando situaciones a la hora de llegar a casa.
Y los pequeños puestos de oloroso tabaco rubio y pan de higo sin olvidarme de los tebeos, de Boixcar, autor de aquellos fabulosos dibujos que copiaba íntegros de Hazañas Bélicas, dejando un lugar espacioso en mi pequeño cerebro, para aquella fantástica Colección Austral que había descubierto, que tanto me entretuvo y  enseñó.
Es que acabábamos de salir de una terrible guerra.

A todos aquellos que lo hemos vivido y que no nos importaría repetirlo.

miércoles, 13 de julio de 2011

ZAPATILLAS NÚMERO 42 ADIDAS.







Nos presentaremos, aunque mi compañera no habla ni entiende el español.  Yo algo más, porque se me dan los idiomas. Somos un par de zapatillas, la  Adidas del número 42 derecha y la Adidas del número 42 izquierda, así nos han bautizado.  Carecemos de apellidos o al menos no los conocemos.  Somos hermanas, hermanas que siempre van juntas a todas partes, que jamás se separan cuando nos llevan a caminar, ni tampoco cuando nos dejan en un cajón que queda oscuro al cerrarse una puerta.  Hay días en que al parecer llueve mucho, ese día también permanecemos aburridas en el cajón en el que también hay otras zapatillas, otros zapatos con los que apenas hablamos porque son muy engreídos.  Cuando de repente abren la puerta para recoger zapatos, por ejemplo, la claridad que entra es tal, que nos hace doler los ojales y no os podéis imaginar cuando molesta.
Pero cuando somos nosotras las que salimos de la caja, las que pronto estaremos en la calle, la emoción es tanta que hasta lloramos, la Adidas número 42 derecha me echa el cordón por encima y así esperamos pacientes todo el tiempo que el amo tarda en ponernos en marcha.
Nuestra vida no ha sido un regalo.  Los inicios que recuerde fueron en Harjana, un pueblo pobre, como casi todos los que tiene la India y a donde llegamos en piezas.  Unos niños, el mayor no pasa de los once años, comienzan a clavarnos agujas en la piel, nos estiran con sus pequeñas pero fuertes manos, nos clavan luego contra un madero, más tarde nos cosen ante la atenta mirada de un hombre que en la mano tiene una vara.  Nos empapan en pegamento y no se más por el colocón impresionante que cogí, tanto es así que durante dos días estuve durmiendo en el fondo de una caja de cartón, mi compañera al lado y un fino papel por encima que nos amparaba del frío de las noches.
Un largo viaje en avión amparando a la Adidas del número 42 derecho por el terrible miedo que sentía, es que nunca había volado; hasta se enfadó cuando yo no paraba de reir.  Como no teníamos agujero alguno, no pudimos disfrutar de los paisajes que llaman "a vista de pájaro", pero lo peor, cuando el gran pájaro de hierro se dejó caer, comenzó a trepitar sobre una carretera o algo parecido, sonaba a latas viejas y era tan terrible aquello, que pensé saltarían tuercas y remaches.
Otro recorrido en camioneta, para terminar en  un comercio con mucha luz pero muy raro, y es que los empleados no se llevaban bien entre ellos, no dejaban de protestar sobre lo poco que cobraban y que un día cualquiera los echarían a la calle.  No os podéis imaginar como ponían al dueño, que le iban a quemar la tienda con nosotras dentro. Terrible, vivíamos atemorizadas.  Y  en lo alto de una estantería, nos enterábamos de todos los chismes que hablaban en la parte del mostrador.  Es que te enteras de todo sin querer. Y hay cado uno...
Luego nos llevaron a una casa y hoy, dentro de esta caja que llaman armario, esperamos impacientes en medio de la oscuridad, que será lo próximo que nos depare el destino.
Un día, mientras el dueño nos calzaba, le escuchamos decir del mucho sufrimiento cuando un día  tuvo que deshacerse de las anteriores y ya viejas zapatillas, que al parecer no había por donde cogerlas de rotas que estaban.  Lo sintió tanto, tanto, que ganas le dieron de esconderlas en cualquier parte como recuerdo de los muchos quilómetros que le habían acompañado sin el menor fallo, sin el menos quejido.  Sabe que en América les dan una especie de dorado, luego las colocan encima de una peana y así quedan como adorno en cualquier rincón, pero eso, como siempre, sólo sucede en América.  Estoy segura que haremos todo lo posible, para comportarnos de la misma manera y ser tan buenas como las anteriores.
Y desde hace ya tiempo, conocemos cuando le vamos acompañar, cuando bajamos lo que llaman ascensor, para luego comenzar a caminar pisando un suelo liso bajo los árboles de un  paseo.  Más tarde por un pavimiento rugoso y cálido al lado del mar,  porque el sol ha comenzado a calentarlo y al final de la cuesta, un nuevo camino de arena y piedras que no os podéis imaginar como se nos van clavando.  Durante una corta parada ya que tiene que pasar un camión, nos miramos los bajos que están enteros, sin cortes, sin rozaduras, se nota que aquellos niños, pobres niños, trabajaban muy bien.  Claro, que teníendo al fondo de la sala oscura y mugrienta un hombre con una larga vara..., cualquiera se despista.
Poco a poco, paso a paso vamos conociendo lugares fantásticos, hay veces que caminamos bajo árboles frondosos que dan una sombra agradable, otras veces el sol nos cuece;  de vez en cuando llegamos a riachuelos donde el agua pura, permite a las truchas que jueguen con ella. Caminamos pegadas a la corriente de agua, escuchando su murmullo, escuchando sus sintonías.  A veces el polvo, nos obliga a entornar los ojos e incluso cerrarlos, entonces, fantaseamos con lo que puede haber a nuestro alrededor.
Diréis que hablo mucho y que Adidas número 42 derecha no dice nada, permanece callada.  Es hasta del todo lógico. A ella la hicieron con material procedente de los pocos camellos que pueblan el desierto del Gobi  y por ello, el único idioma que conoce es el ruso.  Pero bueno, cuando me escucha hablar sonríe con dulzura aunque no entienda y es feliz;  de ese modo, le voy enseñando el significado de algunas palabras, e incluso formamos oraciones.  Somos felices caminando juntas.  Dios..., lo que me aprieta hoy el cordón.
Lo pasamos muy bien en la soledad de los montes, todo es silencio que de vez en cuando rompe un grillo altanero llamando a su pareja, para luego callar cuando nos vamos acercando. Allá al fondo, lejos, el mar azul.  Y el amo que comienza a cantar, no es que sea un Pavarotti pero a nosotras nos gusta como lo hace y al igual que el grillo, calla cuando en la lejanía ve que se acercan una o más personas.  El grillo y él, me da que son muy vergonzosos.
Es fantástico tras una caminata en medio de la calor, cuando nos paramos al lado de una fuente, cuando nos moja y remoja con el agua fresca que va soltando un grifo que tapan con una mazorca de maiz. Continúa la marcha aunque de vez en cuando, con la llegada de un paisano, paramos porque el amo y el hombre mayor, tienen muchas ganas de hablar.  La soledad es bien cierto que destruye el ánimo y poco a poco va minando el alma. Y mientras hablan, nos mueve continuamente porque el suelo está muy caliente.
Otros días, da gusto.  La lluvia que va con nosotros, nos acompaña con el ¡chop!, ¡chop! ruidoso que hacemos cuando pisamos la película de agua.  Y hablando de agua, hay algo que nos joroba, por no decir una palabrota, que también conocemos.  Jamás de los jamases, nos ha metido en la lavadora y vamos de guarras como no te lo puedes imaginar y, como para colocarnos en los pies no nos afloja los cordones, los deja atados, tenemos unas bocas enormes, tanto, que cualquier día nos romperíamos, si no fuese por los niños que tan bien nos cosieron bajo la mirada terrorífica del hombre delgado con turbante sucio y vara en la mano.  Duraríamos mucho más si nos cuidara, si nos prestase un poco de atención, es decir, un poco de agua y jabón de vez en cuando, pero bueno, nos empieza a  querer, estamos seguras, y eso es más que suficiente.  Siempre nos elige a nosotras, siempre.  Y no nos podemos quejar, hay otras Adidas por el mundo adelante,  que todo el santo día las tienen dando patadas a un balón, se llama futbol sala o futbito.  Eso si que debe ser terrible, tanta bofetada continua  y a lo mejor, ni tan siquiera las lavan.
Nosotras a lo nuestro, a caminar.  Hasta hemos ido en tren pero el regreso caminando, que en principio no esperábamos fuese de ese modo, tren y luego caminata, ha sido muy duro, pero mira, cada vez son caminos distintos, paisajes diferentes y los montes también cambian.  No nos podemos quejar.  De momento. Si nos lavara...
Lo que el amo no conoce, es que nuestra profesión es lo mejor que nos pudo suceder.  Las Adidas, mientras  caminamos, vamos cerca la una de la otra y hasta llevamos conversaciones agradables.   Cuando nos guarda en la oscura caja que llaman armario, en voz baja, para que no se enteren las otras zapatillas hablamos de los zapatos.  A mi me gusta uno del 42-43 verdoso, elegante, con mucho porte y a la Adidas número 42 derecha, le gusta un zapato tipo  rumano, de color oscuro y con cordones de nylon.  Les dedicamos palabras hermosas en voz baja, es que no sabemos si entenderán nuestra habla, como algunos vienen del Pakistán o del Caúcaso.  Si un día se decidieran...  ¡Qué fiestas!, ¡qué aventuras!. ¡Qué desdicha a veces,  abandonar la visión del  zapato para salir a caminar!, y es que cada día lo tengo más metido en el pensamiento.            Nunca estamos conformes con lo que tenemos.
Mañana será otro día.  Ojalá llueva suave o miudiño que me enseñaron.

Dedicado a todas mis antiguas zapatillas, que prometo, han sido mis más fieles compañeras de viaje. Nunca me fallaron.  Jamás se quejaron. Nunca lavé ni  metí en la lavadora.

domingo, 10 de julio de 2011

GUÁRDANOS SEÑOR DE TANTO VIVIDOR.





Dice un proverbio gallego: "Que no importa la edad del mono, mientras pueda subir a los árboles".
Cuando la política no funciona en un país, lo esencial es por ejemplo, romper un cristal de cualquier piso, de cualquier calle y a continuaciòn parlamentar sobre ello en el Congreso, sobre la vileza de tal acción,  la mano traidora que arrojó la piedra,  lo certero que fue su vuelo y de ese modo, deja de hablarse de lo mal que va tal o cual país. Fácil, ¿no?. Si todo ello lleva después a una gran comilona, mejor que mejor.
Pero ahora no ha sido un vidrio, el despiste ha venido por la desaparición de un libro, no un libro cualquiera, un tomo que se escribió allá por el siglo XII, cuando los que ahora estamos no habíamos nacido.  Un libro muy hermoso y es que llegué a verlo.  Un libro que pesa lo suyo a pesar que son unos doscientos veinticinco folios de pergamino, son  los que lo rellenan.  Interesante el contenido de sus cinco libros , y como tenemos más o menos una idea de como es el Códice Calixtino o como dicen los enterados Codex Calixtinus lo dejaremos en paz. Quien no deja en paz a las personas, a las cosas, es un grupo de policías que como dicen en las novelas policiacas, le siguen la pista. Ahora que se escribe tanto de misterios que incluso se llevan al cine llenando sus salas, quizás, algún venado, pensando en un buen guión lo ha llevado para entregárselo a los Templarios y mientras los busca y los encuentra, en la Catedral siguen descifrando el misterio.  Soy lego en estos asuntos, pero un tesoro de este tipo en una caja fuerte con tres cerrojos y tres llaves que han de guardar tres personas, personas que han de encontrarse in situ al mismo tiempo para abrirla.  Lo de in situ, ha sido una simple chulería pero bueno, a eso estamos.  Hasta en los dibujos animados de los Simpson, tres personas disponen de llaves que al juntarlas abrirán la caja en donde se guardan pinturas robadas durante la Segunda Guerra Mundial.
Hace unos años, tantos como sesenta, las puertas de cualquier iglesia permanecían abiertas de par en para a cualquier hora del día.  Unos las visitaban, otros rezaban y es que terrible era lo de "robar en sagrado" dado que, tenía doble castigo, el de los hombres en la Tierra, el divino allá en los cielos. Para mi entonces, tenía más dureza el divino que prometían las llamas del infierno.  Y como contaban que eran de terribles aquellos curas que en bachiller nos daban clase. Que mal lo pasaba entonces.
Hay que decir, que también las puertas de las viviendas tampoco se cerraban y todo se respetaba pues pienso, que no había en donde invertir o gastar lo robado.  Hoy, desde una bicicleta con cambio de marcha  y luz estroboscópica hasta un yate pasando por menudencias, todo es apto, es como una inversión que ha llovido de las alturas, que no contabas con ella.
Creo que las iglesias se lo han puesto y se lo están poniendo a güevo a los ladrones.  Que si la corona de la virgen es de oro con incrustaciones de diamantes, que si las sortijas de piedras preciosas, que si tal figura de unos quince centímetros es del siglo IX tiene tal o cual valor,  que si el manto de oro de tal santo...  Es que es del género bobo no colocar imitaciones y lo caro guardarlo en esa caja fuerte con tres llaves, cura, sacristán y alcalde por ejemplo.  A qué pregonar continuamente las riquezas de tal o cual catedral, iglesia o ermita en lo alto del monte solitaria.  El Vaticano nunca será robado porque unos guardias con vestidos  a colores lo protejen con esa cara de mala leche que les obligan a poner.  Las innumerables riquezas permanecerán por los siglos de los siglos.  Quizás en algo me equivoque y es que si hay un gran follón  en el mundo mundial del que ni Suiza se libre, al final, si nadie queda respirando, ahí quedarán todos los tesoros que volverá a recuperar  la Tierra. pues a ella se lo hemos quitado y hasta lo veo bien. ¿Y si quedara una única persona viva?, ¿de qué le serviría tanta cantidad de riquezas?.  Que no me toque.
Que lo sucedido sirva de escarmiento.  Las fuerzas de seguridad que busquen lo que quieran pero en el templo o en el exterior, que siempre hubo y habrá  personas muy válidas y capaces, como para cometer un robo de tal naturaleza, aunque no lleven guantes blancos y hablando de robos, que me viene a la cabeza, pobre director o lo que sea de la SGAE que tanto amo, que tanto bien me hace, sobre todo un cerebro que desplumó a toda la tropa, que tanto nos cuida, que ampara para permitirles  vivan en ese palacio. No por ser palaciegos, las personas son legales, prueba de ello, que un músico mediocre, encontró su verdadera vocación dirigiendo una empresa capatadora de bienes, de dinero a manos llenas; tanto es así, que la contabilidad se le disparaba, imposible de controlar, alguien ve  la mejor manera de desviar tanta riqueza a otras empresas de las que les dicen fantasmas. Se dice, que cuando el dinero entra fácil se va fácil.
Y sucede en el palacio, que unos se tiran de los pelos, otros que no es para tanto que en España todo el mundo se aprovecha de los ciudadanos normales, los más, se olvidará todo ya que el dinero continuará llegando mientras el pueblo soberano que le dicen, siga comprando discos, aparatos.  Que todo es un maná y no se tardarán en llenar los cajones de nuevo.  Como siempre se hace en todas partes, con cambiar al contador, se arregla todo.  Hasta la siguiente. Culpable: la prepotencia y el andar con esa chulería que no dejaban ni cuando iban acompañados por la Guardia Civil.
Me parece una vergüenza. Bautista que no tiene afinidad con aquel que en otro tiempo bautizó a Jesús en el Jordán, bueno; para aclararlo, Eduardo Bautista García hace tiempo que dejó de escuchar música enlatada, se dedicó a las obras faraónica por todo el mundo,  mientras acordes sublimes le acompañaban y lo hizo tan bien que sólo se enteraron los que como él, al parecer las hacían por su cuenta y riesgo.
Ahora toca lo de gritar, lo de arrancarse los cuatro pelos mientras la señora o señorita Sinde pide tranquilidad, que a todos afecta la desfeita de la SGAE y pide votos para reformar lo del canon y que se compren discos originales de los artistas, tomando como tales,  los que cantaban lo de un tractor amarillo, la Ramona pechugona, el chiringuito, la barbacoa y  muchos más; siempre  en cabeza, el rockero Ramoncín con sus plantaciones de tomates que le arrojaban.  No dan un palo al agua y se llaman artistas.
Que se maten entre ellos aunque sea a besos y que el canon se vaya de una santa vez al carajo.  Que no nos priven de libertades que tanto trabajo nos costó conseguirlas para que otros vagos vivan a nuestra costa.  Es que pululan a montones por cualquier cadena de televisión que abras y a la primera de cambio se dicen artistas. Dicen que Bartolo, si, el burro aquel de la flauta, también constaba como socio.  Me dicen que lo acaban de borrar.  Menos mal.
Lo que sucede en este país de nobleza y chulería, es que pasado el tiempo, muy poco tiempo es necesario par que todo se olvide, para que todo vuelva a ser como antes.  Aquí, nadie dimite ni falta que hace.  Estamos tan acostumbrados a los caretos, que si nos los quitan, la vida seguro que no sería la misma.  Poco a poco todo vuelve a su cauce, de tal palo tal astilla.  Si antes era necesaria la mili para hacer hombres a los jóvenes; ahora, a los pocos años, ya son verdaderos artistas con conocimientos profundos de lo que se mastica en la vida del día a día, además aprenden pronto toda clase de perrerías con la idea perenne de atrapar uno de esos puestos...  Y así, vamos con la música a otra parte.
En Compostela, que no recen pensando que Dios o tal santo pueden hacer el milagro de devolver a su lugar el tan cacareado libro.  Si así fuese, no lo hubiesen dejado marchar.  Y mi vecina cabreada porque en la tienda en vez de una docena de naranjas le han echado en la bolsa una  de menos y al precio que están...
Unas misas, unos sermones y que Dios nos coja confesados.

miércoles, 22 de junio de 2011

LA SOMBRILLA









                                                                     Mira que  lo avisé. Que no jugara con la pelota dentro de la casa, que se fuera a la calle, a cualquier rincón de la plazoleta, pero que en casa no lo hiciera y va, cuando menos me lo espero me rompe media vajilla que tantos y tantos sudores me costó conseguir, comprando a don Pablo plato a plato, taza a taza, vaso a vaso.Una vajilla que jamás se había estrenado por termor a que algo rompiese con el uso, que no se la ponía ni a mi madre cuando venía a casa. Y le pregunto que ha pasado y no me responde. Y le señalo el reloj que cuelga en la descolorida pared y él me dice que no se puede fiar de ese trasto que tiene muchos años y por eso no ha ido al colegio. Bien sabe el Señor que ambos, reloj y el niño tienen la misma o parecida edad, mes arriba mes abajo. Mi bendito esposo, que lo sea por muchos años me lo regaló a su regreso de la mina, mina que se cerró porque allí moría mucha gente y apenas se extraía mineral. Me dijo al entregármelo:- Para que cuentes las horas durante mi ausencia- y marchó. Es cierto que comencé a contarlas poco a poco sin apenas separar los ojos de aquella esfera reluciente y unas oscuras agujas que de vez en cuando me obligaban a entornar los ojos del dolor que sentía. Me cansé de mirar el tan terrible paso del tiempo y además mi corazón me decía que no regresaría y así, dejé de contar horas y horas.
Dicen mis comadres, que el hombre es el único animal que no puede permanecer siempre en el mismo lugar, en un libro que leí se dice: en el mismo habitat. Que como los animales necesita moverse continuamente aunque de tarde en tarde aparezca en silencio, me abrace por detrás, me muerda con sumo cuidado la punta de las orejas, me lleve al huerto. He intentado pedirle explicaciones, he intentado por las buenas que se quede en la casa, tras llenarle el vientre con comidas muy sabrosas que devora mientras yo frente por frente, poco a poco mastico una oscuras verduras. De vez en cuando me guiña el ojo, el muy zalamero. Le he dado todo, hasta el dinero que quité de la hucha del niño, que Dios me perdone. Ha sonreído, me ha besado, ha besado mis lágrimas y como cualquier animal desconfiado, mira a una lado y otro para a continuación partir en dirección a las montañas, donde dice que es libre como el aire porque adora la libertad y pienso que será por los años que estuvo metido en la cárcel a donde todos los jueves por la tarde, le llevaba envuelto en una tela, lo poco que tenía y allí se lo entregaba feliz, porque aquella mirada de agradecimiento, aún la conservo en mi interior.
Mi madre siempre me puso sobre aviso, pero jamás detuve el pensamiento para mirarla y hacerle el caso que me pedía. Mi padre, siempre en medio de su permanente enfermedad, asiente con la cabeza a todo, sin tener la menor idea de lo que hablamos y yo, que comenzaba joven a saborear la vida, que todo me sabía a gloria, que no paraba de cantar mientras realizaba el peor de los trabajos en la fábrica de cemento, cansada, aburrida, me casé con el primer hombre que apareció, pero al poco lo perdí mientras caminaba hacia la oscura mina, sin conocer si volvería a verlo de nuevo, tanto era el terror que sentía.
Y ahora, cuando la paz me inunda, cuando mis recuerdos se van apagando, este hijo que acabará conmigo, rompe media vajilla de un pelotazo. Mira que le dije que jugase en la plaza, en cualquier rincón, pero que no molestase a los caminantes ni a las señoras sentadas en los bancos bajo sus hermosas sombrillas. En una ocasión, agachando la cabeza, mirando al suelo, pedí con temor a mi marido que si un día tenía mucho dinero, me comprara una sombrilla blanca, con adornos, hermosa puntilla alrededor y si es posible, con colgantes en cada varilla. No sé si escuchó lo que le decía, afirmó como afirma el cura, cuando en el confesionario le narro mis pecados, ¿pecados?, qué pecados va tener una pobre mujer que se parte el lomo de la mañana a la noche sin apenas descanso. Y mira que le dije que estuviese quieto con la pelota, pero es cabezón como su padre, al menos me lo recuerda. Ojalá encuentre y me vendan las piezas sueltas, quedaba tan bonita en el comedor. Si las venden sueltas las compraré poco a poco, que baratas no son y además, no quiero dejar a deber ni tan siquiera un céntimo. Cada uno en su casa y Dios en la de todos. Hoy ha venido doña Dolores a verme, entra sin llamar, una sonrisa cínica siempre en la cara, picotea aquí y allá lo poco que encuentra, mientras no pierde detalle del interior de los cajones, además, siempre me paga una miseria, es muy avara. Quiere que le lave un montón de ropa, ¿por qué no lo hace más a menudo?, pero no, guarda, guarda y cuando no puede más viene a mi aún sabiendo que tengo la espalda con muchos dolores, que el río no queda a un tiro de piedra, queda demasiado lejos y voy y vengo cargada como una burra a lavarle todo aquello con esmero que es como quiere y bien planchada, que la revisa y nada se le escapa. Y el niño que continúa de aquí para allá con la dichosa pelota, me dan ganas de picársela pero al poco, tendría en medio de sus llantos que comprarle otra y no está el pecunio para ello. No es mal chico pero salió un poco torcido y algo alocado. Su padre un día le compró un montón de libros que usaba para puestos uno sobre otro, llegar al frutero o sentarse cuando cansado miraba al techo, pero al menos estaba tranquilo. El padre no es que sea listo, pero es un buen trabajador, un buen amante -un suspiro-, que la vida en la mina es demasiado dura con tanto derrumbe que se suceden. Ojalá encuentre un buen trabajo por ahí adelante. Ojalá vuelva.
¡ Niño !, que te he dicho mil veces que dejes quieta la pelota en casa. Que te vayas de una santa vez a la placita. ¡Ay!, la placita llena de sombrillas y cochecitos para los recienes. Qué suerte tienen algunas aunque a la larga, el no dar golpe en todo el día, las haga impertinentes porque se les seca el cerebro. Es verdad que puediera sentarme en un banco y despellejar una a una, pero prefiero mi vida aunque por otro lado, lo de trabajar todo el día es un coñazo.
¡Niño, la pelota esa, quieta!.
Ha sido muy gentil el empleado de correos que me entregó un aviso de llegada de un paquete, tiene mucha facilidad de palabra y me ha dicho que pase por las oficinas en horas y días laborables. He ido temprano porque la ansiedad me podía, nunca había recibido paquete alguno, es más, no conocía por dentro la oficina esa. Me entregan un bulto alargado, lo abro nerviosa, el niño que me acompañó arranca el envoltorio con ansia. Qué lo vas a romper, ves con cuidado -le digo-. Mis ojos se abren de par en par, la respiración se me para, los brazos y manos me tiemblan, el cuerpo me tiempla todo, tengo ganas de gritar pero me doy perfecta cuenta del lugar en que me encuentro, es mucha la felicidad que siento al ver ante mi una sombrilla blanca, con puntilla a su alrededor y colgantes en cada varilla. Sobre ella una simple nota: Nunca me olvides. Tu esposo.
Le embarga una gran emoción, la impaciencia le puede, empuja el interior a lo alto y brillante se abre de para en par, ocupando un espacio en el cielo, el objeto que tanto deseaba... Da unos pasos, gira sobre si misma, sonríe, camina con un suave contoneo, la cabeza alta mirando a la distancia, que nunca se ha sentido tan poderosa. Entra en la placita, se exhibe, baja un poco el parasol para que las demás mujeres se enteren bien enteradas quien camina, luego se sienta en un banco, mira a los niños, desplaza con cuidado una pelota que le ha quedado cercana. Después se levanta, camina despacio, entra en casa, lo mira todo con avidez sin perder detalle, ve de nuevo la vajilla incompleta, el niño ahora asustado a su lado, a través de la ventana mira la lejanía. Abraza la foto de su marido con fuerza, mientras los ojos se le van llenando de lágrimas. Al poco llora como nunca lo hizo. Jamás se ha sentido tan sola.
No muy lejos, un mirlo, canta.
El niño quieto, como jamás lo estuvo. Tiene miedo.

martes, 21 de junio de 2011

TE CUENTO, IDIOTA ...





Hace un tiempo, no mucho, un político no sé si influyente, atendiendo a ideas del FMI, a la OCDE e incluso a los sindicatos, que entendió de mala manera, dio en llamar "Generación perdida" a los jóvenes que no tenían trabajo ni trazas de conseguirlo tal como están las cosas. Los otros Organismos, se ponían al lado de los muchachos.  El político equivocado que no comprendió el mensaje, en la acera de enfrente para desde allí, machacarlos como si fuesen culpables.  En este blog,  le contestaba que tan perdida no deben de estar, cuando los viernes y sábados se reunen en franca camaradería para hacer monumentales botellones y allí, en cualquier parque, en cualquier descampado que ni los animales quieren ocupar, están exponiendo sus ideas, cantando que no es nada malo, besándose que tampoco, a bofetadas o tirándose de los pelos, los menos.
No hay generación perdida cuando miles, muchos miles de jóvenes y no tan jóvenes lo único que tienen in mente, lo que más anhelan es desempeñar cualquier, vuelva a leer, desempeñar cualquier trabajo que les permita caminar con la cabeza bien alta y sin la vergüenza,  el temor que produce agacharla , para pedirle un poco de dinero a sus padres que sabe, no nadan en la abundancia debido a la miserable pensión que les ha quedado.
Aseguro que no hay generación perdida tal como sugiere el sentido que le da el político.  Detrás de los actuales "viejos", vienen pisando fuerte generaciones que muestran y demuestran su inteligencia. pero que los tienen ahí parados, aparcados por la torpeza de sus inventos cuando se unen en sus comidas de trabajo, cuando el capital que los ha estrujado, ahora, con la barriga llena, descansa. Es de suponer, mejor, no dude aunque lo dudo porque su prepotencia es supina; pero a una simple llamada, han acudido miles de ellos, ¿los ha visto?, claro que no estaban perdidos...  Se han organizado, han repartido lo poco que tenían y durante unos días, les han metido miedo en el cuerpo. Repito: Se han ogranizado solos y lo han hecho demasiado bien, comenzando por la igualdad y terminando por la fraternidad.
Me dirá que en Barcelona, la fuerza pública tuvo que dar leña. Es cierto, pero también el comportamiento de los que mandan, intentando subsanarlo todo alegando que lo que se pretendía era hacer una limpieza del lugar..., ni de coña me creo que en la plaza de Catalunya desapareciesen las flores, se llenase de pulgas que portaban los allí presentes. Dicen que sí, que una  avioneta echó unas cuantas como cuando comienzan los colegios, dicen.  ¿Les han devuelto las pertenencias que un camión les llevó sin consentimiento alguno?, ¿con qué derecho el responsable de Interior le hurta a los ciudadanos lo que les pertenece, sus bienes?, a ver si a partir de ahora hay que tener cuidado con la policía no te robe el reloj por imperativo legal.  A donde hemos llegado, poderosos del carajo, a hurtar creyéndose propietarios del contenido de los Códigos civil, Penal y de Enjuiciamiento. Si hubiese otro gobernante serio, el ministro de interior catalán, le iba durar el puesto un suspiro. Lo malo de todo es que entre lobos no se muerden.
Reconozco que unos golfos hicieron la puñeta, pero hay que reconocer, que ustedes con la palabra, que suele ser más dolorosa que los palos, también nos lo hacen, tenemos que tragarlos ya que nos obligan a elegirlos forzosamente de una lista.  Si ni tan siquiera os conocemos.  Luego, al poco, vais de guapos, de dueños del cortijo con alterne y todo, los mejores yates, algunos, las mejores prostitutas.  Estáis de coña.
¿Cómo no va andar el pueblo escaldado si incluso a bombo y platillo  les anuncian el presupuesto para esos aviones que llevan a la gente "guapa"?.  Una pensionista, sentada en una silla de paja, coloca bien los anteojos, lee en voz alta a los allí presentes: Para los Falcon, para que disfruten la gente "guapa", un presupuesto de 100.000.000 pesetas. Llevarán a bordo, exquisitas mantelerías y vajillas, jamón ibérico; lomo ibérico; chorizo ibérico; queso manchego; salmón ahumado noruego; aquí la pensionista casi se desmaya, luego continúa: fruta fresca de temporada; fruta fresca de temporada pelada y cortada como a mi me gusta; zumo de naranja natural, ginebra Beefeater que la Larios no interesa y para terminar, luego vendrán los añadidos, güisqui Chivas de 12 years.  A la pensionista que lee, hay que abanicarla.  Sigue: la tripulación, por supuesto comida diferente.  Es que a esas señoras y señores que volarán sin coste alguno de un lugar a otro, a donde se les antoje, -ya lo están haciendo-, las bocas, se las hizo un fraile. Es que no pueden comer lo del resto de los mortales, nada más tomar posesión de su cargo, en la primera comida de trabajo de las infinitas que tienen, el paladar se le transforma, se hace más exquisito y ya no les gusta el guiso de mamá ni el arroz con leche de la abuela.  La vida, dicen, nos ha cambiado, es que somos tan necesarios, tan necesarios. El país sin nosotros va al garete pero ahora, al fin, os estáis enterando que no hay tal generación perdida, estaban agazapados pero no castrados y bastó un mail, un simple mail que corrió como la pólvora por ordenadores y teléfonos para que aquello se elevara a la enésima potencia y al instante, todos a una como los del pueblo que narraba Lope de Vega, si, aquel Fuenteovejuna.  Quizás el político, lo tenía olvidado, no creía posible que un simple ordenador tuviese tanta o más fuerza que la corneta en un cuartel.  No intente prohibirlos, ni tampoco los teléfonos que ahí, si que toca en hueso duro.
Y mire, los "perdidos", no caminan solos por las calles, por las plazas.  Han sentado sus reales en los lugares céntricos, para que al pueblo los tenga cerca.  A ellos, se han unido parados, jubilados, maestros, profesores de universidad, amas de casa y todos aquellos que el gobierno poco a poco, impuesto tras impuesto machaca. Los funcionarios, de buena gana se sumarían. Acuérdese como comenzó la Revolución francesa.  Se ha acercado una pareja de ancianos que con excasa pensión, tienen a cargo a su hijo, las nuera y dos pequeños uno en edad de mamar.  Acuden a las plazas antiguos militantes y en una, en Sol, un antiguo comunista arenga a los muchachos que en silencio le escuchan y al finalizar con una aplauso largo, le acogen.  Es un hombre mayor, que no ha llegado en uno de esos coches negros, enormes, completamente blindados y cristales tintados para que no se vean los propietarios del Reino que van dentro.  Son los de la sonrisa forzada permanentemente cuando un ciudadano se les acerca; desde sus minaretes nos dicen que todo tiene arreglo mientras todo se va al carajo.  Entre ellos carcajadas mirando al cielo para que sean bien sonoras porque les han aumentado el sueldo, golpes en las espaldas de sus trajes caros, espalda que dan a la periodista sin contestar a su pregunta.  No son capaces de pensar, que esa periodista un día, también puso en una urna una papeleta a su favor. Prepotentes. Con el tiempo caeréis como fruta podre, mendigaréis cualquier oscura oficina donde mascar vuestra desventura, pedazo de alcornoques.
A ti, político idiota, ¿ has presenciado las manifestaciones?.  Seguramente que no, tu horario en el gimnasio es imperdonable y no te digo nada el de la nutricionista.  Te voy a decir que han sido muchas, en todas ellas, los jóvenes sobresalían por su saber estar, su paciencia, su ilusión de no encontrarse tan "perdidos". ¿Los escuchas ahora?.  Están vivos, han despertado, han sacado de la calle vuestros autos, nos les permiten correr como cuando vais en ellos, que la multa no os la cobran.  Ahora ocupan el pavimento- sous les pavés la plage- que se repite.  Los generosos, mucho tiempo callados o borrachos pensarás, pero que ahora ocupan en la ciudad, en cualquier ciudad de la geografía mundial, el lugar que les pertenece hombro con hombro, idea con idea porque las tienen.  Y les llamabas perdidos....
Sabréis, que muchos de vosotros, políticos; no sois nada necesarios.  Las personas de bien, están hasta el gorro de vosotros, de las trampas que hacéis para cobrar asistencias al trabajo; de vuestras siestas en las cámaras casi siempre vacías.  Ya me diréis como me podéis representar desde vuestro domicilio, de tanto y tanto palmero que hay en esa Cámara cuando el poderoso jefe hace acto de presencia y no quiero entrar en el Senado, que es, a pesar de su gran piscina, el peor invento para unos artríticos, unido a esos sueldos que os ponéis, cuando hartos de vino y de delicateses, no os aclaráis.  Más de cuarenta años trabajados y le queda a un hombre poco más de quinientos euros.  Se nota que no iba a vuestras fiestas.
Lo bueno de todo, lo que me hace echar humo por los oídos, es que no habéis ganado vuestro puesto, vuestro sillón mediante una disputada oposición.  Han sido unos simples papeles que los buenos ciudadanos introducían en una urna, para que poco después, en las manos, una botella  del mejor champagne francés, os hiciese rebotar y tocar el techo.  Lo que me duele, son esos otros que os acompañan y a los que sólo conoce la madre que los parió y algún que otro familiar. Hasta sentados alrededor de una enorme mesa, el camarero tiene que explicar a alguno para que sirven los cubiertos y la servilleta.  No es justo.  Me parece una venganza.
Lo habéis hecho de carallo -como dicen los franceses-, podéis estar muy orgullosos.  Lo bueno de todo ello es que mientras sigáis en este mundo, lo llevaréis grabado en el poco cerebros que la madre naturaleza os ha regalado. Y que os quede por siempre, la mayor payasada que se os ha ocurrido como punto y final, permitir que ETA, es decir Bildu, gobierne a toda una Comunidad con el terror porque la democracia hace tiempo que les ha quedado muy lejos. La policía a sus órdenes, las direcciones y teléfonos de los españoles así como sus estados bancarios también. Inútiles.
Y ya ves, político del tres al cuarto, que sólo hay "generación perdida" en tu pobre cabeza, en la de nadie más.  Y así nos va la fiesta, pero sin el catering de los aviones para very important people.
Que te den, en lo poco que te queda. A partir de ahora, comeros los unos a los otros, verás que pronto dejas la silla que tanto te ata.
Cuando ya no estés, a ver que cuentos chinos vas diciendo por ahí adelante. Idiota.

jueves, 5 de mayo de 2011

LA PALMÓ, ¿ES TAN MALO QUE SUCEDA?.






Siempre ha sucedido, el pueblo alborotado pide la horca para un individuo que ha asesinado a unos cuantos y, desde el momento en que queda colgando con ese balanceo constante, ese mismo pueblo pide a continuación que lo santifiquen, que ha fallecido como un mártir.
Es que ahora, muchas voces, incluso europeas, piden que se vuelva a la vida a Bin Laden, que si estaba desarmado y por tanto no hubo proporcionalidad de medios ante gente armada, que por qué lo han tirado de un helicóptero al mar sin colocarle antes un salvavidas, otros se preguntan por qué no se le han hecho unas cuantas misas por si falla lo del paraíso de Alá, además de honores como jefe de estado, que al fin y al cabo los montes gobernaba.
Qué pronto nos hemos olvidado de los aviones que sin pedir permiso, sin dar tiempo a las personas a escapar de una muerte cierta, cobardes, repetitivos, asesinaron a más de tres mil personas inocentes.  Sólo han pasado unos días y mucha gente lo ha dejado de recordar.
Cuando aparecía Bin Laden en la pantalla de cualquier televisión, su mirada me parecía la de una persona buena, su rostro también.  No se que cara tendría al retirarse a sus aposentos para programar la siguiente "desfeita". Es que ya no se acuerdan de que tenía en vilo a todo el mundo, que con sólo nombrarlo, todos nos llevábamos las manos a los bolsillos para cercionarnos de que no nos habían robado la cartera.
Y hay gente europea que lo llora.  A las personas, únicamente hay que cambiarles la noticia, par que cambien al momento el pensamiento, sin sopesar si es bueno o malo.
Esto ha sido una noticia. La siguiente, la lluvia que nos visitó en la Semana Santa pasada y que quedó apagada por la muerte de ese vengador que gentes, al que todavía, no lo consideran muerto.  Es que fueron muchos periódicos, muchas las televisiones e incluso el gran jefe estadounidense, que lo han dicho; que no se puede mostrar su foto porque el rostro del nazareno a su lado es una maravilla de cutis, dicen que es como si le hubiesen dado golpes con la trompa, una manada de elefantes.  Otros, manifiestan que no. Hay personas que dicen que es un timo como lo de la llegada a la luna.  Otros pueblos, han disfrutado, han festejado que el fantasma haya desaparecido y para confirmarlo aún más, quemaban y quemaban fotocopias del pobre Bin, hoy en cualquier paraíso, si es que lo han acogido.
Unos le rezan por la zona de Pakistán, otros en las montañas le lloran, otros echan cuentas para hacerle el relevo, que burro muerto, cebada al rabo; pero Bin -como si nos conociésemos toda la vida- al lado de Alá, pasa de todo mientras saborea dátiles, miel, queso y unas cuantas mujeres le bailan lo de los siete velos.  También queda avisado de que no puede comer la manzana del árbol del bien y del mal.  Alá le comenta: - Has tenido suerte-, -¿por qué?- pregunta el recién llegado.  Alá le responde: -Porque si en vez de darte el balazo en la frente, te da en la boca, ibas  a comer leches- Bin, sonríe sumiso.
Decía que la otra noticia, había sido la Semana Santa.  Es que no quiero olvidarme del sufrimiento de cientos o miles de procesionarios mirando al cielo continuamente en toda la Península, esperando y rezando para que la lluvia tan necesaria les diese un tiempo y dejara de caer, a fin de que los pasos caminasen por las calles para sufrimiento de los que llevan los icono y alegría de los y las cantaoras de saetas y del pueblo que en silencio escucha.  Es una vez al año, apenas una semana y el agua que pudo hacerlo, no siguió de largo.  Quedó quieta insistiendo día a día, saltando de una provincia a otra, enmudeciendo la saeta.
Hubo desesperación, juramentos por lo bajini que el Señor lo escucha todo y las procesiones tuvieron que regresar con el Cristo vistiendo un impermeable comprado apresuradamente en los chinos porque, es del todo lógico, porque es una obra fantástica que no hay que dejar estropear.  Dicen que el chino no quiso cobrar el impermeable.  Será que van entrando por la tira y Buda les queda muy lejos.
Los procesionarios partieron tristes para sus casas o al bar los varones a ocupar una mesa para echar alguna partida de cartas pero, sin gritar que durante esta Semana no se debe, lo malo es que Joseillo, el de siempre, cuando gana, se alborota todo con el consiguiente cabreo del tabernero. Promete callar y con una sonrisa, dejan que continúe aunque poco a poco, les vaya birlando la paga de la semana.
Pienso que el de arriba ha castigado a los moradores de estas tierras, por su regular o mal comportamiento, por tanto botellón, por tanto político que lo que menos le interesa es la política, por tanta gente que no pisa la iglesia ni en las bodas o defunciones y es que se quedan fuera, en el atrio, charlando.  Pero aquí, no ha habido distinciones, han pagado justos por pecadores y nunca mejor dicho, beatas por bandoleros, obreros por empresarios, futbolistas por seguidoras, alcaldes por votaciones que todo vale.
Ahora toca olvidar y continuar con los métodos marcados de vida aunque de vez en cuando nos los saltemos.
Unos miran al cielo para dar gracias tras el fallecimiento del fanático y algunos creyentes, que piensan, mientras no metan el dedo en la herida de Bin, no se lo creen.  Otros, trabajando en los tronos y preparándolo todo para el próximo año.  Hay un grupo que respira tranquilo, que se han quitado un buen peso de encima,  algunos de los que tenían que cargarlos y que se habían apuntando a llevarlos delante de la novia, por pura chulería.
En casa, no hay colgada alguna bandera americana, ni la quiero.  Tampoco guardada en un cajón, vamos, que no hay bandera alguna, pero reconozco que esa gente sabe hacer bien las cosas, que se mete en la boca del lobo por tanto grito de una nación pidiendo venganza por lo acaecido en las Torres Gemelas, por los miles de  muertos asesinados vilmente, ¿qué defensa tuvieron?. Se nos encogió el alma viendo aquellas imágenes.  Qué pronto olvidamos.  A partir de hoy, el pueblo norteamericano y muchos más, han curado una enorme herida, pasarán página, quizás dejen de llorar continuamente. Hay que saber pasar página, no como sucede en España en donde continuamente metemos el dedo en la herida,  nos cabreamos por problemas que nos quedan muy lejanos y que nos los meten por las narices día a día, en los libros, cientos de libros sobre el mismo tema y no digamos las películas de la guerra civil que han y siguen poniendo en pantalla y es que se diga lo que se diga, todo valdrá, nadie dirá lo contrario; es que quedan muy pocos de aquella contienda que aún respiran.  Ya aburre.  Si los políticos se comportan como políticos, espero que nunca se vuelva a repetir aquella guerra entre hermanos que tanto nos ha marcado y en la que no tomé parte y por ello, me niego a tenerla continuamente en el cerebro, como tampoco portaré bandera alguna lanzando improperios a virtuales "enemigos", ni tan siquiera lo haré en un partido de futbol.
Bin Laden para bien de la sociedad ha muerto, viva su sucesor que lo tiene, un egipcio reconvertido a zátrapa, licenciado en medicina, al que desde pequeño le han gustado los montes y causar daño en nombre de Alá y Mahoma que es su profeta.  Lo bueno de todo, es que tiene pavor a la hora de disparar un arma, por ello, seguramente que matará  poca gente, algo es algo.  Espero que no lo instruyan en el manejo de arma alguna y un día en que juegue con el  kalashnikov, se le dispare, le de en toda la entrepierna y nos deje al resto vivir en paz unos cuantos años que es lo que queremos.
Y Dios creó el mundo y en él, puso un montón de borregos para estropearlo y la Tierra se enfadó, trepitó su corteza en diversas partes, y del cielo caía granizo del tamaño de una naranja, los volcanes por su boca escupían grandes pedruscos y lava, los ríos se desbordaban mientras en el parque cercano, gran cantidad de muchachos y niños, tomaban parte en un gran botellón, olvidados y olvidándose de este puñetero mundo.
Hay algo que me duele en demasía. Cuando en las calles pelean metralletas contra piedras que lanzan los niños, niños de muy cortos años,  que a sus padres parece ser les importan un carajo, nadie les cobija, nadie les ampara, allí están en primera fila sin conocer las consecuencia de su posición y del daño que pueden causar las balas salidas de un arma que maneja un h.p. Su obligación, lanzar pequeñas piedras hacia donde se encuentran los soldados, piedras que caen a tres o cuatro metros de distancia, tan pequeños son.
Luego llantos de mujeres que seguramente no los conocían, pero queda muy bien para los fotógrafos, paseo de una cajita por los hombres, alabanzas al niño, alabanzas al muerto que jamás había jugado ni sabía lo que era. Siento, iba a decir odio, pero no.  Siento algo fuerte y muy negativo hacia esas persona cobardes que lo permiten, es lo mismo que sucede en otros lugares de África en que el niño camina en primera fila porque si cae abatido, era únicamente un niño y su misión era esa, ser escudos para los mayores que vienen cobardemente detras, a la retaguardia que se dice.
La paz, pienso que no se consigue rezando.  Creo que la fórmula consiste en ser responsable del lugar en que nos hallamos y respetarlo, pero siempre hubo y habrá vecinos a los que les va el jaleo y el no dejar dormir por las noches, tras estar todo el día echando la siesta. Que los hay.
Yo que sé, a lo mejor es muy difícil pero en Europa, hemos arreglado la vida y nos va bien. Al menos eso parece.
Estoy seguro que no muy lejos, algún cabrón, nos está señalando en su mapa.
Oremus.

BOFETADAS